Invierno & Primavera

Relojes y agujas nos dieron su tiempo,
palabras y pasos, dejando una estela…
Pasado y futuro, se fueron muy lejos,
la espuma del mar bañó nuestras almas.

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Dos corazones se abrazan hoy:
una noche de intenso frío.
Mientras afuera observan las estrellas,
que al dormirnos aún era invierno
y al despertar será primavera.

Piscis

Nací vacío, de una concha hueca.
Creció bajo mi pecho un trozo de coral, y una esponja de mar dentro de mi cabeza.
En mis ojos brillaron dos aguamarinas, y de mis manos brotaron dos estrellas de mar.
De unas huellas en la arena nacieron mis pies y mis pasos.
La espuma blanca de una ola rompiente bañó mi alma. Y con la primera brisa del día, dos gaviotas la echaron a volar.
Como las mareas, muero y nazco, al tiempo del sol y de la luna.
Como las olas, me rompo contra las rocas o acaricio la fina arena.

Hace mucho tiempo que partí, buscando la línea del horizonte. Sé que nunca la alcanzaré. En plena tormenta, navego en círculos, confundiendo el cielo con el agua y el Norte con el Sur. La sal con la arena… Las nubes con algodón.
Cuando mi tiempo y mi cadencia acaben, la ola más grande y poderosa me llevará al fondo del océano… y allí me quedaré en calma. Y también el mar. Hasta que vuelva a nacer, vacío, de otra concha hueca. Y entonces todo vuelva a empezar.

El color de una vida

El color de una vida está en los sueños.
En los momentos elegidos.
En el futuro incierto, incluso.
El color de una vida es su alternancia, gloria y desencanto.
En color de una vida está en el sabor del pasado, ya perdido.
En los proyectos, en las propuestas.
En el amor recordado y en todas sus evidencias.
En el sabor de los besos que siempre queda.
Incluso en las cenizas congeladas de mi conciencia.

El color de mi vida

El color de mi vida está en las aceras cubiertas por mis pasos y el cortejo de recuerdos que va detrás.

La noche desgarrada contempla cómo me desangro inútilmente.

Huyo de mi propia vida ya descolorida, donde las ventanas abiertas a la brisa de primavera se cerraron.

El invierno congela las cenizas de la conciencia. Remolinos de viento caracolean con ellas. Y esparcidas las dejan, en cualquier rincón. Ensangrentadas, envenenadas, las recojo con mis propias manos.

Y sigo caminando, desangrado, acompañado del sonido de mis propios pasos…

Un recuerdo, siempre

Noche cerrada.
Las voces silenciadas.
Las de la gente, las de la ciudad.
Oscuridad para perderse en ella.
El que quiera, el que pueda.
Y al que no le quede más remedio.
Tras los cristales, borrosas escenas.
Me alejo: curvas, asfalto y ruedas…
Tengo sueño, pienso.
Hace frío, siento.
La música en mis oídos, sólo.
Y siempre, un recuerdo en mi cabeza.

La lluvia fría

Y mientras tanto, en algún lugar, allí donde el silencio se condensa y cae como lluvia fría y triste, mis latidos ausentes dan cobijo a una mirada apagada.

Doy vueltas en círculo y no voy a ningún lugar. Miro al suelo, sigo mis pasos sobre la tierra mojada. Mis huellas son cada vez más profundas…

Pero a veces miro al cielo, de donde viene la lluvia e imagino que mucho más lejos y mucho más arriba, allí donde la luz se gestó, viajo para entregar toda mi tristeza, a cambio de una gota blanca y luminosa, que pueda volver a iluminar mi alma.

