Los últimos días de Dios

—Jaque Mate.
La Dama cruzó el tablero de lado a lado y capturó la torre con la que Satanás protegía su Rey que no tenía escapatoria hacia ninguna casilla.
Dios miraba a su adversario con una mezcla de satisfacción y compasión.
—¿Cómo vamos en el total? —Satanás le preguntó tendiendo su mano roja.
—Te acabo de empatar —respondió mientras la estrechaba.
—No puedes superarme y lo sabes —sonreía Satanás mientras le guiñaba un ojo.
—Lo mismo te digo, hermano —Dios también sonrió, chasqueando los dedos a la vez que las piezas se ponían ellas solas en su lugar—. Fuiste tú!
—No sé a qué te refieres.
—Confiésalo. Tu juego me recuerda mucho al del ordenador “Deep Blue” cuando ganó a Kasparov en 1997. Fuiste tú quien realmente jugó aquel campeonato en lugar de la máquina con una suerte de movimientos arriesgados y perfectos. Combinación insuperable.
—¿Quién? ¿Yo? Yo nunca hubiera hecho eso —y sonriendo, el Diablo mentía sin tratar de ocultar su sonrisa pícara y burlona.
—En aquel tiempo los algoritmos informáticos no estaban tan avanzados. Hasta a mí me extrañó que el campeón perdiese con un programa. ¿Cómo no lo vi en su momento?
—Admite que hice un gran trabajo.
—Eres un abusón.
Los dos sabían que la siguiente partida quedaría en tablas, o a lo sumo, con la ventaja de sólo una partida ganada en el cómputo total. Así había sido desde el inicio de los tiempos.

La mañana era tranquila y soleada en el Edén. Bajo el cielo despejado la brisa acariciaba los elementos como una fina cortina de seda.
—Tengo que contarte mi sueño —Dios alejó un peón una casilla de su alfil derecho.
El Diablo pensó que esa apertura era tan osada como inconsciente, y respondió moviendo su peón de rey una casilla, dejando vía libre a su dama hacia el lado que Dios había hecho su apertura.
—Yo también he soñado algo curioso.
—Tú primero —Dios le miró intrigado.
—Zrod.
—Nuestro guía.
—El mío no. El tuyo. El vuestro —Satanás paladeó las sílabas.
—También es el tuyo aunque no lo creas.
—Ya, sí, lo que tú digas. Pues yo también he soñado con él.
—¿No te parece una casualidad?
—No. Muchas veces soñamos con él. La casualidad al final no deja de ser pura estadística.
—No, hermano —Dios movió la cabeza de lado a lado—. La casualidad y el destino a veces van tan unidos que son en realidad un círculo cerrado.
—No empieces otra vez con lo de siempre —Lucifer protestó chasqueando la lengua.
—No empieces tú.
—Ya sabes que soy ateo y no necesito Dioses que me guíen. Bastantes estamos ya por aquí… Y yo sólo creo en lo que veo. No como vosotros que sois una panda de místicos.
—¿Qué has soñado? —la voz de Dios sonó ahora apaciguadora aunque le molestó la apreciación.
—Que nos citaba a todos en el Lago Redondo.
—¿Para cuándo? ¿Para mañana al alba?
—Sí.
—Yo he soñado exactamente lo mismo. Tenemos que hablar con los demás —el gesto de Dios mostraba verdadera preocupación.
—¿Por qué?
—A las evidencias me remito.
—¿Cuántas veces soñamos con el Lago Redondo? Día sí y día no. Pues ve tú si así lo deseas, hermano. Todo esto me da una pereza terrible.
—¿No tienes al menos curiosidad?
—La más mínima.
Para Dios (y los demás) Zrod era una idea abstracta pero real. Era la referencia. Un abrazo que sentir, una compañía invisible, algo que siempre había estado ahí y que ahí seguiría. El creador de los elementos y del Edén, el origen y el final. A pesar de no haberlo visto nunca jamás, eran capaces de sentirlo. Esa era la diferencia: Ellos lo sentían. Para Satanás era diferente, la idea de Zrod era pura superstición, algo inventado y forzado. Los escritos sagrados que hacían referencia carecían de rigor. Para él era todo simple folclore.
Dios no pudo ocultar su decepción… realmente pensó que podría convencerle.
Y, adelantando dos casillas el peón del caballo derecho, dió por terminada la conversación. Se levantó de su silla de mármol y se fue. Satanás se quedó en su silla de metal incandescente, mirando con los ojos encendidos el tablero que sólo tenía tres peones avanzados.
Le dieron ganas de tirarlo todo de un manotazo al suelo. Estaba realmente enfadado.
Hablar de Zrod le ponía nervioso. Muy nervioso. Porque cada vez lo tenían todos más presente y él se estaba volviendo día a día más práctico.
No comprendía los rituales, los rezos, los miramientos, el miedo, incluso, que los demás sentían. Como si todo estuviera lleno de ojos, llenos de dedos acusadores. Un juicio constante y eterno de “algo” que no estaba en ninguna parte y que sin embargo, condicionaba sus vidas, las de todos y cada uno de ellos. Y no eran pocos los que estaban allí.
Jesús, María y el Espíritu Santo compartían espacio, bien cerca de Dios y el Diablo. Alá, Mahoma y sus 72 huríes hacían lo propio en otro lugar. Al igual que Horus, Amón Ra, Isis y Osiris. Y también Zeus, Hera, Afrodita, Apolo y Hares. Y Krishna, Visnú, Shiva y Brahma, y también Jahvé, Marduk, Jehová, Júpiter, Odín… y así hasta varias docenas de ellos. Algunos, como Thor, Eolo, Neptuno o Selene, parecían no saber muy bien qué estaban haciendo allí. Pero ahí estaban todos ellos, cada grupo (o grupúsculo) separado del resto e interactuando más bien poco, aunque viviendo en armonía.

