Los trazos blancos de mis letras

Las hojas amarillas del otoño me estaban esperando y crujen bajo mis torpes pasos. Escriben con letras blancas las páginas de un libro también blanco, como la primera nieve del invierno que pronto llegará.

El futuro, que hoy aguarda con los brazos abiertos y los puños cerrados mañana soltará su primer golpe y el viento del norte soplará muy fuerte: Con él se irán mis páginas blancas y sus hojas amarillas. Quedarán bailando trenzadas en un remolino largo que colgará del cielo de tormenta amenazante.

Pero en su lejano ulular, y si escuchas bien, podrás distinguir mi voz apagada (susurrando en mitad de esa danza inacabable) que nada muere mientras los trazos desnudos de mis letras sigan vivos.

Olor a azahar 

Quizá oyera mi voz rasgando el vacío o sintiera mi calor a través de la niebla lechosa.
Quién lo sabe…
Sólo sé que a veces el pasado es diferente y el futuro nos esquiva.

Miré hacia arriba y vi su mano blanca y elegante aparecer por una grieta. La única que había en aquel lugar, en lo más alto de aquella celda de barrotes de cristal que yo mismo construí con gran esfuerzo.
Con aquella mano apareciendo de la nada, abierta e invitándome a cogerla, me asaltó el recuerdo de una bonita canción… Tarareé la melodía y escuché su eco profundo.

En algún lugar lejano alguien más silbó también mi melodía.
Sonreí.
Me levanté y tomé aquella mano etérea y cálida.
Tiró hacia arriba suavemente.

En su ascenso, y a través de la grieta en el techo de mi celda pude vislumbrar un cielo limpio y claro, sin nubes de tormenta ni vuelos en picado…
Solo en el último momento, con los ojos iluminados y mi rostro sonriente, justo antes de colarnos, solté la mano y volví a caer.

Antes de irse, la mano se acercó y me acarició la mejilla.
La besé.
Olía a azahar.

Se fue, y yo me quedé sentado en el suelo, tarareando mi melodía, que alguien en algún lugar también silbaba.

La grieta ya nunca se cerró, y por ella se cuela ahora el resplandor de una mañana espléndida. En los días de primavera, el rocío cae entre destellos parpadeantes y hace brillar el lecho en el que duermo.

A veces pienso que al otro lado la mano me sigue esperando porque alguien silba conmigo la melodía que a veces tarareo.

Y yo sigo sentado, mirando una rendija del cielo sobre un lecho luminoso de rocío.
Sonriendo, sigo recordando el dulce olor a azahar: Como si aún hoy, aquella mano continuase acariciando mi mejilla.

Engarzado al mundo

El vuelo de mis palabras, en invisible espiral asciende como el humo, inconsistente y difuso, caerá como cenizas sobre aquello que escribí.
Resuena el eco de mis pasos como huellas de infinito hacia la sombra.

Qué fue lo que vi en sus ojos, que tras su brillo se escondía el universo más oscuro y hacia él sigo proyectado, pues sólo quiero contemplar el mundo desde esa perspectiva. Y cuando lo alcance me buscaré bajo la lluvia pero no me encontraré porque ya me diluí en el agua fría de mi tormenta. Enjaulado en invisible celofán, el reflejo en los charcos será lo único que quede de mis letras mientras éstas aún me mantengan engarzado al mundo.

Mi viaje

Hace mucho tiempo comencé mi viaje…
Tomé de la mano a todos mis fantasmas.
Mis miedos.
Mis miserias.
Y también mis fantasías…

Me alejé del mundo buscando el sitio más frío y oscuro.
Mucho más al norte de todas las voces y más al sur de todas las miradas. Allí donde los caminos partieron, antes de hacerse angulosos.

Después de llegar a mi destino solté mi pesado equipaje y sentado en el suelo, observé el vacío y toda la lluvia que estaba por llegar.

Miré hacia adentro y hacia afuera.
Desde entonces, hasta cuando.
Mientras quede. Mientras duela.
Observé mis castillos de arena y de naipes.
Mis alas de cartón, mis sueños de cristal y la estela lánguida de mis propios pensamientos.

Acompañado únicamente por los latidos vivos de un corazón detenido…
Me puse de pie y cargué de nuevo mi pesado equipaje. Volví por donde había venido.
Mi corazón no quiso acompañarme y decidió quedarse allí.
Yo regresé a la realidad, donde tan torpemente me desenvuelvo.

A veces aún siento los latidos de aquel corazón, el que un día fuera mío, el que quedó en ese lugar.
Yo no regresaré.
El no volverá.
Pero la distancia que nos une es la que nos separa, y en el tiempo que nos queda ambos sabremos que no tuvimos otra opción:

Hasta que yo dejé de latir.
Hasta que él dejé de soñar.

Rosa de Invierno 

Gracias al esfuerzo y buen hacer de mis amigos Elisa Gracia y Luis Lacosta con su editorial «Laguna Negra Ediciones», pude publicar este libro hace ya unos cuantos años. La editorial, a pesar de contar con buenos títulos, por desgracia tuvo que cerrar. El libro lleva ya tiempo descatalogado, y es (quizá) imposible de conseguir, pero… por lo que fue, por lo que simboliza, por la ilusión y experiencias que quedaron impresas en sus páginas, es una creación de la que siempre estaré orgulloso y agradecido.