Adiós a mis cuervos & El fin del Invierno

Dicen que nada es para siempre. Aunque a veces se nos olvida. Y al final, todo viene y después se va, en una vida que es como un péndulo gigante y pesado con su largo y cadencioso vaivén.
Una vez que los cuervos (los cuervos más negros de toda la noche) lograsen anidar en mi cabeza, ya estaba acostumbrado a su aleteo, su insoportable crascitar, y los picotazos constantes en mi memoria hasta dejarla arañada y marcada en pura melancolía (haciendo que la lluvia del Invierno durase casi todo el año).
Tan sólo algunas veces, quizá por cansancio, quizá por lástima, cesaban su errático aleteo y dejaban que entrase un poco de luz a través del sus alas. Y durante ese rato, su plumaje negro intenso se volvía azul oscuro o incluso púrpura…

Hoy han amanecido con ganas de marchar.
Esbozo una sonrisa. Cierro los ojos, abro mi mente y les dejo que vuelen libres.
Que se vayan a otro cielo, a otra tierra, bajo otra lluvia.
Yo no les guardo ningún rencor.
Y así me despido de ellos y también del Invierno. Para siempre.

Tan sólo un instante después, les doy la bienvenida a los dragones.
Que vengan con su batir de alas poderosas, sus ojos encendidos y sus fauces humeantes.
Y que envuelvan mi cabeza en un infierno, que abrasen y arrasen lo poco que los cuervos dejaron sin picotear.

Vals triste

Sonaba el primer vals en el último bar.
Era el vals más triste jamás compuesto.
Bailé, mientras todos lo demás se marchaban.
Cuando el vals terminó tú viniste a rescatarme,
pero yo también me había marchado
con una bandada de cuervos.
Eran los cuervos más negros de todo el cielo.

Los últimos días de Lucifer

“Si pones una vela para Dios, pon dos para el diablo”.
Antiguo dicho Búlgaro

“Hazle caso al demonio, y te recompensará con el infierno”.
Proverbio eslovaco

1

Hay cosas en esta vida que nadie nunca debería ver. Ni vivir. Ni sentir. Pero a veces toca… así es la vida. Así es la muerte. Caprichosa y azarosa.
A mi me tocó vivir, y a ellos morir.
Vivir después de sentir esa oleada de terror azotando mi cuerpo y mi alma. Sentir esa angustia que parecía nunca acabar y tras la cual cambiaría, de repente, todo mi ser, mi presente y mi futuro. Y a ellos les tocó justo lo contrario. Morir tras sentir exactamente lo mismo que yo, después del fugaz sonido de un disparo.
Mientras en un instante asumía que nada volvería a ser como antes y que nunca más volvería a ver a los míos, supe que el culpable de todo no era aquel chico. Y es que, cuando aquel asesino me miró a los ojos y decidió (nunca sabría por qué) perdonarme la vida, vi al diablo tras esa mirada enloquecida.
Cuando a veces los asesinos dicen que el diablo les obligó a hacerlo… debéis creedles. Al menos en la mayoría de ocasiones.
Recuperarme de las heridas del cuerpo no fue difícil. Pero las del alma no cicatrizaron. Como una aguja enhebrada en una sirga oxidada de acero, cada sutura hacía crecer mi infección y mi rabia.
Esa rabia me comió por dentro y me cambió para siempre… todo mi odio se canalizó entonces para elaborar mi venganza.
Claro que, vengarse del diablo no es nada fácil. Para empezar, tienes que ir a su encuentro, y para ello, tienes que dejar este mundo.

2

Tras unas pocas semanas estaba de nuevo trabajando en el hospital, ejerciendo mi trabajo de cirujana jefe.
Jamás descuidé mis obligaciones laborales… pero a partir del primer día… empecé a buscarla.
A la muerte, me refiero. Ese era el primer paso.
Nuestro instinto de supervivencia hace que no la veamos. Que la ignoremos. Pero está ahí. Está presente en nuestras vidas… y nos cruzamos con ella todos los días aunque nos neguemos a verla. Es así.  Ni siquiera se toma la molestia de ocultarse. Somos nosotros, nuestros ojos, nuestra evolución la que ha aprendido a ignorarla. Por nuestro bien.
Así pues, a partir de mi vuelta a la normalidad, buscaba a la muerte tras cada fallecimiento. Tenía que conseguir que me llevara con ella. Unas cuantas veces la vi, en las habitaciones, en los quirófanos, en los boxes, como una sombra negra que se mueve despacio, altiva y arrogante, con esa seguridad que da el hecho de saberte ganadora de cuantos enfrentamientos tengas. Porque los milagros no existen. Cuando la gente sobrevive milagrosamente, es porque la muerte no había acudido a la cita. Cuando ella viene a por ti… date por jodido. Bueno, date por muerto.
Así que, tuve que hacerlo. No tuve otro remedio que morir.
Cuando esa mañana entraba al quirófano, la vi sentada, tomándose su tiempo.
La miré fijamente… y estoy segura de que me vio mirarla. No le quité ojo de encima en toda la operación. Sólo cuando de repente, el paciente entró en parada cardiaca, se levantó para cortar con su guadaña el nexo invisible que unía su cuerpo y su alma. Lo hizo delante de nuestros ojos… pero nadie se dio cuenta. Sólo yo vi como el alma libre se difuminó hasta desaparecer.
Supe que los intentos por reanimar al paciente no servirían, y así fue. Cuando acabó su trabajo, y antes de que se marchara, le dije que me llevara con ella.
Me ignoró. Después le grité. La insulté.
Me miró con superioridad… con asco incluso… pero no se dignó a decirme nada, puesto que la muerte sólo interactúa contigo una vez en la vida. Y además, no suele hablar.
Mis compañeros, atónitos, trataron de calmarme…  y yo enfurecida, empecé a golpearla. Y aunque no podía dañarla porque mis puños atravesaban su figura, ella se mosqueó. No estaba acostumbrada a tal osadía… seguí golpeándola con saña hasta que de verdad vi que se había enfadado… entonces salí corriendo hasta el vestuario. Antes de que me alcanzara, me dio tiempo a abrir mi taquilla y tragarme las cuchillas de bisturí… Dolió muchísimo sentir como me desgarraban por dentro.
Al poco rato, la misma guadaña que había matado a aquel pobre infeliz, me separaba a mi del mundo de los vivos, mientras mis compañeros, que seguían atónitos, eran incapaces de contener mi hemorragia interna.

3

Morirse… es muy bonito después de todo. Una vez que dejas de sentir el dolor de tu cuerpo y asumes también las despedidas de la gente a la que quieres. Eso es lo peor de todo. Pero el cerebro se encarga de hacer el paso muy placentero. Es cierto todo lo que dicen. Ves tu vida pasar… como una película hecha con gran maestría… en una pantalla de 360 grados. Aunque tú vida haya sido una mierda, te aseguro que querrías ver la película una y otra vez. Al final, tienes una especie de orgasmo mental… y ahí acaba todo.
O empieza. Según se mire.
Es cierto que cuesta mucho hacerse a la idea de que ya no tienes cuerpo, pues en principio sigues viéndote tal cual, como si no hubiese pasado nada.
Mi suerte fue tener una meta que cumplir. No dejé sitio para las dudas ni para el estancamiento. Hay gente que se queda flotando, entre los dos mundos. Quizá por desconcierto. Por desconfianza. O por comodidad. Como en el mundo de los vivos… en el mundo de los muertos hay de todo.
Hay quien está encantado con su nueva situación. Los hay que se quedan sufriendo y vagando por mucho tiempo. También están los que no se enteran. Otros se pasan de listos y los pillan en fotos y psicofonías. Y están los que disfrutan y que incluso posan para la ocasión.
Por norma general, es cada uno quien establece los tiempos. Cuando estás preparado, es cuando tienes que definirte. Y aunque no lo estés, llega un momento en que tienes que hacerlo. Decidir si te arrepientes o no. Decidir de parte de quien estás. De los buenos o de los malos.
Es cierto que el cielo está lleno de gente mala. De hecho, ya no caben más.
Cuando la gente mala, incluso los asesinos y violadores de la peor calaña ven lo que les espera en el infierno, cuando ven al Diablo y conocen la clase de tipo que es, incluso los satánicos corren a los brazos de Dios completamente arrepentidos.
Y Dios prometió acoger en su reino a los que de corazón se arrepintieran de sus pecados. Creedme, el miedo hace que la gente cambie de ideas. Y esa es una excusa tan válida como cualquier otra. El ser humano es absolutamente imperfecto y al final, las almas también lo son. Llegados a este punto, las dudas y el miedo provocan en las almas lo mismo que en los cuerpos. Confundirte, hacer que busques la comodidad y huyas de aquello que puede hacerte daño. Y, en el infierno, al lado del Diablo no puede pasarte nada bueno.
Por eso cuando, cegada por mi sed de venganza, elegí con esa convicción el camino de las sombras, del fuego y del sufrimiento eterno, el Diablo me acogió con los brazos y las alas abiertas. Porque no estaba acostumbrado a ver tanta certeza y tanta entrega en un alma mortal como la mía. Me vio como su seguidora más fiel, su discípula. Su trofeo, su triunfo. Una vez más, su ego desmedido lo cegó e hizo que bajara la guardia sin que supiese ver mis verdaderos deseos.