Ojalá…

Reírnos del mundo

Nuestra conciencia blanca será la luz brillante del mundo.
Seremos capaces de distinguir lo posible de lo que no lo es.
Aprovecharemos la brisa fresca como viento a favor.
Volaremos incluso, con alas de cartón.
Aprenderemos a gritar aunque no nos quede voz.
Con sal en los labios.
Con arena en los bolsillos y en los pies desnudos.
Soñaremos para saber lo que queremos. Y lloraremos si es necesario, porque el viento en el rostro se llevará nuestras lágrimas.
Inventaremos palabras para reírnos del mundo.
Tendrás el sol y la luna como referencia, el mar y las olas como tu parcela y las rosas de tu puerta como versos de amor que latirán sólo para ti.
Un paso irá siempre detrás de otro y antes que el siguiente.
Te ofrezco mis ojos para que en ellos te reflejes.
Mi memoria para que recuerdes.
Y quizá volveremos a llenarnos el alma de heridas. Pero serán heridas nuevas, porque las viejas heridas, esas habrán cicatrizado.
Mientras el futuro siga alimentándose de sueños sabremos que éstos todavía no han envejecido.

Lágrimas o lluvia

Noche cerrada.
Sin luna ni estrellas.
Llueve…
La luz amarilla y trémula reflejada en las aceras.
En la carretera.
Y no sé si son lágrimas calientes o lluvia fría.
Salí por tu puerta cuando más llovía.
Calado hasta los huesos, ahora sólo siento cómo la lluvia golpea el cristal.
Mi alma, tras él, busca su cobijo.

Sólo siento la lluvia que cae, que fuerte golpea y empapa los pasos largos de mi memoria.
Sigue lloviendo…
La carretera me lleva.
Me aleja.
Y no sé adónde voy.

Abrígate el alma.
Que no se te enfríe.
Que el calor de un buen recuerdo te ayude a hacerlo…
Sigue durmiendo.
Sigue soñando…
Que no se empapen tus sueños, ni de lluvia ni de lágrimas.
Y yo seguiré viajando…

Carretera mojada,
de lluvia o de lágrimas.
Noche cerrada.
Sin luna ni estrellas.

Mi dulce tristeza

Será que su voz se volvió muy densa.
Que por estar conmigo
perdió la cabeza.
Sé que moriría por mi.
Y yo sin ella.
En todas las horas,
aguarda, tranquila,
en las 7 vidas que aun me quedan.
Con su sonrisa helada,
es mi dulce tristeza.
Quien para estar conmigo,
unió mis pasos y sus huellas;
mis dudas y sus versos,
mi vuelo y sus rarezas.

Guardo mis sueños
(muero despacio).
Vuelve sin miedo
(queda la ausencia).
Sella sus labios
(siempre con ella).

Pequeño

Pequeño.
Tras mi rostro.
Tras mis ojos escondidos de la luz.
Bajo la piel mi sangre se
diluye en agua de lluvia.
La de mil tormentas.
Pequeño.
Tras la penumbra de los días mi
sombra proyectada queda inerte.
Pequeño.
Escapar a mi verdad:
La de mis palabras
engarzadas al vacío.
Pequeño.
Sin lágrimas ni miedo.
Sin alma ni momentos.
Con tanto que gritar
y tanto que olvidar.
En caída libre.
Suavemente mecido.

La octava ola

En la primera ola:
Sonriente salté sobre los charcos. Cuando nadie me miraba, bailé bajo la lluvia. Miré al cielo y me sentí agradecido. Giré al norte y comencé a caminar.

En la segunda ola:
Escribí cartas de amor. Metí mil besos en botellas que acabaron en el mar. Sentado en la orilla observaba el horizonte. Envidié las gaviotas y hablaba con ellas todas las noches.

En la tercera ola:
Me alejé para llorar. Volví sobre mis pasos. Revolví entre mi sombra para encontrar la mentira y la verdad, el deseo… la soledad. Tomó mi mano y ya no la soltó.

En la cuarta ola:
Ella me encontró. La besé. Me arropó. Me enamoré. Lo conseguí. En sus brazos el tiempo se detuvo: su piel y mi piel, las horas y su latir.

En la quinta ola:
Dormí como un niño. Desperté sin soñar. Amarré a mis fantasmas bajo el sol del mediodía. Caminé… corrí… me marché a ningún lugar. Me arrepentí.

