Corriendo calle arriba 

No hay luz que ilumine una mirada, si los ojos no están abiertos. Ni viento que mueva las hojas de un árbol si éste tiene sus ramas desnudas.

Sé luz, sé viento:
Claridad, movimiento…

La tristeza lo absorberá todo, hasta que los trazos del pensamiento la dejen en los caminos que recorrimos. Y ahí quedará:

La tristeza desnuda y abandonada.
Los remos en el agua, las alas abiertas, dispuestas.

Los latidos de un corazón que seguirán resonando, mientras quede un sólo sueño, una sola esperanza a la que podamos aferrarnos.

La mirada viva:
Los ojos llenos de sueños.
Siempre abiertos, corriendo calle arriba sin parar…

La noche inacabable

Noche de sueños perdida en el universo;
universo gigante.
Lágrimas que añoran sonrisas y auroras.
Enigmas, secretos,
devenir de preguntas flotando en el aire;
oscuridad turbadora.
Siempre las mismas palabras, la misma nostalgia;
compañera infatigable.
Es la eterna consecuencia de otra noche
…inacabable.

El pulso de mi memoria 

Hablé sólo una vez y después silencié sus palabras. Serían las últimas.

Había aprendido a olvidar. Y a no imaginar…

El pulso de mi memoria latió un tiempo más. Cerré los ojos para que el dolor pasase por mi lado sin arañarme demasiado.

Funcionó…

Olvidé mi cielo plomizo, las nubes negras, su vuelo blanco y majestuoso.
Supe que mis latidos era sólo golpes sordos en una puerta cerrada.

También los olvidé…

Abrí las ventanas y huyeron las mariposas, las que nunca se posarían en mi mano.
Todas escaparon…

Construí una laguna con lágrimas y sal. Me abandoné a su calma artificial.

Sólo después de llorar, acabé flotando…
Y de repente… Recordé:

Los dos corazones, las mil razones.
Por qué mis sueños se enredaban cada noche con su pelo.
Cómo sus palabras eran mi regalo.

Por qué acabe acompasando mi respiración con su aliento, haciendo de su luna llena mi cuarto menguante eterno.

Vuelvo a sentir las alas de un ángel volando muy lejos:
Abrazos al aire, estrellas fugaces.

Sus labios cerrados, trenzando de nuevo, presente y pasado.

Su boca sangrante morderá mi alma y los trozos desprendidos serán nieve candente que arrojaré al lago, en su enésima tempestad.

Ése lago que nunca volverá a quedar en calma, mientras sus pasos continúen resonando…

Una posibilidad

La noche abre sus brazos ofreciéndome su abrigo
hablándome a traves de labios imaginados.
Indeciso, callo sólo unos segundos:
miro al cielo
(sólo hay estrellas)
y un grito que se ahoga
(es la voz del olvidado).
Yo quedaré dormido
(sé que me iré con ella);
la luz de primavera quedará en mi ventana,
las hojas del otoño cubrirán las aceras…

Cuando despierte, todo empezará de nuevo:
Un día más, una noche más…
Y hacer una posibilidad de cada sueño.
Ni remota ni cercana, tan sólo una posibilidad.
Sin más. Y sin menos.

Cartas marcadas

En noches como esta…

Se detiene el tiempo, y errático busca los últimos pasos. Aquellos que en círculo no se alejaban del lugar donde planté todos mis deseos. En su centro, oscuro y pequeño yace una vida también pequeña.

En noches como esta…

Quisiera escapar de la mediocridad y olvidar lo difícil que resulta dejar de imaginar. Con el principio o el final.

En noches como esta…

Dejé mi ventana abierta y en lugar de volar entró por ella la niebla de azúcar que me envolvía y cerraba mis ojos con caricias.

En noches como esta…

El destino juega sus cartas marcadas, e incapaz de gritar, caigo en el lecho de hojas secas. Aquellas que crujen bajo el peso de mi alma, mi alma pequeña que aún sueña con volar, gritar, y escapar de las palabras que siempre, siempre la rodean.

Vestidos negros

Miro por el hueco imaginario que dejan las sombras al marcharse, buscando aquello que un día fui, que un día tuve.

Aquello que un día quise.

Mis ojos pasean lentos por las aceras, por las paredes, por ese halo oscuro que rodea la melancolía mientras sus labios entreabiertos piden silencio y miran el vacío que ronda en círculos cada vez más amplios.

Mis sueños vestidos de negro yacen desgranados en fragmentos puntiagudos, olvidados en alguna parte.

Me esperan moribundos.

Camino hacia ellos despacio, con pasos y voces silenciados. Guiándome sólo por los recuerdos grises que de vez en cuando afloran, sólo espero encontrarlos de nuevo y desgranarme como ellos.

Porque sé que la noche nunca acabará, que guarda también para mi un vestido negro con el que podré unirme a los fragmentos de mis sueños.