También es cierto que yo, al aceptar ese camino, ese destino, sabía perfectamente a lo que me exponía.

4

Lo que más me gustó del infierno, es que tiene el color del Otoño. Si no fuera por todo lo demás, sería un lugar muy poético.
Cuando vi al Diablo por primera vez, dudé de mis planes. El Diablo es un ser muy poderoso. Casi tanto como Dios. Y es que la maldad da muchos recursos. Muchas ideas. Cuesta mucho más trabajo construir y reparar que destruir y provocar el caos. Por eso, a simple vista, el Diablo parece que está ganando todas las batallas. Por la sencilla razón de que la entropía de las cosas y del universo juega siempre a su favor.
Además, ser muy bueno tiene muchos inconvenientes. Tienes que estar muy pendiente de muchas cosas y de mucha gente. Es más fácil focalizar la maldad para dañar a unas pocas personas (o muchas, depende) que proteger a todos y cada uno. La atención de Dios está muy dispersa y el Diablo se aprovecha de eso.
También es cierto que preparar una gran catástrofe cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Por eso, una gran erupción, un gran meteorito, un tsunami gigantesco o un mega terremoto que destruya a la humanidad, sólo ocurren cada varios cientos de miles de años.
Al final, ni Dios ni el Diablo son todopoderosos. Digamos que son como dos grandes maestros de ajedrez en un campeonato mundial. Exige mucho esfuerzo y mucha concentración derrotar al otro. Sólo que, el Diablo cuenta con ventaja al jugar -paradójicamente- con blancas. Y al saber que su contrario tiene siempre demasiadas cosas en la cabeza.
Todo esto me contó el Diablo. Y mucho más. Llevaba mucho tiempo solo, y realmente necesitaba a alguien para confiarle cosas.
Yo escuchaba atentamente, hice una gran actuación, mientras pensaba y planeaba mi venganza. Así me gané su plena confianza. Mostrando mi admiración por él y por su obra, despotricando (yo también) contra Dios y fingiendo que quería ser como él y estar siempre con él… Yo mientras, observaba, pensaba, aprendía y ganaba tiempo, siempre con una idea fija en mi cabeza.

Ese fue un proceso que duró un tiempo. Pero día a día conseguía avanzar. El Diablo estaba satisfecho conmigo. Incluso se encariñó. Me enseñó rincones del infierno que estaban restringidos, me contó secretos que nadie conocía, de la humanidad, de la historia, de la física cuántica, de las matemáticas, del universo. Me mostró dimensiones paralelas, escondidas… Me dijo en qué se había equivocado Einstein y en qué había acertado.
Me contó también muchas cosas de Dios.
Parecía que era lo que más le gustaba porque invertía mucho tiempo en ello. Yo creo que en el fondo, envidiaba a Dios. Su capacidad de crear, de amar y de perdonar. Eso el nunca lo podría hacer. Y después de todo sabía que al final el amor vence al odio. Porque hay más gente buena que mala. Y porque después de todo, ocurren más cosas maravillosas que terribles. Se sabía destinado a perder su batalla, a pesar de que parecía que la estaba ganando. Por eso necesitaba convencerme de su superioridad y recalcaba constantemente las vulnerabilidades de Dios.
Tuve que meterme cada vez más en mi papel. Ridiculicé y me reí de las oraciones y los rezos. Me dijo, para que lo entendiera, que las oraciones de los creyentes son como los “likes” de Dios. Cuando un creyente reza, él se siente mejor. Según el Diablo, Dios necesita oraciones para seguir adelante, para seguir creando y ayudando. Por eso el Diablo está por encima. Porque, según él, no necesita nada de nadie. Aunque estaba claro que eso no era cierto, él estaba encantado con su nueva discípula, que le reía las gracias y le seguía como un perrito fiel allá donde fuera. Le venía bien para su ego.

Me reí y me burlé también el paraíso, con todas mis ganas… y me dijo que realmente existía, que Dios lo había creado para ofrecérselo a la gente que lo mereciese… pero que no recuerda donde lo puso. Ni en qué dimensión, ni en qué universo, ni en qué realidad. Y mientras lo encuentra, tiene a todas las almas en “stand-by”. Soltó una carcajada terrible (solía hacerlo mucho) tras decirlo. Quien sabe si es cierto, o si mentía descaradamente. Con el Diablo… nunca se sabe.
Me llevó también su refugio, el lugar donde descansaba, el sitio desde donde planeaba sus maldades. Es un lugar curioso. Es un un templo de fuego, con un altar y con un trono de oro incandescente, diamantes y marfil.
La primera vez que entramos me tumbó en el altar y me folló. Tuve que dejarme, no me quedó más remedio que llevar mi actuación hasta el final fingiendo que me moría de ganas. Tampoco es que hubiera podido hacer mucho para evitarlo, la verdad.
Imaginaba que no sería bonito, ni sensual ni delicado… Decir que fue pornográfico, sucio y violento es quedarse muy corto. Realmente, no sabía si me estaba follando o si me estaba matando (se me olvidó por un momento que ya estaba muerta). Lo hizo con furia, con rabia contenida. Tuve la horrible sensación de ser penetrada salvajemente por todas mis cavidades al mismo tiempo… Cuando terminó me ardían las entrañas… sentí cómo su semen me disolvía por dentro. Realmente pensé que ahí se terminaba todo para mi. Pero fingí que me había encantado. Me abracé a él y le dije que le amaba. Se lo creyó. Y también en todas y cada una de las ocasiones en las que se lo dije después de follarme. Y fueron muchas. Perdí la cuenta.

5

Hubo un día en que se despertó pletórico, henchido. La guerra de Siria que él había provocado estaba recrudeciéndose y eso le puso de muy buen humor. Fuimos a su templo, y allí me agarró del cuello y con gran violencia me lanzó contra el altar. Estuvo varias horas follándome. De todas las maneras, por todos los sitios. Incluso abrió agujeros nuevos en mi alma para seguir penetrándome. Fue horrible. Una tortura que no pensé que terminaría nunca.
Cuando terminó, tuve que decirle sonriendo, una vez más, que le amaba…
Con el ego más inflado que nunca, me llevó a su lugar más secreto y más sagrado. Algo así como su habitación, su despacho, su rincón de pensar. Porque el altar y el trono que yo conocía, eran algo público… algo que mostrar a los demás y de lo que presumía. Esto era algo totalmente diferente. Era su museo de los horrores. Estaba repleto de objetos.
La cuerda con la que Adán estranguló a Eva. La manzana del pecado original, la del árbol prohibido. Los clavos de la crucifixión de Jesús. Un trozo del meteorito que envió para acabar con los dinosaurios (me dijo que no le gustaban esos bichos). El Santo Grial. Un resto del arca de Noe y la paloma que soltó para comprobar si había descendido el nivel del agua. La pistola con la que Hitler se suicidó. Un trozo de Chernobilita (el residuo radiactivo más peligroso que se conoce). El OVNI y los alienigenas de Roswell. Un cuerno de mamut e infinidad de animales disecados, muchos de ellos ya extinguidos. La Gioconda original (la que hay en el museo del Louvre sólo es una copia) y muchísimas otras cosas. Yo observaba todo muy atenta fingiendo que disfrutaba como una niña. Aunque hubo una cosa que me llamó mucho la atención. Había unas semillas encerradas en un pequeño frasco. Un cartel raído decían que eran de laelia.
Sabía que la laelia era una especie de Orquídea extinguida hace tiempo. Y lo sabía porque cuando vivía hice un curso de naturopatía, para complementar mi formación como médica. Lo que me pareció curioso es que una cosa tan simple estuviese allí, al lado de otros objetos con un gran contenido histórico.
Supuse que eran muy importantes y en un descuido del Diablo (que seguía hablando orgulloso de su colección) las cogí. Me arriesgué a ser descubierta pero mis deseos de venganza me dieron el valor suficiente para robarle al Diablo unas semillas de laelia que no estaba segura de para qué servirían.

6

Esa misma noche, antes de que el Diablo se me follase por enésima vez, repartí la mitad de las semillas del frasco, metiéndolas dentro de lo que un día fueron mi vagina y mi recto. La otra mitad de las semillas me las guardé. Por si acaso aquello no funcionaba y tenía que hacer otra cosa.

7

Mientras me follaba mirándome con sus ojos encendidos recé. Varias veces. Le di unos cuantos “likes” a Dios para que las semillas tuviesen algún efecto sobre él. Y también para que no notase nada mientras me penetraba con furia.

8

Después de correrse, no le dije que le amaba como hacía siempre. No me dio tiempo. El Diablo cayó sumido en un profundo sueño.
Funcionó.
Esas semillas eran su kriptonita. Y nunca supe por qué las guardaba en lugar de destruirlas.
Tenía que darme mucha prisa. No sabía cuánto tiempo duraría el efecto. Pero dado que había funcionado, el resto de las semillas que había guardado se las metí en la boca. Para prolongar sus efectos.