Satanás decidió salir de su templo y airearse un poco. Lo necesitaba.

El Edén era un lugar realmente impresionante. Si no fuera porque era imposiblemente perfecto, parecería diseñado y fabricado por un Creador con gusto exquisito; la pureza hecha realidad sin límites en ningún sentido. Además de los lógicos parajes (a cada cual más bonito) y ornamentos naturales, los cuatro elementos confluían de manera bella y equilibrada: Fuego, tierra, aire y agua, cada uno en su lugar y en el momento en que correspondía, porque el tiempo también era un elemento igual que el resto. A veces transcurría y a veces no. Podías estirarlo o comprimirlo. A veces incluso te veías a ti mismo en otro instante en el mismo lugar.
El centro del Edén era el Gran Lago Redondo. De aguas tranquilas y azules, estaba rodeado por un césped tan fino como el terciopelo, que invitaba a tumbarse y a disfrutar.
El Lago Redondo era la conexión común del Edén con el resto de escenas, y absolutamente todo llevaba hasta allí. Todos los caminos, hileras de árboles, ríos, corrientes de brisa (y también de lava), flores, copos de nieve y gotas de lluvia (cuando caían) apuntaban a ese lugar. De hecho, aunque quisieras irte en dirección contraria, finalmente terminabas llegando ahí.
Los dioses lo visitaban con frecuencia, aunque evitaban coincidir con los otros porque cada uno tenía sus costumbres, muy diferentes a las del resto. Unos dioses se arrodillaban, otros apoyaban la frente en el suelo, otros hacían ofrendas, otros cantaban, otros hacían desfiles, otros escribían mandamientos y legados, otros hacían extraños rituales como si fueran brujos… Sólo Satanás iba allí a tumbarse y relajarse. Los demás cuando estaban allí, se sentían obligados a hacer algo, lo que fuera, a favor de Zrod.
Las aguas del lago eran algo extraordinario. Si las mirabas a ras de suelo, podías ver a Zrod reflejado en ellas. Y si mirabas hacia el fondo, detrás del agua y su ligero vaivén, como una extraña ventana abierta a otra dimensión, veías a la humanidad, sus logros, sus miserias, sus ocurrencias y sus tonterías. Eran una especie singular. Capaces de hacer lo mejor y lo peor, lo necesario, lo importante, lo absurdo, lo imposible. Les resultaba llamativo comprobar que una gran parte hacía exactamente las mismas rutinas y costumbres que ellos.
Ninguno de los dioses sabían de dónde habían salido. Simplemente estaban ahí sin darle mucha más importancia. Suponían que los habría creado Zrod, como a ellos.