En la sexta ola:
Los cuervos anidaron. El viento del sur se volvió frío. Me escondí tras mis gafas oscuras. Tracé una línea negra que ya no pude traspasar.

En la séptima ola:
Las estrellas se clavaron en mi piel como finísimas agujas. Salí a pasear bajo la lluvia. La luna me escuchaba, pero nunca llegó a contestar.

De espaldas al mar, hace tiempo que espero la octava ola, rompiendo, sobre mi alma y contra las rocas… la espuma se llevará los trazos confusos de mis letras. Cuando ésta desaparezca y hasta que el tiempo lo borre, mi nombre será lo único que quede escrito sobre la arena.

Olvido y recuerdo

Mientras el tiempo suspendido quedó reflejado en un lago estático, la niebla se aferra a sus jirones; esos que el viento ya no mueve.

El último de mis latidos quedó atrapado y ya sólo resuenan los pasos del adiós.

En todas partes encuentro un retazo de mi sombra dispuesta a marchar, tan sólo por alejarse de mi.

De mi oscuridad nacen, o quizá mueren, palabras dispersas que caen al vacío para romperse en mil pedazos afilados allí donde un día había luz y hoy sólo hay misterio.

Olvido y recuerdo.
Duermo con uno, amanezco con otro…

Nuestra tristeza 

Movida por el viento pasea oscura, flotando, buscando un rostro que cubrir. Cuando la nube desata su tormenta, llueve en tu mirada y también en la mía.

Pero quiero pensar que la nube negra no forma parte de nosotros.

Solamente viene.
Simplemente va.

Ajena a sus miradas enturbiadas. Adónde la mueva el viento caprichoso, ese que aún hoy sigue abofeteando nuestro rostro.

Pero cuando la nube se vaya a otro lugar para llover en una nueva mirada, las huellas que haya dejado en nosotros serán nuestras y sólo nuestras.

Y esas al menos, a pesar de quedar marcadas para siempre, ya no volverán a hacernos daño. Nunca más.

Corriendo calle arriba 

No hay luz que ilumine una mirada, si los ojos no están abiertos. Ni viento que mueva las hojas de un árbol si éste tiene sus ramas desnudas.

Sé luz, sé viento:
Claridad, movimiento…

La tristeza lo absorberá todo, hasta que los trazos del pensamiento la dejen en los caminos que recorrimos. Y ahí quedará:

La tristeza desnuda y abandonada.
Los remos en el agua, las alas abiertas, dispuestas.

Los latidos de un corazón que seguirán resonando, mientras quede un sólo sueño, una sola esperanza a la que podamos aferrarnos.

La mirada viva:
Los ojos llenos de sueños.
Siempre abiertos, corriendo calle arriba sin parar…

La noche inacabable

Noche de sueños perdida en el universo;
universo gigante.
Lágrimas que añoran sonrisas y auroras.
Enigmas, secretos,
devenir de preguntas flotando en el aire;
oscuridad turbadora.
Siempre las mismas palabras, la misma nostalgia;
compañera infatigable.
Es la eterna consecuencia de otra noche
…inacabable.

El pulso de mi memoria 

Hablé sólo una vez y después silencié sus palabras. Serían las últimas.

Había aprendido a olvidar. Y a no imaginar…

El pulso de mi memoria latió un tiempo más. Cerré los ojos para que el dolor pasase por mi lado sin arañarme demasiado.

Funcionó…

Olvidé mi cielo plomizo, las nubes negras, su vuelo blanco y majestuoso.
Supe que mis latidos era sólo golpes sordos en una puerta cerrada.

También los olvidé…

Abrí las ventanas y huyeron las mariposas, las que nunca se posarían en mi mano.
Todas escaparon…

Construí una laguna con lágrimas y sal. Me abandoné a su calma artificial.

Sólo después de llorar, acabé flotando…
Y de repente… Recordé:

Los dos corazones, las mil razones.
Por qué mis sueños se enredaban cada noche con su pelo.
Cómo sus palabras eran mi regalo.