9

Me provoqué el vómito, yo misma, metiéndome los dedos en mi garganta y salieron las cuchillas de bisturí que utilicé para suicidarme. Estaban intactas.
Entré en su despacho y cogí de su colección los animales necesarios para hacer la cirugía.
Me llevó varias horas, desde que hacía el primer corte hasta que suturaba el último punto. Hice un muy buen trabajo. Por algo era cirujana jefe del hospital más importante del país.
Cuando terminé de suturar, salí corriendo. Y no dejé de correr en mucho tiempo. De hecho, no sabría decir el tiempo que llevo corriendo. O volando. Puede que lo esté haciendo en círculos y aún no me haya enterado.

10

Dicen que la venganza se sirve en plato frío. Esta se hizo sobre su altar. Y estaba muy muy caliente.
Lo primero que hice fue cortarle los cuernos (retorcidos y negros) y ponerle unos cuernos de caracol.
Le corté la cola (larga y escamada) y le puse una de cervatillo. Concretamente, la de Bambi.
Le cambié sus ojos incandescentes (los odiaba) por dos mariposas azules para que cuando parpadease, sus alas se movieran y aletearan.
Le quité los colmillos y le puse unos dientes de caballo (muy grandes, desproporcionados).
Por último, le quité las alas (enormes, negras) y le puse las de la paloma de Noé.

11

No sé qué habrá sido del Diablo. No he vuelto a verlo nunca más. Y tengo miedo de que me encuentre. Aunque hay otra cosa que me da más miedo. Miedo no, terror, pavor absoluto. Porque mientras huyo (caminando, corriendo o volando, aún no lo sé) he descubierto que estoy embarazada.
Daré a luz al hijo del Diablo. Un Diablo renovado, diferente. Seguro que más poderoso.
Sé que me matará cuando le alumbre. Si es que antes no escapa de mi interior partiéndome por la mitad.
Mientras mi barriga se hincha y se calienta por momentos, rezo, con todas mis ganas, y busco a Dios desesperada.
No sé si eso es posible le porque ya me definí, hace tiempo, apartándome de él y tomando el camino del mal y de las sombras. Y aún así, aunque lo encontrase, aunque me encontrara, tampoco sé si me aceptaría en su reino, con el hijo del Diablo en mis entrañas.

 

El ratón de Susanita

Susanita tenía un ratón, un ratón chiquitín. Comía chocolate y turrón y bolitas de anís. Cuando hacía frío, dormía cerca del único radiador que Susanita tenía.
En esa casa siempre hacía mucho frío.
Susanita nunca iba al cine, ni al fútbol, ni al teatro, porque el poco dinero que recibía de los servicios sociales no daba para más. Además, su alcoholismo hizo que la única prioridad fuese la de tener poco más que las botellas de anís y las bolitas, a las que también era adicta.

Susanita fue campeona de ajedrez de su ciudad. Y el pequeño ratón, hace ya tiempo que se comió las piezas, el tablero y el trofeo que le dieron, su único recuerdo de unos pocos años felices.
Susanita murió de un coma etílico, una noche fría de invierno. Incapaz de entrar en calor, no dejó de beber anís, hasta que murió.
Cuando el ratón se quedó sin comida, empezó a comerse las cortinas, los muebles, los cables eléctricos, la ropa de cama y la almohada (que estaba siempre a los pies de Susanita) pero a ella no la tocó.
Cuando los servicios sociales la encontraron, no pudieron creer que a su lado hubiese un ratón -un ratón chiquitín-, llorando desconsoladamente, velando su cadáver.

2

Los servicios sociales se implicaron especialmente con el caso y consiguieron una casa de acogida para el ratón. Pero a los pocos días, cuando volvieron a por él ya se había marchado.
Se fue a la ribera de un río de la ciudad. Las noches eran muy frías y añoraba el pequeño radiador junto al que dormía. Además, llevaba ya muchos años comiendo chocolate, turrón y bolitas de anís y se le hizo muy duro tener que alimentarse de los desperdicios que encontraba por la calle o por la ribera del río. Por no hablar de los gatos que querían comérselo. En más de una ocasión estuvo a punto de ser merendado por uno de ellos. Suerte de su astucia y su instinto de supervivencia…
Aquel no era sitio para un ratón doméstico. Había que hacer algo.
Guiado por su infalible olfato, se coló por el conducto de ventilación de un conocido restaurante.
Pasó un tiempo escondido… observando. Desde el falso techo, desde el fondo de los armarios, o el tubo de la campana extractora… cualquier sitio era perfecto para observar y aprender recetas y técnicas. Cuando nadie miraba, salía de su escondite, probaba las comidas y volvía a esconderse, pensando otros ingredientes y nuevas combinaciones y técnicas.
Al cabo de unos años ya estaba familiarizado con la cocina profesional y, siempre sin ser visto, ayudaba en la elaboración de los platos. Incluso mejoraba las recetas.
Finalmente, se decidió a abrir su propio restaurante. Lo llamó Ratatouille.

3

Después de aprender todos los secretos de la cocina y dominar todas las técnicas, en pleno éxito de su restaurante (que ya contaba con seis estrellas Michelín), decidió dar un vuelco a su vida y regalar toda la fortuna que había ganado con tantos años de duro trabajo.
Siempre echando de menos a su amiga Susanita, decidió volver a las casas de la gente y al calor del hogar.
Ahora va de casa en casa, siempre por las noches, dejando monedas bajo las almohadas de los niños.
De vez en cuando, algún niño lo ve, pues los hay que tienen el sueño muy ligero. Cuando a la mañana siguiente lo cuenta a sus padres o a sus amigos y le preguntan cómo era el ratón, todos responden siempre lo mismo:
-Era un ratón chiquitín-.

Rosas

1

Todas las noches frente a tu puerta,
dejaré rosas blancas
de escarcha o de nieve.
La rosa roja, la de sangre,
aunque sea también para ti…
la guardaré yo.
Siempre.

2

Nunca sabré si mis rosas
se desangraron
o sólo lloraron
hasta morir.

Delirios de grandeza

Me abrigo bien
(soy muy prudente).
El viento frío cerró la ventana
(la que daba al mar).
Tiró de la puerta, la dejó abierta
(fui un inocente).
El instinto escapó por ella
(sí, él fue muy listo).
Obedezco a mi conciencia
(por favor, enmudece).
Este es mi equipaje de
momentos polvorientos
(que alguien se lo lleve)…
Mi curiosidad sube al universo,
pero mis ojos se van al suelo
(así esquivo la mierda de los perros).
Mis sueños caminan conmigo,
enteros, rotos o esparcidos,
porque de ilusión también se vive
(o eso es lo que dicen)…
Cuando llega la noche, unos rezan,
otros duermen. Otros sueñan
(hay quien muere)…
Un rayo de luz que se cuela,
entre tanta oscuridad
(muy poderoso el instinto).
Mis vecinos me saludan,
hasta que cruzo la puerta
(nadie sabe lo que pienso).
Un paso va detrás de otro,
pero ninguno resuena
(ni siquiera los tropiezos)…
Invento palabras inconexas,
frases engreídas.
Un papel en blanco
que recoge mis deseos:
Retales de realidad
(delirios de grandeza).
Donde la vida se analiza,
se procesa, se resuelve
(y después se queda igual)…
Todo cae por su propio peso,
los años vividos también:
El tiempo impondrá su final
(ya lo sé, no hay más remedio)…

Abrazo en un terremoto

-Abrázame por favor… abrázame muy fuerte, como si hubiese un terremoto.

Y con los brazos extendidos hacia Mario, María lo miraba con amor absoluto, ese amor que no sabes que existe hasta que no lo sientes clavado en tu ser y en tu alma, bien profundo, cuando casi sientes que duele el corazón.
Mario la abrazó muy fuerte, sintiendo exactamente lo mismo que ella.

-Quiero morir así, abrazado a ti, tu piel y mi piel, que no se sepa dónde acabas tú y dónde empiezo yo.
-Quiero fundirme contigo… que desaparezca el espacio y el aire entre los dos. Quiero ser tú y que tú seas yo.

Cuando sientes ese amor tan intensamente, no queda sitio para nada más. Los sentidos colapsan ante las sensaciones que vienen de dentro… es por eso por lo que no notaron el temblor. Ni los objetos y los muebles de la casa caer a su alrededor. Ni tan siquiera, cuando las paredes se desmoronaron y el edificio entero se derrumbó sobre ellos. Siguieron abrazándose y así los encontraron al desescombrar.
En el parte de fallecimiento, el médico forense escribiría que los cuerpos aplastados estaban fundidos, fusionados, imposibles de separar.

Hay un lugar imaginario; la frontera donde sueño, realidad y conciencia convergen en una línea muy delgada. Es allí donde los enamorados pasean, hacen el amor o simplemente hablan o se abrazan. En ese lugar María y Mario siguen ajenos a lo ocurrido, fundidos en un abrazo infinito con el corazón latiendo fuerte y los ojos brillantes, sintiendo ese amor tan intenso y profundo que casi duele en el alma.

Para Bea.
Por todo lo que me hace sentir.