Satanás se tumbó frente al lago, como muchas otras veces.
No le apetecía mirar hacia abajo y ver a los hombres y a las mujeres. Después de tantos milenios observándolos, los conocía bien. Eran muy previsibles y al final todas las civilizaciones seguían las mismas pautas y cometían los mismos errores, tanto individualmente como a nivel global. Intuía que a ésta no le quedaba mucho para sucumbir. Se lo estaban ganando a pulso además. Pobres ignorantes, tan avanzados y al mismo tiempo, tan estúpidos. En el fondo, le aburrían.
Miró una vez más al ras del agua y vio reflejadas las nubes y las montañas lejanas, igual que siempre. Nada más. Ni rastro de Zrod.

Así, completamente relajado y sin pensar en nada, se durmió.

Los dioses empezaron a llegar un poco antes del alba, puntuales a su cita. El murmullo de sus pasos y sus almas llegó hasta el Lago Redondo mucho antes que ellos.
Satanás se marchó antes de que llegaran todos. No le apetecía nada verlos ni participar en aquello que iba a tener lugar, fuese lo que fuese. No estaba para tonterías.
Los 175 dioses se dispusieron alrededor del Lago, cada uno acompañados de los suyos. Sólo Dios echaba de menos a su hermano. Era el único que faltaba. —Me ha tenido que tocar el único ateo —murmuró, como muchas otras veces hiciera.
Las caras de los dioses reflejaban sorpresa, nerviosismo, desconcierto y también la esperanza de que Zrod se manifestase por fin, de algún modo. En milenios era la primera vez que todos a la vez soñaban con él, con una cita concreta, un día concreto.
Todos miraban al centro del Lago. La humanidad, abajo, seguía con sus vidas anónimas, y los dioses arriba… no sabían qué iba a pasar. Ninguno de ellos.

