
CINCUENTA Y UNO
Hoy cumplo 51 años. Y todavía no estoy seguro de si son muchos o pocos. Supongo que eso depende de con quién se me compare, dado que como decía mi admirado Einstein, todo es relativo. Y el tiempo todavía más.
El año pasado, tal día como hoy y a pesar de que no soy muy amigo de las celebraciones, celebré mis 50 años. Ese punto exacto en la vida de las personas que parece marcar claramente un antes y un después. Pues tengo que reconocer que yo he estado un año entero fingiendo y actuando como si no pasase absolutamente nada, como si tal punto no existiese en realidad.
Ha sido justo ahora, a los 51 años cuando me he dado cuenta de que por fin he pasado esa línea imaginaria, que después de haber estado medio siglo subiendo –y un año disimulando–, ahora sí, empezamos la cuesta abajo. Y que a partir de ya mismo voy a ir buscando el pedal del freno con más o menos desesperación, dependiendo de una serie de circunstancias sobre las que además no voy a tener ningún control.
Me gustaría encontrarme con mi yo del pasado, con 20 o 25 años –esto es un clásico, a todo el mundo le gustaría–, charlar un rato con él y saber qué le parezco ahora mismo con mi aspecto, si un señor mayor y respetable con pinta de tener dos hipotecas y tres hijos, o bien un hombre maduro pero a la vez moderno y que se cuida. Cuando yo tenía esa edad y mis padres cumplían 51 años los veía mayores, con una vida muy ordenada y encasillada en la madurez y la responsabilidad. Ahora todo ha cambiado y la vida es mucho más permisiva en cuanto a marcar los límites entre juventud, madurez y vejez, existe más margen de maniobra y muchas más posibilidades, así que en ese sentido algo hemos salido ganando los de mi generación.
No sé si el espejo me da la razón o me la quita pues no acostumbro a hablar con él, pero tengo que reconocer que cuando paso frente a uno suelo fijarme en mi reflejo para examinarlo detenidamente y sacarle defectos… Aún así me sigue gustando lo que veo a pesar de los años. Punto a favor.
Pero sí que es cierto que si tuviese enfrente a mi yo joven, no podría dejar de decirle que no es el espejo ni su reflejo lo preocupante de cumplir años. Pues el tiempo, ese que dijimos era relativo es el que verdaderamente cambia las cosas, el que desordena o destruye, el que roba, regala o desdibuja sin ninguna lógica ni criterio –como la mayoría de cosas que suceden en la vida–. Y le diría también que cuando pasen los años tenga la madurez suficiente para entender que todo cambiará y también que esté preparado para recordar. Porque unas veces lo hará con una sonrisa boba y otras veces será una lágrima silenciosa la que le sorprenda.
Hoy precisamente no sé muy bien con cuál de las dos opciones quedarme. Porque hoy cumplo 51 años y no quiero echar la mirada hacia atrás ni tampoco hacia delante. Hoy simplemente cierro los ojos, me paro un ratito en este camino tan extraño, y mientras el tiempo fugaz me adelanta por la derecha, entono el final de la canción del genial Joaquín Sabina:
“Tan joven y tan viejo… like a Rolling Stone”.
Felices 51