Para la final del Mundial, había querido darse un capricho. Se lo merecía.
115 pulgadas de pantalla OLED. Resolución 8K y 150 hertzios de refresco. Dolby 3D envolvente, HDR de última generación y un exclusivo “SPORT MODE” para seguir con fluidez los movimientos rápidos del balón y de los jugadores.
Podría verlos casi a tamaño natural. Y con un poco de imaginación, sentirse a pie de campo y rematar de cabeza un centro medido de Yamal o de Ferran. Y el portero, pillado a contrapié, quedaría tan petrificado como el caganer del belén. Ya oía a la grada coreando su nombre.
El televisor pesaba 110 kilos, casi uno por pulgada. Los cuatro instaladores habían sudado para subirlo por las escaleras y meterlo de canto por la puerta sin rozar nada.
Lo desembalaron con un cuidado extremo, como si fuera una pieza de museo.
Una vez colocado, parecía una valla publicitaria arrancada de una autopista. Cuando lo encendió, le dio la impresión de que el estadio entero se había colado en su salón, esperando el comienzo del espectáculo.
Se le saltaron las lágrimas.
No pudo evitarlo.
Cuando vio semejante caja junto al contenedor de papel y cartón no podía creérselo. La suerte, hoy, le había sonreído. No, sin duda eso era quedarse muy corto. Además de sonreírle, la suerte le había estrechado la mano, abrazado, besado y pedido matrimonio.
A duras penas consiguió llevarse los 25 kilos que pesaba la caja de cartón reforzado. No quería estropearla arrastrándola por el suelo, lo hizo a pulso.
Una vez en el soportal del viejo local abandonado, pudo encajarla como si fuera una pared. Con su cuchillo le hizo dos cortes a la caja para formar una especie de puerta. Con sumo cuidado, le hizo dos agujeros y pasó por ellos el cable de la antena, que, por suerte para él, venía por duplicado en un modelo tan caro.
Ya tenía cerradura para su nueva casa.
También tenía nombre. SONY BRAVIA.
Aquella noche, a salvo del mundo, se durmió profundamente sobre los protectores blanditos de poliestireno y dentro de una funda de terciopelo, suave como las sábanas de seda de un hotel de lujo. Soñó que llamaba al servicio de habitaciones para encargar el desayuno de mañana. Unos huevos con bacon. Y un chupito de kéfir con arándanos, por favor. Muchas gracias, es usted muy amable.
Después de oír unos gritos de gol en plena noche y unos petardos lejanos, siguió durmiendo tranquilo.
Era el hombre más afortunado del mundo.