Por qué acabe acompasando mi respiración con su aliento, haciendo de su luna llena mi cuarto menguante eterno.

Vuelvo a sentir las alas de un ángel volando muy lejos:
Abrazos al aire, estrellas fugaces.

Sus labios cerrados, trenzando de nuevo, presente y pasado.

Su boca sangrante morderá mi alma y los trozos desprendidos serán nieve candente que arrojaré al lago, en su enésima tempestad.

Ése lago que nunca volverá a quedar en calma, mientras sus pasos continúen resonando…

Una posibilidad

La noche abre sus brazos ofreciéndome su abrigo
hablándome a traves de labios imaginados.
Indeciso, callo sólo unos segundos:
miro al cielo
(sólo hay estrellas)
y un grito que se ahoga
(es la voz del olvidado).
Yo quedaré dormido
(sé que me iré con ella);
la luz de primavera quedará en mi ventana,
las hojas del otoño cubrirán las aceras…

Cuando despierte, todo empezará de nuevo:
Un día más, una noche más…
Y hacer una posibilidad de cada sueño.
Ni remota ni cercana, tan sólo una posibilidad.
Sin más. Y sin menos.

Cartas marcadas

En noches como esta…

Se detiene el tiempo, y errático busca los últimos pasos. Aquellos que en círculo no se alejaban del lugar donde planté todos mis deseos. En su centro, oscuro y pequeño yace una vida también pequeña.

En noches como esta…

Quisiera escapar de la mediocridad y olvidar lo difícil que resulta dejar de imaginar. Con el principio o el final.

En noches como esta…

Dejé mi ventana abierta y en lugar de volar entró por ella la niebla de azúcar que me envolvía y cerraba mis ojos con caricias.

En noches como esta…

El destino juega sus cartas marcadas, e incapaz de gritar, caigo en el lecho de hojas secas. Aquellas que crujen bajo el peso de mi alma, mi alma pequeña que aún sueña con volar, gritar, y escapar de las palabras que siempre, siempre la rodean.

Vestidos negros

Miro por el hueco imaginario que dejan las sombras al marcharse, buscando aquello que un día fui, que un día tuve.

Aquello que un día quise.

Mis ojos pasean lentos por las aceras, por las paredes, por ese halo oscuro que rodea la melancolía mientras sus labios entreabiertos piden silencio y miran el vacío que ronda en círculos cada vez más amplios.

Mis sueños vestidos de negro yacen desgranados en fragmentos puntiagudos, olvidados en alguna parte.

Me esperan moribundos.

Camino hacia ellos despacio, con pasos y voces silenciados. Guiándome sólo por los recuerdos grises que de vez en cuando afloran, sólo espero encontrarlos de nuevo y desgranarme como ellos.

Porque sé que la noche nunca acabará, que guarda también para mi un vestido negro con el que podré unirme a los fragmentos de mis sueños.

Si es que algún día vuelvo a encontrarlos.

Nuestros sueños libres

La libertad no es un camino, es un final. Alcanzarla es una victoria. Solo o acompañado, en el momento en que la tenemos la hacemos siempre nuestra. Ocurra lo que ocurra después.

Le di la libertad a mis sueños, ellos vuelan en círculos amplios sobre mi cabeza. Yo los miro desde abajo y los envidio. Con los ojos llenos de nostalgia, no dejo de desearles suerte. Porque en ellos hubo y habrá algo de mi y también de ti.

Unidos en el recuerdo o en la realidad, sé que tuvimos la suerte de poder compartir esa libertad que echó a volar nuestros sueños.

Si tus ojos también están llenos de nostalgia, mira hacia arriba y deséales la mejor de las suertes.

Sólo de esta manera, algún día podremos volar con ellos, libres. Mientras otras miradas llenas de nostalgia, nos mirarán desde abajo, y envidiarán nuestro vuelo amplio.