Si es que algún día vuelvo a encontrarlos.

Nuestros sueños libres

La libertad no es un camino, es un final. Alcanzarla es una victoria. Solo o acompañado, en el momento en que la tenemos la hacemos siempre nuestra. Ocurra lo que ocurra después.

Le di la libertad a mis sueños, ellos vuelan en círculos amplios sobre mi cabeza. Yo los miro desde abajo y los envidio. Con los ojos llenos de nostalgia, no dejo de desearles suerte. Porque en ellos hubo y habrá algo de mi y también de ti.

Unidos en el recuerdo o en la realidad, sé que tuvimos la suerte de poder compartir esa libertad que echó a volar nuestros sueños.

Si tus ojos también están llenos de nostalgia, mira hacia arriba y deséales la mejor de las suertes.

Sólo de esta manera, algún día podremos volar con ellos, libres. Mientras otras miradas llenas de nostalgia, nos mirarán desde abajo, y envidiarán nuestro vuelo amplio.

Tengo

Tengo palabras guardadas en los armarios. Junto a la ropa, aquella que ya no me pongo, o que no me atrevo a tirar.
Palabras nunca dichas.
Como la ropa, algunas aprietan.
Otras son viejas.
Otras pasaron de moda.

Tengo ideas que son como los gatos de los tejados.
Nocturnas y solitarias, caminan por una cornisa y maúllan a la luna incluso cuando ésta no se muestra en el cielo.

Tengo un mundo paralelo en el que te salvo la vida.
Y en donde pierdo la mía.
Un mundo imposible que construí a mi medida.
Y que a veces se desmorona.

Tengo una sombra que me sigue adónde quiera que voy.
Oscura, como la más negra de las noches, a veces me adelanta.
Y siempre se ríe de mí.

Tengo una sonrisa extraña.
Que a veces muere antes de mostrarse.

Tengo un secreto que todos conocen.
Y una mentira que hice verdad.

Tengo mil formas de amarte y mil formas de hacerme daño.

Nunca me hizo falta comerme el mundo…
Me bastó con besar sus labios.

Reflejo 

No pude evitar que mi reflejo se hiciera añicos.
Ni que el viento frío esparciera los trozos.

Aún hoy, daría un mundo por atesorar tan sólo uno de los fragmentos.

Si algún día te encuentras alguno… envuélvelo en terciopelo, para que no te haga daño. Y guárdalo como si fuera tuyo.

El espejo

Hay un espejo en alguna parte
que solo a mí me pertenece.
Y no es de cristal, es de agua.
Es de lluvia.
Si te pones delante me verás sonreír.
Si te pones detrás me verás volar.
O caer.
El espejo brilla como el sol, pero
es tu luz la que quizá se refleja.
Tu sonrisa la que muestra.
Tu vuelo el que proyecta.
Hay un espejo en algún lugar,
con una grieta que lo cruza.
Camino por ella, despacio,
como un sonámbulo por su cornisa.
Contemplo su imagen,
que en realidad es la mía
con los trazos desdibujados,
invertidos, inversos.
Hay un espejo de penumbras
que siempre será mío.
Agrietado.
Convexo.
En el que me hago pequeño.

Mi fría fantasía 

En algún lugar existe y escapa. A veces me habla, otras se calla.
A menudo llueve sobre ella:
sangre con lluvia, trenzada.

La oigo hurgar en mis sueños todas las noches. Con ellos llena sus alas y espera que no sospeche que prepara su largo viaje. Son las últimas noches antes de que me haya dejado sin sueños que mostrar en la mirada y vuele hacia el sur, en busca de un alma pura de la que enamorarse de nuevo.

Orgullosa y altiva,
marchará sin despedirse.
Mi fantasía.
Mi fría fantasía,
antes de rendirse.

Cuando se marche me quedaré mirando al sur, de espaldas al mundo, por la ventana que cuidadosamente cerró.
Y contaré las lágrimas que dejó en mi almohada, igual que un soñador cuenta las estrellas o un mentiroso cuenta sus mentiras.

Le deseo buen viaje.
Que sus heridas negras se conviertan en cicatrices blancas.
Y encuentre pronto otro soñador al que entregarle mis sueños, aquellos que guardé durante años, para que el día en que ella decidiera marcharse no lo hiciera con las alas vacías.

Los trazos blancos de mis letras

Las hojas amarillas del otoño me estaban esperando y crujen bajo mis torpes pasos. Escriben con letras blancas las páginas de un libro también blanco, como la primera nieve del invierno que pronto llegará.

El futuro, que hoy aguarda con los brazos abiertos y los puños cerrados mañana soltará su primer golpe y el viento del norte soplará muy fuerte: Con él se irán mis páginas blancas y sus hojas amarillas. Quedarán bailando trenzadas en un remolino largo que colgará del cielo de tormenta amenazante.