Cruzar la tormenta

1

Llegaron al gran vestíbulo, por la gran escalera.
Atrás dejaron a todos los terroristas muertos, al jefe de la organización suicidado antes de ser atrapado y los siete diamantes negros en su poder. Las cosas no habían podido salir mejor. Al menos en el cumplimiento estricto de la misión. Porque por otra parte, el ruido de las explosiones resultaba atronador y provocaba una peligrosa lluvia de escombros, astillas y cristales que, como metralla, salían disparadas en todas direcciones. Las grietas apareciendo de la nada y los trozos de edificio cayendo eran muy descorazonadores: Aquello no pintaba nada bien.

Mientras se recomponían y decidían qué hacer, la gran escalera se hundió tras ellos. Una enorme polvareda los envolvió…
Había que decidirse rápido. Trozos del techo empezaron a caer también.
Los agujeros del suelo estaban repartidos, algunos de ellos seguían saliendo de la nada, otros seguían haciéndose más grandes. El edificio se estaba viniendo abajo. Literalmente.
Se miraron a los ojos. Sudor y suciedad, polvo y pólvora, sangre y lágrimas, todo mezclado, eran el resultado de una increíble aventura… Pero de fondo, un profundo y sincero amor les había mantenido vivos, pues, al margen de la misión, la prioridad de cada uno era la de cuidar del otro.
Ahora estaban separados de la salida tan sólo unas decenas de metros, que, bajo aquella tormenta de escombros se mostraba casi imposible de alcanzar.
No les hizo falta hablar para saber que saldrían de allí juntos… o morirían también juntos.

-¿Lo conseguiremos?
-¡Pues claro que lo conseguiremos!

Beso.
Mirada… mirada…
Latidolatidolatidolatido.
Y, agarrados de la mano, salieron corriendo en dirección a la salida, bajo la tormenta de escombros.

2

Como atletas compitiendo en los 100 metros lisos y agarrados de la mano, salieron por la puerta y siguieron corriendo completamente acompasados, como si fueran un solo cuerpo. En plena carrera frenética, el edificio colapsó y cayó con el estruendo que hacen mil truenos rompiendo mil troncos, a la vez.
Cascotes, cristales y una inmensa polvareda salieron en todas direcciones, aunque no les alcanzó nada.
Sólo cuando estuvieron a una distancia prudencial, pararon y miraron el hueco donde antes había estado el edificio de 60 alturas.

-¡Lo conseguimos!
-¡Ya te lo dije!

Se abrazaron.
Se besaron.
Y a salvo en el campamento, antes de ser rescatados por la organización, follaron con absoluta pasión, como si fuera la última vez. Más tarde, ya en el hotel y tras ser felicitados por los compañeros y superiores, hicieron el amor con deliciosa ternura.

3

-¿Hemos sido los primeros?
-¡Si, creo que sí!

Absorta, la pareja de jugadores miraba la pantalla de TV.
En el ranking aparecían sus nombres en primera posición.

-Mira, los siguientes aún no han bajado al vestíbulo…
-¡Bien!

Chocaron las manos, sonriendo, satisfechos.
En los foros de jugadores se decía que eran los mejores. Una vez más, lo habían demostrado. Todos los “gamers” les envidiaban. Se decía de ellos que su compenetración y conexión a la hora de jugar por parejas era plena y total. Que trascendía lo puramente físico e incluso lo emocional. Era mágico, espiritual. No había juego que se les resistiese. Una vez más, sus nombres quedarían plasmados para siempre, en el número 1 del “Hall of fame”. Hoy, en el videojuego de moda en aquel momento, “Cruzar la tormenta”, mañana, seguro que en cualquier otro.

4

Ya era tarde. Muy tarde. Y tanto tiempo delante de la pantalla les había dejado los ojos rojos e hinchados. Aunque sin duda alguna, había merecido la pena.
Apagaron la consola, la TV, el equipo de sonido y se fueron a la cama.
Se desearon buenas noches, y se durmieron, cada uno en su lado de la cama, sin tocarse, mirando en dirección contraria.

A punto de tenerme

1

Siempre es de noche
después de llover.
Siempre te quiero
después de besarte.
Siempre te olvido
después de volver.
Siempre me escondo
antes de marcharme…
Y aunque siempre me atrapes
después de tenerme,
siempre me tienes
a punto de perderme.

2

Seguirá siendo de noche, incluso después de que haya amanecido. Cargarás con la lluvia en tus bolsillos y en tu mochila el resto de tus días. Y no será lluvia fresca, aquella que limpia el alma y la tierra, no. Será una lluvia fría, gris y mortecina, una lluvia helada que caerá en mitad de tu ego.
Me besarás cuando yo quiera, como yo quiera y te haré pensar que me muero de ganas por sentir tus labios lamiendo los míos…
Mientras, te olvidaré mucho antes de lo que tardes en volver a recordarme.
Porque después de atraparte acabas volviendo… tan iluso que sales de tu escondite antes de que piense en buscarte… y entonces soy yo la que me voy, después de quererte, tan sólo un ratito, hasta dejarte paseando en espiral por tu altivez, mientras la tormenta fría te deja calado hasta los versos.

Toc toc…

Vine mientras dormías… para quedarme contigo. Nunca sabrás cómo soy, ni dónde estoy, si te estoy mirando o juzgando, si te quiero con locura o si te odio con toda mi alma…

Siempre te preguntarás cómo soy capaz, en un momento, de hacer que las líneas se tuerzan y se enreden, de obligarte a enderezarlas, incluso de trazarlas de nuevo. Cómo puedo hacer que el polvo invisible brille como las estrellas, cómo hacer que nunca olvides aquello que falta por hacer, por escribir, por proyectar, hasta convertirlo en pura insistencia…

Vine para quedarme, me enredaré en tus sueños y en tu realidad pero no estarás loco, tus sentidos estallarán, te haré especial y distinto, unas veces seré luz, otras oscuridad. Me quedare contigo y mientras los demás vean locura yo seré genialidad.

Toc, toc… puedo pasar?

Colaboración: Bea

La nada errante

Como una cuchilla cortando el aire, que corta también cualquier cosa si osas ponerla en su trayectoria.
Ella me espera en la estación y me acompaña, aunque el tiempo detenido marche en otra dirección.
Se mezcló con mi pasado y con mi futuro, como leche y café, como un poema trenzado con nostalgia.
La nada errante, trenzada también en mi voz y mi garganta, en mis horas y mis días… en los sonidos de mi guitarra y en mis manos frías.

Viajera, dormilona.
Relajada, lacerante.
Cotidiana…
Inacabable…
Que no entiende de nostalgias ni escucha tus palabras.
Sólo es. Siempre está. Conmigo… y volviéndose todo.

Mis manos (de Otoño)

Esas noches contagiosas que me vigilan hasta que caigo dormido (y también durante el día).
Esos días de Invierno de esa vida de Otoño, fugaz, que se escapa entre mis manos frías (también de Otoño).

Ya veremos a dónde marcharé cuando decidas quedarte, mientras, ensayaremos el sonido del agua que cae, la que emborrona los recuerdos gratos (y los más dolorosos).

Te presto el silencio que queda tras mis pasos largos, los que huyen de todo (de ti también) haciendo ese viaje que nunca acabaré porque todavía no he partido.

Nuestra tristeza

Movida por el viento pasea oscura, flotando, buscando un rostro que cubrir.
Cuando la nube desata su tormenta, llueve en tu mirada y también en la mía. Pero quiero pensar que la nube negra no forma parte de nosotros.
Solamente viene.
Simplemente va.
Ajena a sus miradas enturbiadas. Adónde la mueva el viento caprichoso, ese que aún hoy sigue abofeteando nuestro rostro.
Pero cuando la nube se vaya a otro lugar para llover en una nueva mirada, las huellas que haya dejado en nosotros serán nuestras y solo nuestras.
Y esas al menos, a pesar de quedar marcadas para siempre, ya no volverán a hacernos daño. Nunca más.

Viento de Otoño frío de Invierno

Pienso en el viento de Otoño que pasa de largo, que viene o nos lleva y nunca se queda…
En un instante sabemos cuando por siempre se cierra una puerta y todo lo demás quedará detrás…
Me quedo a éste lado de tu orilla:
Recuérdame mientras comprendas que mi puerta se mantuvo de par en par abierta.
El día que el viento del invierno sople muy fuerte me iré con él y cuando sientas el frío en tu rostro, mis labios en los tuyos dejarán su huella de escarcha.
Y así, de cada nube blanca tendrás que rescatar un bello poema y recitarlo cada noche, pues tras cada puerta oscura que quede cerrada, estaré para escucharlo.

El canto del cisne

Faltan dos canciones para que el día se termine. Y otras dos que nunca sonarán. Acaso, sólo en mi cabeza. Y en la tuya, si es que algún día volvemos a tararear la misma melodía… como ya lo hiciéramos alguna vez, cuando tu luz azul rompía mi silencio blanco, de escarcha, de Invierno.

Faltan unos pocos pasos para llegar a ninguna parte. Y otros tantos para regresar al punto de partida. Cuando empecé a caminar, a tropezar, a sangrar… antes de saber que tenía alas en lugar de pies. Que todos mis sueños eran sólo lo que precedía al despertar.