Tengo

Tengo palabras guardadas en los armarios. Junto a la ropa, aquella que ya no me pongo, o que no me atrevo a tirar.
Palabras nunca dichas.
Como la ropa, algunas aprietan.
Otras son viejas.
Otras pasaron de moda.

Tengo ideas que son como los gatos de los tejados.
Nocturnas y solitarias, caminan por una cornisa y maúllan a la luna incluso cuando ésta no se muestra en el cielo.

Tengo un mundo paralelo en el que te salvo la vida.
Y en donde pierdo la mía.
Un mundo imposible que construí a mi medida.
Y que a veces se desmorona.

Tengo una sombra que me sigue adónde quiera que voy.
Oscura, como la más negra de las noches, a veces me adelanta.
Y siempre se ríe de mí.

Tengo una sonrisa extraña.
Que a veces muere antes de mostrarse.

Tengo un secreto que todos conocen.
Y una mentira que hice verdad.

Tengo mil formas de amarte y mil formas de hacerme daño.

Nunca me hizo falta comerme el mundo…
Me bastó con besar sus labios.

Reflejo 

No pude evitar que mi reflejo se hiciera añicos.
Ni que el viento frío esparciera los trozos.

Aún hoy, daría un mundo por atesorar tan sólo uno de los fragmentos.

Si algún día te encuentras alguno… envuélvelo en terciopelo, para que no te haga daño. Y guárdalo como si fuera tuyo.

El espejo

Hay un espejo en alguna parte
que solo a mí me pertenece.
Y no es de cristal, es de agua.
Es de lluvia.
Si te pones delante me verás sonreír.
Si te pones detrás me verás volar.
O caer.
El espejo brilla como el sol, pero
es tu luz la que quizá se refleja.
Tu sonrisa la que muestra.
Tu vuelo el que proyecta.
Hay un espejo en algún lugar,
con una grieta que lo cruza.
Camino por ella, despacio,
como un sonámbulo por su cornisa.
Contemplo su imagen,
que en realidad es la mía
con los trazos desdibujados,
invertidos, inversos.
Hay un espejo de penumbras
que siempre será mío.
Agrietado.
Convexo.
En el que me hago pequeño.

Mi fría fantasía 

En algún lugar existe y escapa. A veces me habla, otras se calla.
A menudo llueve sobre ella:
sangre con lluvia, trenzada.

La oigo hurgar en mis sueños todas las noches. Con ellos llena sus alas y espera que no sospeche que prepara su largo viaje. Son las últimas noches antes de que me haya dejado sin sueños que mostrar en la mirada y vuele hacia el sur, en busca de un alma pura de la que enamorarse de nuevo.

Orgullosa y altiva,
marchará sin despedirse.
Mi fantasía.
Mi fría fantasía,
antes de rendirse.

Cuando se marche me quedaré mirando al sur, de espaldas al mundo, por la ventana que cuidadosamente cerró.
Y contaré las lágrimas que dejó en mi almohada, igual que un soñador cuenta las estrellas o un mentiroso cuenta sus mentiras.

Le deseo buen viaje.
Que sus heridas negras se conviertan en cicatrices blancas.
Y encuentre pronto otro soñador al que entregarle mis sueños, aquellos que guardé durante años, para que el día en que ella decidiera marcharse no lo hiciera con las alas vacías.

Los trazos blancos de mis letras

Las hojas amarillas del otoño me estaban esperando y crujen bajo mis torpes pasos. Escriben con letras blancas las páginas de un libro también blanco, como la primera nieve del invierno que pronto llegará.

El futuro, que hoy aguarda con los brazos abiertos y los puños cerrados mañana soltará su primer golpe y el viento del norte soplará muy fuerte: Con él se irán mis páginas blancas y sus hojas amarillas. Quedarán bailando trenzadas en un remolino largo que colgará del cielo de tormenta amenazante.

Pero en su lejano ulular, y si escuchas bien, podrás distinguir mi voz apagada (susurrando en mitad de esa danza inacabable) que nada muere mientras los trazos desnudos de mis letras sigan vivos.