Pero en su lejano ulular, y si escuchas bien, podrás distinguir mi voz apagada (susurrando en mitad de esa danza inacabable) que nada muere mientras los trazos desnudos de mis letras sigan vivos.

Olor a azahar 

Quizá oyera mi voz rasgando el vacío o sintiera mi calor a través de la niebla lechosa.
Quién lo sabe…
Sólo sé que a veces el pasado es diferente y el futuro nos esquiva.

Miré hacia arriba y vi su mano blanca y elegante aparecer por una grieta. La única que había en aquel lugar, en lo más alto de aquella celda de barrotes de cristal que yo mismo construí con gran esfuerzo.
Con aquella mano apareciendo de la nada, abierta e invitándome a cogerla, me asaltó el recuerdo de una bonita canción… Tarareé la melodía y escuché su eco profundo.

En algún lugar lejano alguien más silbó también mi melodía.
Sonreí.
Me levanté y tomé aquella mano etérea y cálida.
Tiró hacia arriba suavemente.

En su ascenso, y a través de la grieta en el techo de mi celda pude vislumbrar un cielo limpio y claro, sin nubes de tormenta ni vuelos en picado…
Solo en el último momento, con los ojos iluminados y mi rostro sonriente, justo antes de colarnos, solté la mano y volví a caer.

Antes de irse, la mano se acercó y me acarició la mejilla.
La besé.
Olía a azahar.

Se fue, y yo me quedé sentado en el suelo, tarareando mi melodía, que alguien en algún lugar también silbaba.

La grieta ya nunca se cerró, y por ella se cuela ahora el resplandor de una mañana espléndida. En los días de primavera, el rocío cae entre destellos parpadeantes y hace brillar el lecho en el que duermo.

A veces pienso que al otro lado la mano me sigue esperando porque alguien silba conmigo la melodía que a veces tarareo.

Y yo sigo sentado, mirando una rendija del cielo sobre un lecho luminoso de rocío.
Sonriendo, sigo recordando el dulce olor a azahar: Como si aún hoy, aquella mano continuase acariciando mi mejilla.

Engarzado al mundo

El vuelo de mis palabras, en invisible espiral asciende como el humo, inconsistente y difuso, caerá como cenizas sobre aquello que escribí.
Resuena el eco de mis pasos como huellas de infinito hacia la sombra.

Qué fue lo que vi en sus ojos, que tras su brillo se escondía el universo más oscuro y hacia él sigo proyectado, pues sólo quiero contemplar el mundo desde esa perspectiva. Y cuando lo alcance me buscaré bajo la lluvia pero no me encontraré porque ya me diluí en el agua fría de mi tormenta. Enjaulado en invisible celofán, el reflejo en los charcos será lo único que quede de mis letras mientras éstas aún me mantengan engarzado al mundo.

Mi viaje

Hace mucho tiempo comencé mi viaje…
Tomé de la mano a todos mis fantasmas.
Mis miedos.
Mis miserias.
Y también mis fantasías…

Me alejé del mundo buscando el sitio más frío y oscuro.
Mucho más al norte de todas las voces y más al sur de todas las miradas. Allí donde los caminos partieron, antes de hacerse angulosos.

Después de llegar a mi destino solté mi pesado equipaje y sentado en el suelo, observé el vacío y toda la lluvia que estaba por llegar.

Miré hacia adentro y hacia afuera.
Desde entonces, hasta cuando.
Mientras quede. Mientras duela.
Observé mis castillos de arena y de naipes.
Mis alas de cartón, mis sueños de cristal y la estela lánguida de mis propios pensamientos.

Acompañado únicamente por los latidos vivos de un corazón detenido…
Me puse de pie y cargué de nuevo mi pesado equipaje. Volví por donde había venido.
Mi corazón no quiso acompañarme y decidió quedarse allí.
Yo regresé a la realidad, donde tan torpemente me desenvuelvo.

A veces aún siento los latidos de aquel corazón, el que un día fuera mío, el que quedó en ese lugar.
Yo no regresaré.
El no volverá.
Pero la distancia que nos une es la que nos separa, y en el tiempo que nos queda ambos sabremos que no tuvimos otra opción:

Hasta que yo dejé de latir.
Hasta que él dejé de soñar.

Rosa de Invierno 

Gracias al esfuerzo y buen hacer de mis amigos Elisa Gracia y Luis Lacosta con su editorial «Laguna Negra Ediciones», pude publicar este libro hace ya unos cuantos años. La editorial, a pesar de contar con buenos títulos, por desgracia tuvo que cerrar. El libro lleva ya tiempo descatalogado, y es (quizá) imposible de conseguir, pero… por lo que fue, por lo que simboliza, por la ilusión y experiencias que quedaron impresas en sus páginas, es una creación de la que siempre estaré orgulloso y agradecido.