Hizo falta tan sólo un parpadeo, para enamorarme. Ella me envolvió y caí rendido, a sus pies. Entreabrió sus labios y me besó. Me tomó de la mano… después la apretó y me arañó. Supe entonces, que sus largos colmillos acabarían por hundirse, bien profundos, en mi cuello.

Faltan unas gotas para acabar de desangrarme.
Y mientras, tarareo, aquella nuestra melodía… Como un cisne, a punto de morir. El estribillo que soñé. Con el que me desperté. La canción que terminó cuando el día empezaba, cuando tropezaba una y mil veces, en tierra firme mientras caminaba en círculos… Cuando confundí sus ojos con el aleteo de una mariposa.

Una caja con tus sueños

Mientras las luces parpadean y mi recuerdo surca la distancia…
Mientras las horas pasan rápidas y los días lentos…
Mientras los pasos fríos resuenan en mis labios de silencio…
Queda la noche para esperar y el día para soñar.
Quedan tus ojos para alumbrar, los míos para observar. Tu risa para sentir.
Queda la lluvia, tras el cristal.

En un instante cabe una vida entera.
En un latido todos los besos.
En un recuerdo todos los años.
En una caja todos los sueños.

Mi corazón en una caja

¿No está la felicidad
en la ignorancia?
Mientras el corazón habla
mi cabeza lo oculta tras un telón.
Así no suena su voz
(ni sus latidos tampoco).

Lo he logrado, por un momento
(me ha costado).
Hablo, sólo hablo y no siento,
pues no quiero sentir
(a veces es mejor).
Pero, ¿hasta cuando?
El tiempo pasa demasiado rápido:
la realidad fermenta y se hincha…

Mi corazón sigue hablando.
Pero no puedo escuchar
(tampoco decidir).
Necesito tiempo
(pero, qué rápido se va).
Tiempo para pensar
(pensar y no sentir).

Tomo mi corazón; lo tengo en las manos.
Aunque no se oyen sus latidos,
sé que lo hace
(intensamente, además).
Porque, por suerte, sigue vivo
(eso sí que lo sé).
Pero mientras siga hablando,
lo guardaré en una caja…
Para que alguien lo encuentre
(y se lo quede si quiere).

Ahora que…

Ahora que todo se volvió del color del hueso, de la cera, del marfil.
Ahora que las oscuras golondrinas volvieron para quedarse.
Ahora que veo números donde antes había gotas de sal.
Ahora que las caricias arañan la piel y las hojas del calendario caen, arrancadas con los dientes.
Ahora que los días son verdugos de las noches que aún me quedan.
Ahora que es después primero que antes, que es Agosto en pleno Diciembre.
Ahora, se cerró el tiempo, se murió el momento… se cayeron de bruces los sonidos que provenían del alba.
Ahora, toca el silencio de mil voces,  mientras una guitarra calla cuando antes sólo musitaba.
Ahora, es la hora de no volver a levantarse, de saludar con un adiós, de contar con los dedos de tus pies.
Llegó el momento de mirar atrás y olvidar lo que hay delante, porque por mis venas corren sin rumbo los sueños rotos y por las calles vagan los versos tristes, bajo la lluvia fría de mil tormentas. Aquellas que todavía no han caído.

El universo es una taza de café

En un instante cabe una gota perdida de mi voz.
En un sólo trazo caben mil palabras de amistad (o de amor).
En un vuelo cabría una vida entera y en una sonrisa la luz de una mirada.
El universo es una taza de café y el invierno una urna de cristal.
Las lágrimas se irán con el viento del Otoño cuando todos los labios guarden silencio.
Duerme y olvida, pero cuando despiertes recuerda que somos del color de aquello que pensamos.
Sé blanca, sé roja.
Sé azul. Sé verde (incluso).
Pero (siempre) sé…
TÚ.

En tu mar mi barco

Vuelvo a perderme, solitario, en parajes olvidados.
Mis manos frías sostienen los delirios del futuro (y en tus ojos un barco partió entre lágrimas y sal).
Seguirán callados los pasos de mi cuerpo, lejos del último abrazo y el último «te quiero».

El sol oculto por las nubes,
muestra el rosa de tus labios.
El rastro torpe de mi huida,
hundido en tu mar mi barco.

La noche calla porque te sueña;
la luna luce mientras me esperas.
La sombra es muy fría y
mis manos tiemblan…

Tu nombre vive entre luces, guardado.
El alma muerta, sobre tu ausencia,
vuelvo a besarte llorando.
Camino buscando mis huellas:
Cerrados mis ojos, con clavos.

Morir en Otoño

Quiero que el sol se oculte cuando yo me vaya. Que te acuerdes de mí cuando crujan tus pasos sobre las aceras.
Quiero que llueva hasta que no se distinga la marea de las olas.
Que el frío congele tus lágrimas cuando caigan sobre aquello que escribí.
Quiero ser polvo de nieve, alma de cristal. Ojos de hielo, corazón de agua. Que mi memoria se vuelva azul.
Nací en primavera.
Quiero morir en Otoño.
Y que el invierno escriba mi epitafio.

De estación a estación

La vida, dicen, es como un viaje en tren.
Un billete que va arrugándose en el bolsillo, un reloj que marca las horas que nos quedan; las escenas que pasan rápido tras la ventanilla, y siempre, de estación a estación mientras dure nuestro viaje.
Mi alma sobre las vías camina sólo hacia adelante porque ya se quedó atrás, allí donde mis ojos olvidaron su equipaje y miran nostálgicos:
Delante, las luces lejanas del último vagón.
Detrás, las luces amarillas de la ciudad.
Arriba, la luz blanca y tenue de las estrellas.
Pero las horas de soledad marcharán muy rápidas, sobre su filo caminaré durante un rato hasta que el sueño me arroje de nuevo al despertar.
Cuando lo haga y sepa que sólo estaba soñando, miraré por la ventana del último vagón cómo las gotas de lluvia se aplastan en el cristal y resbalan traviesas hacia abajo.
Entonces me acordaré de ti, miraré a mi lado y mi cara dibujará una sonrisa: La única, la última; la que no se borrará mientras quede un solo momento para compartir y recordar que viajamos juntos en este dulce viaje y que nuestros sueños se abrazan cada noche para seguir nuestro trayecto, de estación a estación.

Para Bea.

El agujero perfecto

Acaba de salir un agujero en la pared. Es del tamaño de una nuez pequeña y está perfectamente delimitado, como si alguien lo hubiera hecho con una máquina o herramienta especial. Juro que hace 5 minutos no estaba. Y mi marido tampoco está en casa, así que no sé como se ha podido hacer. Qué raro…
Con cierto reparo, meto el dedo. Nada, no se palpa nada, quizá se intuye algo de fresco al otro lado. Acerco el ojo y no se ve absolutamente nada. Meto la nariz y tampoco huele a nada especial… tal vez un poco a cerrado. Con la linterna del móvil lo alumbro… nada… todo negro. Esto es muy muy raro…
Le saco una foto para mandársela a mi marido por Whatsapp.
Dado que nuestra casa es la última de la urbanización y esa pared da a la calle, decido bajar a ver si veo algo. Pero no, nada, la pared está perfecta y todos los ladrillos de caravista se muestran intactos, sin tan siquiera una mínima grieta.

Cuando subo y vuelvo a comprobar el agujero, hay un ojo mirando a través de él… ¡Qué susto! Es un ojo grande y bien abierto, siguiéndome adónde quiera que me mueva. De color azul intenso y con las pestañas largas… la verdad es que es un ojo bien bonito. Pero… ¡qué coño!, esto es una violación flagrante de la intimidad… así que decido llamar a la policía.
Tras explicarlo brevemente, me dicen que ahora mismo están muy ocupados y no puede venir ningún agente a hacerse cargo. Me dice también que han tenido varios avisos como el mío a lo largo del día y lo que él recomienda es taparlo con algo. Me parece perfecto, ¡como no se me había ocurrido antes!
Cuando viene mi marido, y tras su lógica sorpresa inicial, nos ponemos a buscar algo para poner encima. Voy al desván y vuelvo con una foto bien bonita, una que nos hicimos en las últimas vacaciones, con un marquito de color hueso muy fino y muy mono, pero mi marido ya lo ha tapado con un viejo póster – calendario del año 1987. Además de no tener ni idea de donde lo ha sacado, no me gusta nada, se ve muy antiguo, tiene una chica desnuda apoyada en una pila de neumáticos. Típico, tópico y de cierto mal gusto para tener en mitad del salón. Pero él está encantado… sobre todo porque la chica ahora es la que nos sigue con la mirada, allí donde vayamos. Unas veces guiña un ojo y otras veces pone cara libidinosa… No me gusta, no me siento nada cómoda, pero mi marido no quiere oír hablar de quitarlo de ahí.

Acaba de salir un agujero en el techo. Es bastante grande, del tamaño de una bola de jugar a los bolos. Perfecto y delimitado como el de la pared, juro que hace 10 minutos no estaba allí.
Le hago una foto con el móvil y se la mando por Whatsapp a mi amiga Julia, que para mí es como una hermana, confío mucho en ella y en su criterio. Me dice que conoce a alguien que le pasó lo mismo y me sugiere que coloque un barreño debajo, por si llueve no se me vaya a mojar el parquet.
Decido hacerle caso y pongo un cubo grande justo debajo mientras siento la mirada de la chica del póster en mi nuca. Cuando la observo, disimula y hace como que no me miraba. La hija de puta.