Olor a azahar 

Quizá oyera mi voz rasgando el vacío o sintiera mi calor a través de la niebla lechosa.
Quién lo sabe…
Sólo sé que a veces el pasado es diferente y el futuro nos esquiva.

Miré hacia arriba y vi su mano blanca y elegante aparecer por una grieta. La única que había en aquel lugar, en lo más alto de aquella celda de barrotes de cristal que yo mismo construí con gran esfuerzo.
Con aquella mano apareciendo de la nada, abierta e invitándome a cogerla, me asaltó el recuerdo de una bonita canción… Tarareé la melodía y escuché su eco profundo.

En algún lugar lejano alguien más silbó también mi melodía.
Sonreí.
Me levanté y tomé aquella mano etérea y cálida.
Tiró hacia arriba suavemente.

En su ascenso, y a través de la grieta en el techo de mi celda pude vislumbrar un cielo limpio y claro, sin nubes de tormenta ni vuelos en picado…
Solo en el último momento, con los ojos iluminados y mi rostro sonriente, justo antes de colarnos, solté la mano y volví a caer.

Antes de irse, la mano se acercó y me acarició la mejilla.
La besé.
Olía a azahar.

Se fue, y yo me quedé sentado en el suelo, tarareando mi melodía, que alguien en algún lugar también silbaba.

La grieta ya nunca se cerró, y por ella se cuela ahora el resplandor de una mañana espléndida. En los días de primavera, el rocío cae entre destellos parpadeantes y hace brillar el lecho en el que duermo.

A veces pienso que al otro lado la mano me sigue esperando porque alguien silba conmigo la melodía que a veces tarareo.

Y yo sigo sentado, mirando una rendija del cielo sobre un lecho luminoso de rocío.
Sonriendo, sigo recordando el dulce olor a azahar: Como si aún hoy, aquella mano continuase acariciando mi mejilla.

Engarzado al mundo

El vuelo de mis palabras, en invisible espiral asciende como el humo, inconsistente y difuso, caerá como cenizas sobre aquello que escribí.
Resuena el eco de mis pasos como huellas de infinito hacia la sombra.

Qué fue lo que vi en sus ojos, que tras su brillo se escondía el universo más oscuro y hacia él sigo proyectado, pues sólo quiero contemplar el mundo desde esa perspectiva. Y cuando lo alcance me buscaré bajo la lluvia pero no me encontraré porque ya me diluí en el agua fría de mi tormenta. Enjaulado en invisible celofán, el reflejo en los charcos será lo único que quede de mis letras mientras éstas aún me mantengan engarzado al mundo.

Mi viaje

Hace mucho tiempo comencé mi viaje…
Tomé de la mano a todos mis fantasmas.
Mis miedos.
Mis miserias.
Y también mis fantasías…

Me alejé del mundo buscando el sitio más frío y oscuro.
Mucho más al norte de todas las voces y más al sur de todas las miradas. Allí donde los caminos partieron, antes de hacerse angulosos.

Después de llegar a mi destino solté mi pesado equipaje y sentado en el suelo, observé el vacío y toda la lluvia que estaba por llegar.

Miré hacia adentro y hacia afuera.
Desde entonces, hasta cuando.
Mientras quede. Mientras duela.
Observé mis castillos de arena y de naipes.
Mis alas de cartón, mis sueños de cristal y la estela lánguida de mis propios pensamientos.

Acompañado únicamente por los latidos vivos de un corazón detenido…
Me puse de pie y cargué de nuevo mi pesado equipaje. Volví por donde había venido.
Mi corazón no quiso acompañarme y decidió quedarse allí.
Yo regresé a la realidad, donde tan torpemente me desenvuelvo.

A veces aún siento los latidos de aquel corazón, el que un día fuera mío, el que quedó en ese lugar.
Yo no regresaré.
El no volverá.
Pero la distancia que nos une es la que nos separa, y en el tiempo que nos queda ambos sabremos que no tuvimos otra opción:

Hasta que yo dejé de latir.
Hasta que él dejé de soñar.