Una niebla empezó a formarse en la superficie del Lago, al tiempo que el débil movimiento del agua quedaba paralizado y todo lo demás oscurecía…
El tiempo, como la dimensión variable que era, quedó detenido.
La bruma tomó consistencia, se elevó varios metros girando sobre sí misma dibujando espirales. Cuando se disipó, apareció Zrod, mientras todos los demás no daban crédito a lo que veían.
Zrod lo era todo en ese momento. Irradiaba luz y parecía estar mostrando el frente a todos por igual. Era bello, andrógino por momentos, a veces parecía más un hombre, a veces una mujer, a veces un niño, a veces una anciana y a veces otra cosa completamente diferente. Proyectaba cuatro sombras: una estática, otra nerviosa, otra de colores y otra luminosa…
Un instante después, el tiempo volvió a transcurrir y cada uno de los dioses hizo algo diferente. Unos rezaron, otros se arrodillaron, otros se echaron al suelo, otros alzaron las manos, otros cantaron, otros se sintieron indignos, y alguno que otro, paralizado, no supo lo que hacer.
—Por favor, silencio —se oyó claramente sin que sus labios se movieran lo más mínimo.
Todos se callaron.
—Poneos en pie y atendedme —Siguió sin mover los labios—. Su voz sonó serena y profunda, doble, quizá triple; una grave, otra aguda, otra ni grave ni aguda.
Los demás obedecieron, sin atreverse, casi a respirar.
Nadie allí era capaz de abrir más los ojos y los oídos…
—He decidido mostrarme, por primera y última vez, dada la gravedad de la situación —manifestó con un gesto parecido a la tristeza—. Lo que os voy a decir va a cambiar las cosas radicalmente —prosiguió, ahora sí, moviendo los labios tras los cuales se escapaba un vaho fantasmal que después caía, suavemente y en forma de cristales, al Gran Lago.
¿Sois conscientes del nivel tecnológico que está alcanzando la humanidad? —hizo una pausa—. Pues están tan avanzados, que están obteniendo respuestas. Las respuestas. Todas las respuestas y en todos los ámbitos. Especialmente en cosmología, geología, biología y física cuántica.
Todos miraban sin comprender. Sin saber ver más allá de sus palabras.
Nadie había parpadeado todavía.
Zrod emitió un pequeño chasquido con la lengua.
—A ver, hijos… ¿vosotros sabéis quienes sois?
Alguien dijo, temeroso, que eran dioses. Los dioses.
—Y ahora decidme… ¿sabéis en realidad quién soy yo?
Dios respondió que era El Guía. El Maestro, el Eterno e Inmortal Creador de todo.
—Siento deciros que estáis muy equivocados —Zrod le interrumpió—. Os lo explicaré: ¿Sabéis el poder que tienen varios miles de millones de personas pensando y creyendo lo mismo? Ese inmenso número mentes inteligentes, de voluntades pensando, creyendo que en realidad existís… al final ellos mismos sin quererlo, han acabado creándoos a todos vosotros. Ellos han sido los que os han dado el poder. Porque os creen poderosos. No ha sido por otra cosa. Y vosotros sois los que me habéis creado a mí. 175 dioses pensando, creyendo, convencidos de que son poderosos… pero sin comprender de dónde habían salido ni por qué estaban aquí. Habéis acabado haciendo lo mismo que los humanos. Creer en algo superior —y mientras lo contaba, no pudo ocultar una expresión de rencor—. Los humanos os crean. Vosotros me creáis. Yo, incluso pensé durante un tiempo que alguien me había creado a mí también.
Hizo una pausa larga y pesada.
—Pero observo a los humanos todos los días —prosiguió— y estoy al tanto de sus últimas investigaciones. Y las últimas han sido muy reveladoras. En un laboratorio hace pocos días consiguieron con unos cuantos elementos de la tabla periódica, crear algo muy parecido a la vida. Una célula, con todas sus funciones, su ADN y capacidad para reproducirse. Días más tarde, han encontrado vida bacteriana en Marte y también en Encélado, un satélite de Saturno. Las últimas observaciones del telescopio James Webb y el Radiotelescopio ALMA, revelan que el universo, dentro y fuera de la Vía Láctea está repleto señales de vida. Unas básicas, otras avanzadas, y otras inteligentes.
Y lo más importante, ayer mismo en el acelerador de partículas CERN de Suiza, lograron comprender y reproducir el desfase cuántico que dio lugar al Big Bang. Han creado un mini-universo en un laboratorio. Con sus 3 dimensiones, sus leyes de la física, su inflación y todo lo necesario para mantenerse.
Señores, —y su voz resonó mucho más profunda y grave— la humanidad acaba de comprender que en el origen del universo y de la vida no intervino ningún Creador. Ahora sí, después de tantos siglos de evolución, la ciencia es capaz de explicarlo todo.
Zrod calló, mientras los demás trataban de asimilar.
—Entonces, ¿qué va a pasar ahora? —Jehová preguntó con voz trémula.
—En breve todo esto se desmoronará. En cuanto la noticia se extienda y la humanidad asimile y comprenda que ya no somos necesarios… Vosotros desapareceréis y yo también. Tenemos los días contados aquí. Por no decir las horas.
Los dioses no se atrevieron a decir nada… paralizados por una noticia tan devastadora.
—Ha sido un placer compartir este escenario con vosotros. Os ruego que viváis vuestros últimos momentos en paz y libertad. No me invoquéis, no me recéis, no me preguntéis ni me dediquéis nada… no imagináis lo agobiante que puede llegar a resultar.
Inmediatamente después, desapareció entre brumas y espirales.

El alba siguió su curso con normalidad y también el ligero movimiento del agua del Lago que engulló los cristales que Zrod había exhalado al hablar.

Algunos dioses menores desaparecieron allí mismo.
Los demás se miraron entre ellos.
Hubo palabras de agradecimiento y despedida. Hubo abrazos y lágrimas también. Hubo buenos deseos. Pero sobre todo, resignación y tristeza.
Cada uno se marchó a su lugar, a su escenario. Algunos no llegaron y desaparecieron por el camino. Otros lo harían poco después.
Dios voló desesperado buscando a su hermano. Tenía que contarle todo y despedirse de él.
Lo encontró sentado frente al tablero de ajedrez. Justo antes de poder decir nada desapareció sin más.
Satanás lo vio volatilizarse y comprendió lo ocurrido al instante. Después de tantos milenios observando a los humanos, hacía tiempo que dedujo que era tan sólo una cuestión de tiempo. Porque siempre era igual. Ya había pasado varias veces. Nacer al inicio de cada civilización y morir cuando la civilización comprendía los mecanismos del universo.
El Diablo movió su dama en diagonal hacia el rey expuesto e indefenso de Dios.
—Jaque mate, mi amado hermano.
Y justo antes de desaparecer, amargamente lloró.

Un comentario en “Los últimos días de Dios

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