Hace ya tiempo que tenemos el agujero en mitad del techo, el cubo en mitad del salón y el póster en mitad de la pared. Al final nos hemos acostumbrado. Lo bueno es que cuando hace buen día entra el solecito e ilumina la estancia con una luz cálida y difusa; recuerdo que una vez después de lloviznar entró un trocito de arco iris y fue todo un espectáculo.
Lo malo es que por las noches entra el frío y una oscuridad que no hay forma de iluminar. Ni poniendo todas las estufas. Ni encendiendo todas las luces.
Pero ahora que no es ni de noche ni de día, no entra ni sale nada por el agujero.
A lo que no me acostumbro es a la chica del póster. Ya ha cogido confianza y no se corta un pelo; es muy frecuente verla contoneándose, tocándose las tetas sin ningún pudor, mientras mi marido babea como un idiota. A mí me mira de reojo y cuando me fijo sobre-actúa como una bailarina haciendo la danza de los 7 velos.

Acaba de salir un agujero en el espejo. Lo tenemos en una pared lateral del salón. Es grande, con filigranas doradas en las esquinas. Precioso. Pues en la mitad del espejo hay ahora un agujero enorme, del tamaño de un balón de baloncesto. Quizá más grande, incluso. Esto sí que es un fastidio… estaba encantada con mi gran espejo. Era ideal para mirarse una de cuerpo entero y hacer posturitas. Mi marido está demasiado ocupado, ensimismado frente a la chica del póster, así que le hago una foto y se la mando por Whatsapp a mi hermana Sandra, que sabe lo que hay que hacer en todo momento y en toda circunstancia. Me dice que no me ponga delante de él y que no se me ocurra romperlo, por lo de los 7 años de mala suerte. Me recomienda también taparlo con una sábana blanca, como hace unas pocas generaciones, cuando se tapaban los espejos si alguien en una casa fallecía. Antes de ir corriendo a por una sábana, puedo ver cómo a través del agujero se van colando los objetos. Primero las cosas pequeñas, como figuritas de porcelana o el paquete de tabaco de mi marido, después cosas más grandes como sillas y el televisor. Después van la mesa y el mueble. Luego el gran ventanal y el solárium.

Acaba de salir un agujero en el colchón. Es perfectamente redondo y muy grande y ocupa como tres cuartas partes de la cama. O más. Mi marido ya no está, así que se debe de haber caído por él. Iría a hacerle una foto para mandarla por Whatsapp al grupo de amigas del gimnasio que tienen siempre una solución para todo, pero el móvil fue una de las primeras cosas que se coló por el agujero del espejo. Asomo la cabeza y no se ve absolutamente nada. Tras dudar unos instantes, voy corriendo al salón y arranco el póster de la pared. Debajo sigue estando el ojo, mirando, ahora parece que le molesta la luz. Me llevo el póster al dormitorio y veo como la chica me mira horrorizada. Lo tiro por el agujero con toda mi mala leche… por fín… qué ganas tenía de hacerlo. ¡Muérete, pedazo de zorra!, me da tiempo a gritarle.
Despues, pongo sábanas nuevas para taparlo todo. Tendré que tener mucho cuidado en las próximas noches, no sea que me caiga yo también.
Vuelvo al salón para tapar el agujero de la pared porque el ojo me sigue dando muy mal rollo y lo único que tengo a mano es una réplica de “Saturno devorando a su hijo” de Goya. Sé que no es buena idea pero lo pongo igualmente. Tras ponerlo, la imagen termina de comerse al niño, y me dice que yo soy la siguiente. Ya lo que me faltaba. ¡No me jodas que no estoy para bromas!, le grito, y enfurruñada le ignoro sin hacerle el menor caso.

En el salón ya no queda nada, todo se ha ido por el agujero del espejo. Sólo queda lo que ocasionalmente entra por el agujero del techo, las flores de almendro en primavera, el sol aplastante del verano, las hojas marchitas del otoño y los copos fríos del invierno. Pero ahora que no es ni primavera ni verano ni otoño ni invierno ya no entra ni queda absolutamente nada.

Acaba de salir un agujero en mi diario. Parece una gran mancha de tinta, perfecta y redonda. Ocupa prácticamente la totalidad de la página y casi no me deja sitio para escribir. Esto sí que es una verdadera faena, porque es muy importante para mí escribir todos los días: el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado y el domingo y contar las cosas que me han pasado en el día. Lo peor de todo es que están empezando a caer en él todo lo que he escrito. Primero han sido los acentos, eso tampoco es muy importante porque hay mucha gente que no los pone nunca y no pasa nada. Después empezaron a caer los signos de puntuación, tampoco es que me importe demasiado, si te fijas en el contexto de la frase no es tan difícil intuir el sentido, pero es que ahora están empezando a caer las letras, las palabras, las frases, todo… hasta mi pluma se ha colado, una Montblanc chulísima que mi marido me regaló en el quinto aniversario… El diario se ha quedado en blanco… todas las páginas. Y hoy que no es ni lunes ni martes ni miércoles ni jueves ni viernes ni sábado ni domingo… ya no puedo escribir nada más. Me quedo absorta mirando mi diario en blanco y el agujero negro que cada vez se hace más grande.

Al poco rato viene una enfermera que me trae unas pastillas en un botecito, me pide mi diario y lo deja sobre la mesilla. Me desea buenas noches y continúa su ronda por los pasillos del psiquiátrico. Antes de caer dormida, le digo que tenga cuidado, no sea que se caiga por el gran agujero que acaba de salir en el suelo. Un agujero redondo y perfecto, del tamaño de un balón de playa.

La luz del Otoño

La luz dorada del otoño sobre tu piel dejaba tu nombre en perspectiva.
Era tu voz la que sonaba y yo el que soñaba, los dos nos miramos sólo a los ojos, siempre a los ojos…
No hay nada malo en que mi alma prisionera quede rezagada y sea engullida por la sombra en la que pusimos el hueco de nuestras vidas; si mis pasos dibujan un círculo cerrado que no se abrirá, nunca sabremos dónde lo empiezas tú ni por qué lo acabo yo.
Mientras, seguimos unidos por la luz del pensamiento… Y la de aquella tarde, en la que el otoño dorado se plasmó y se quedó (para siempre) en tu piel, y tú en mi cabeza (dando mil vueltas), y yo en tu pasado (para ser olvidado)…

La vida por mis venas

No sólo por las noches
encuentro oscuridad.

De un remolino de viento
salen siempre mis palabras.

Mis manos temblorosas
escriben tu nombre
en cuanto pueden.

El agua de la lluvia
que cayó en el Otoño
se congeló en el infierno.

Los cuervos de mi cabeza
aletean como mariposas.
A veces enloquecen.

El hotel en el que duermo
tiene una puerta al cielo.
y diez ventanas al Invierno.

El mundo gira,
cada vez más deprisa.
Y no sé dónde estoy
ni por qué me bajé de él.

Cubro mis ojos todos los
días, con otras miradas.
Y mi rostro con otras sonrisas.
A veces con la primera que encuentro.

Sé que duele… es la vida
corriendo por mis venas.

Tras la lluvia en primavera

Sigue volando, muy lejos, batiendo
sus fuertes alas. Tras ellas, el viento
indomable despeina su pelo.
De eso se trata.

Hay un sueño al filo de la noche y
un beso al final de tus labios:
Instantes que son eternos y
el ocaso que es un alba.

Hay un cielo que es azul, de mar abierto.
Y en él verás, unidas nuestras manos
en el rojo de su alma.

Tras la lluvia en primavera queda
la tierra mojada.
Los paseos, los abrazos…
Un sorbo, un eco, un halo, un rizo:
Queda la noche clara y la luna iluminada.

Para Bea

Invierno & Primavera

Relojes y agujas nos dieron su tiempo,
palabras y pasos, dejando una estela…
Pasado y futuro, se fueron muy lejos,
la espuma del mar bañó nuestras almas.

• • • • •

Dos corazones se abrazan hoy:
una noche de intenso frío.
Mientras afuera observan las estrellas,
que al dormirnos aún era invierno
y al despertar será primavera.

Tus sueños

Rara era la noche que no dormía tranquila y feliz. En esas horas de descanso reparador morían todas mis preocupaciones y mi cansancio y despertaba nueva, dispuesta a pelear contra un nuevo día lleno de retos y cosas que hacer.
Mis sueños eran pues, un infalible bálsamo para el alma. Y es que, podía controlarlos a voluntad. Podía crearlos y destruirlos… sabía cómo hacerlo. Añadir personajes y quitarlos. Cambiar escenarios, lugares… Sabía cómo volar en ellos, cómo transformarme en dragón o en águila, podía viajar hasta la estrella más lejana o hacerme pequeña como la cabeza de un alfiler. Podía dormir con Brad Pitt, matar yo solita a cien terroristas armados hasta los dientes o acabar con el mismísimo demonio, escapar de Alcatraz con los ojos vendados o humillar a Hulk con una mano atada a la espalda… Entre muchísimas otras cosas.

Mis sueños eran enteramente míos y podía hacer cualquier cosa que se me antojara… Cualquiera. Hasta la noche en que empezaste a aparecer en ellos. En ese momento comenzó un proceso en el que he terminado siendo una simple espectadora de mis sueños sin poder hacer en ellos poco más que ver, oír, callar… y sufrir.
Recuerdo la primera vez. Estaba visitando las ruinas de la antigua central nuclear de Chernobyl y la ciudad de Pripyat cuando me pareció ver una sombra. Como por casualidad, se deslizó por mi sueño unos pocos segundos. Ni siquiera me llamó la atención.
Después desapareció.
Algo más tarde, tras vacilar y trollear a unos narcotraficantes colombianos, una sombra (la misma sombra) me estuvo siguiendo durante un rato. Miré por todas partes pero no vi a nadie.
A partir de ese momento ya nada sería nunca como antes.
Porque a las pocas noches la sombra ya estaba en casi todas las escenas. Derramada por el suelo o plasmada en la pared. Estática. Oscura… Como tú.
Era la superficie sobre la que transcurría todo lo demás.
Porque a veces parecía un árbol, otras veces la cambiabas hasta convertirla en perro, o bicicleta, o en tumulto de gente, o en monumento. Pero siempre la dichosa sombra, allá donde mirase. Como si todos mis momentos estuvieran contenidos en un inmóvil trozo de oscuridad. Tuve que acostumbrarme a soñar sobre ella. Aunque al final es cierto que tampoco me resultó tan incómodo. Asumí que todas las cosas proyectan siempre una sombra que nada malo puede hacerte.
Luego empezaste a mostrarte. Primero de lejos, sin participar, seguro que sin pensar. Como si formaras parte del paisaje. Un caminante, un figurante, un observador casual que miraba siempre a otro lado, mientras se iba rápido de la escena, como si la cosa nunca fuera con él. Así durante varios días. Pero como siempre, yo estaba demasiado liada, descubriendo la cura contra el cáncer, o construyendo hospitales, colegios y comedores en Somalia y Sudán.
Pensé que no hacías nada malo. Qué puede hacer un paseante? De aspecto inofensivo y algo bobalicón, además. Te dejé hacer. Qué tonta fui.
Después te acercaste. Y, aunque no participaras en el sueño ni me afectara nada de lo que hicieras, empezaste a mirarme. De arriba a abajo. Mirabas todo lo que hacía… Y ponías caras. De burla o de reproche, la mayoría de las veces. Lo que ocurre es que por aquel entonces, estaba muy ocupada liberando rehenes en Irak, o charlando con alienígenas en Plutón…
Quizá si entonces hubiera sabido lo que después pasaría, hubiese sido capaz de eliminarte. Mi error fue dejarlo pasar, pensando que todo volvería a la normalidad con el tiempo. Y lo que ocurrió es que te hiciste grande. Muy grande. Acabaste por ocuparlo todo. Fui una inconsciente. Siempre estaba demasiado ocupada para calibrar las consecuencias y remediar la situación. Acabé descuidando el devenir de las cosas. Siempre de aquí para allá, siempre disfrutando con mis sueños perfectos y redondos. Ganando. Venciendo. Sueños de placer, algunos, sueños de justicia, otros.
Me sentía Morfeo. Era la mismísima Diosa de los sueños. Todos girando alrededor de mi. Exclusivamente para satisfacerme en todos los sentidos. ¿Quién iba a pensar que todo eso pudiera terminar de la manera que lo hizo?
¿Cómo pude pasar de ser el centro de todo, a convertirme en tu marioneta, tu monigote?
Recuerdo que ya en esos días, despertaba cansada, me costaba más tiempo tener conciencia de la realidad. Y al echarme a dormir, de igual manera, tardaba más tiempo en tomar consciencia del sueño y empezar a manejarlo.
Aunque es cierto que por aquel entonces mis sueños seguían siendo aún enteramente míos. Esas noches yo solía estar en la biblioteca de Alejandría. Los “Heaven & Hell Sextet” actuaban sólo para mi. En tan particular escenario, Paco de Lucía, Jimmy Hendrix, Chopin, Vivaldi, Michael Jackson y Freddy Mercury, desplegaban todo su talento, y yo, extasiada, no le di importancia a que te sentaras a mi lado y me miraras a mí, fijamente y con un gesto burlón, en lugar de disfrutar de tan magno espectáculo. A partir de ahí, Empezaste a recrearte, a lucirte en mis escenas. En poco tiempo serías una molesta interferencia que no me dejaría disfrutar de mi sueño. Por ejemplo, cuando después de nadar junto a Tarzán en el Amazonas, destrozaste mi ropa haciéndola jirones. Estoy segura que fuiste tú. O la noche en la que gané al ajedrez a Bobby Fischer y a Bruce Lee a un combate a muerte en Bangkok, tú eras el juez que, con cierta reticencia me daba la victoria. Recuerdo que además al felicitarme en las dos ocasiones me miraste y sonreíste de una manera muy extraña. Te costó mucho soltar mi mano, apretaste demasiado… me hiciste daño y yo no pude zafarme del apretón hasta que no me soltaste. Y después no te ibas… Te quedaste por allí, pavoneándote y mancillando mi sueño. No me dejaste disfrutar de mis merecidas victorias. Nunca me había pasado algo parecido.
La noche en la que todo cambió, me costó mucho dormir. La realidad se desdibujó muy poco a poco, y en un momento muy concreto, cuando ya pensaba que iba a pasarme la noche despierta, todo se deslizó por una grieta… y yo también caí por ella, muy bruscamente, a mi mundo de sueños…
Una vez allí me sentía muy torpe, desganada y sin fuerza. Fui incapaz de ganar a Thor en lanzamiento de martillo. No pude, por poco, superar sus 3.081 metros cuando yo nunca bajaba de los 5.000. Y eso que lo lancé con todas mis ganas.
Tú estabas por allí, a él le aplaudiste efusivamente y a mi me abucheaste.
Me enfadé muchísimo.
Harta, llamé a Brad Pitt. Me apetecía follar con él en la habitación más lujosa del hotel de 7 estrellas de Abu Dhabi.
Y cuando estamos ya en la suite, desnudos y dispuestos, me dice que aún seguía enamorado de Angelina Jolie… y se fue sin más. Y mi cama se quedó vacía… Y entonces supe que algo muy grave había ocurrido, mientras, desde alguna parte, desde algún rincón, escondido, sentía tu mirada clavada en mí y tu sonrisa maliciosa inundándolo todo. Sentí frío bajo las sábanas y mi cuerpo indefenso y pequeño.
Todo se vino abajo.
Las sábanas de seda, la lujosa habitación, el hotel.
La ciudad. Mi sueño y mi falsa realidad.
Desde entonces, vago por mi sueño que ya no es el mío, es el tuyo. Yo, ya no soy yo. Soy tu personaje. Una pelele a la que manejas y puteas a voluntad.
A veces me quitas los zapatos y tengo que ir descalza entre la multitud que señala mis pies sucios y mis uñas largas.
A veces me dejas desnuda en medio de un restaurante lleno de gente, con mis necesidades hechas encima.
A veces me vistes de gallina en una ceremonia de los oscar.
A veces me dejas en mitad de un oleaje, ahogándome.
Otras veces soy devorada por una jauría de lobos. Después soy defecada por ellos.
Una vez vagué por el desierto muerta de hambre y sed. Cuando por fin llegué al oasis comprobé que tenía los labios cosidos.
A Brad Pitt le pusiste vagina. Un coño peludo que con frecuencia restriega por mi cara.
Y últimamente te gusta mucho ponerme enfrente de una horda de sucios neandertales… Huyo, pero al final siempre acaban alcanzándome y soy salvajemente penetrada.
Y tú siempre con tu risa perversa… disfrutando con mi sufrimiento.
Porque la gente que me ve desnuda, o haciendo el ridículo se ríe sin más, o me señala, pero luego lo olvidan… los hay que me ignoran… los hay que tratan de ayudarme… los hay que ni siquiera se dan cuenta. Pero tú disfrutas viéndome ridiculizada o viéndome sufrir. Siempre estás por allí, a unos metros de mí para que no pueda alcanzarte, regocijándote con mi angustia y mi desesperación… Te divierte verme incapaz de despertar. Porque cada vez que despierto, cada vez que salgo de una pesadilla, es para comprobar que estoy en otra pesadilla, aún peor que la anterior.
Al menos podrías tener el detalle de decirme quién eres. Y por qué lo haces. A veces pienso (sueño) que eres la conciencia de todos aquellos a los que vencí. A los que, en beneficio propio o en pos de la justicia, humillé. Eres la sorpresa y la venganza de los que se vieron derrotados y humillados por una mujer menuda y de aspecto frágil, que siempre hizo de su mundo de sueños su perfecta realidad.

 

Piscis

Nací vacío, de una concha hueca.
Creció bajo mi pecho un trozo de coral, y una esponja de mar dentro de mi cabeza.
En mis ojos brillaron dos aguamarinas, y de mis manos brotaron dos estrellas de mar.
De unas huellas en la arena nacieron mis pies y mis pasos.
La espuma blanca de una ola rompiente bañó mi alma. Y con la primera brisa del día, dos gaviotas la echaron a volar.
Como las mareas, muero y nazco, al tiempo del sol y de la luna.
Como las olas, me rompo contra las rocas o acaricio la fina arena.

Hace mucho tiempo que partí, buscando la línea del horizonte. Sé que nunca la alcanzaré. En plena tormenta, navego en círculos, confundiendo el cielo con el agua y el Norte con el Sur. La sal con la arena… Las nubes con algodón.
Cuando mi tiempo y mi cadencia acaben, la ola más grande y poderosa me llevará al fondo del océano… y allí me quedaré en calma. Y también el mar. Hasta que vuelva a nacer, vacío, de otra concha hueca. Y entonces todo vuelva a empezar.

Mareas

Un frío día de Noviembre en un pueblecito costero, tras una marea habitual y sin que nunca se supiera por qué, cuando el nivel del mar bajó dejó la playa llena de poemas.
Miles, millones de poemas.
Una marea de poemas.
Horas más tarde, el viento arrastró los poemas al pueblo.
Algunas aceras se llenaron de hojas secas y otras de flores. Las unas crujían y se iban con el viento. Las otras, se arremolinaban para formar coloridos jardines. Porque a partir de entonces, siempre era Otoño o Primavera.
Todas las luces se rodearon de un halo plateado. A veces lucía el sol y otras no paraba de llover… pero siempre pasaba algo.
Algo grande.
O algo pequeño.
O algo parecido.
O algo emocionante…

Al día siguiente, la misma marea al bajar, dejaba en la arena una epidemia de pereza.
La brisa del mar sopló con fuerza y la llevó al pueblo.
Las hojas y las flores, mezcladas, se amontonaban en los rincones como montañas huecas.
El tiempo se detuvo.
La luna dejó de menguar.
La luz y la oscuridad entraban por las ventanas abiertas, pero ya nunca salía.
Ya nunca pasaba nada.
Nada especial.
Nada raro.
Nada bueno ni nada malo.
Porque un pesado telón de realidad congelada, como en una foto antigua, cubrió las calles y las casas.

Al día siguiente, cuando bajó la marea, ésta dejó una avalancha de tristeza.
Y no hizo falta viento, ni brisa, para que la tristeza llegara al pueblo, porque ella sola caminó hasta él.
Las aceras se volvieron grises, las paredes desconchadas parecían llorar y todos los sonidos se volvieron pesados, largos, como un lamento que nunca terminaba.
Los remolinos de hojas y flores perdieron la forma, el color, el sentido… el futuro incluso…
Llovieron lágrimas y formaron charcos que no desaparecían, reflejaban el cielo plomizo y no se sabía si tras él, el sol seguía estando ahí.

El cuarto día la marea no subió ni bajó. El sol no salió ni se puso.
No había arena ni aceras.
No hubo nadie que leyese los poemas.
Ni sintiese la pereza.
Ni llorara en la tristeza.
Porque las gentes hace tiempo que marcharon.
A las ciudades.
A las montañas.
O a cualquier otro lugar.
Y los que se quedaron, hace tiempo que murieron.

El último de ellos, justo antes de marchar, recordó su vida en él.
Sus cartas de amor.
Su tiempo entre mareas.
Y el baile lento y largo de los días, mientras todo terminaba. Dejando el pueblo y su recuerdo con poemas en las puertas… con pereza en las ventanas… con tristeza en las aceras.

El color de una vida

El color de una vida está en los sueños.
En los momentos elegidos.
En el futuro incierto, incluso.
El color de una vida es su alternancia, gloria y desencanto.
En color de una vida está en el sabor del pasado, ya perdido.
En los proyectos, en las propuestas.
En el amor recordado y en todas sus evidencias.
En el sabor de los besos que siempre queda.
Incluso en las cenizas congeladas de mi conciencia.

El color de mi vida

El color de mi vida está en las aceras cubiertas por mis pasos y el cortejo de recuerdos que va detrás.

La noche desgarrada contempla cómo me desangro inútilmente.

Huyo de mi propia vida ya descolorida, donde las ventanas abiertas a la brisa de primavera se cerraron.

El invierno congela las cenizas de la conciencia. Remolinos de viento caracolean con ellas. Y esparcidas las dejan, en cualquier rincón. Ensangrentadas, envenenadas, las recojo con mis propias manos.

Y sigo caminando, desangrado, acompañado del sonido de mis propios pasos…

Un recuerdo, siempre

Noche cerrada.
Las voces silenciadas.
Las de la gente, las de la ciudad.
Oscuridad para perderse en ella.
El que quiera, el que pueda.
Y al que no le quede más remedio.
Tras los cristales, borrosas escenas.
Me alejo: curvas, asfalto y ruedas…
Tengo sueño, pienso.
Hace frío, siento.
La música en mis oídos, sólo.
Y siempre, un recuerdo en mi cabeza.

La lluvia fría

Y mientras tanto, en algún lugar, allí donde el silencio se condensa y cae como lluvia fría y triste, mis latidos ausentes dan cobijo a una mirada apagada.

Doy vueltas en círculo y no voy a ningún lugar. Miro al suelo, sigo mis pasos sobre la tierra mojada. Mis huellas son cada vez más profundas…

Pero a veces miro al cielo, de donde viene la lluvia e imagino que mucho más lejos y mucho más arriba, allí donde la luz se gestó, viajo para entregar toda mi tristeza, a cambio de una gota blanca y luminosa, que pueda volver a iluminar mi alma.

Ojalá…

Reírnos del mundo

Nuestra conciencia blanca será la luz brillante del mundo.
Seremos capaces de distinguir lo posible de lo que no lo es.
Aprovecharemos la brisa fresca como viento a favor.
Volaremos incluso, con alas de cartón.
Aprenderemos a gritar aunque no nos quede voz.
Con sal en los labios.
Con arena en los bolsillos y en los pies desnudos.
Soñaremos para saber lo que queremos. Y lloraremos si es necesario, porque el viento en el rostro se llevará nuestras lágrimas.
Inventaremos palabras para reírnos del mundo.
Tendrás el sol y la luna como referencia, el mar y las olas como tu parcela y las rosas de tu puerta como versos de amor que latirán sólo para ti.
Un paso irá siempre detrás de otro y antes que el siguiente.
Te ofrezco mis ojos para que en ellos te reflejes.
Mi memoria para que recuerdes.
Y quizá volveremos a llenarnos el alma de heridas. Pero serán heridas nuevas, porque las viejas heridas, esas habrán cicatrizado.
Mientras el futuro siga alimentándose de sueños sabremos que éstos todavía no han envejecido.

Lágrimas o lluvia

Noche cerrada.
Sin luna ni estrellas.
Llueve…
La luz amarilla y trémula reflejada en las aceras.
En la carretera.
Y no sé si son lágrimas calientes o lluvia fría.
Salí por tu puerta cuando más llovía.
Calado hasta los huesos, ahora sólo siento cómo la lluvia golpea el cristal.
Mi alma, tras él, busca su cobijo.

Sólo siento la lluvia que cae, que fuerte golpea y empapa los pasos largos de mi memoria.
Sigue lloviendo…
La carretera me lleva.
Me aleja.
Y no sé adónde voy.

Abrígate el alma.
Que no se te enfríe.
Que el calor de un buen recuerdo te ayude a hacerlo…
Sigue durmiendo.
Sigue soñando…
Que no se empapen tus sueños, ni de lluvia ni de lágrimas.
Y yo seguiré viajando…

Carretera mojada,
de lluvia o de lágrimas.
Noche cerrada.
Sin luna ni estrellas.

Mi dulce tristeza

Será que su voz se volvió muy densa.
Que por estar conmigo
perdió la cabeza.
Sé que moriría por mi.
Y yo sin ella.
En todas las horas,
aguarda, tranquila,
en las 7 vidas que aun me quedan.
Con su sonrisa helada,
es mi dulce tristeza.
Quien para estar conmigo,
unió mis pasos y sus huellas;
mis dudas y sus versos,
mi vuelo y sus rarezas.

Guardo mis sueños
(muero despacio).
Vuelve sin miedo
(queda la ausencia).
Sella sus labios
(siempre con ella).

Pequeño

Pequeño.
Tras mi rostro.
Tras mis ojos escondidos de la luz.
Bajo la piel mi sangre se
diluye en agua de lluvia.
La de mil tormentas.
Pequeño.
Tras la penumbra de los días mi
sombra proyectada queda inerte.
Pequeño.
Escapar a mi verdad:
La de mis palabras
engarzadas al vacío.
Pequeño.
Sin lágrimas ni miedo.
Sin alma ni momentos.
Con tanto que gritar
y tanto que olvidar.
En caída libre.
Suavemente mecido.

La octava ola

En la primera ola:
Sonriente salté sobre los charcos. Cuando nadie me miraba, bailé bajo la lluvia. Miré al cielo y me sentí agradecido. Giré al norte y comencé a caminar.

En la segunda ola:
Escribí cartas de amor. Metí mil besos en botellas que acabaron en el mar. Sentado en la orilla observaba el horizonte. Envidié las gaviotas y hablaba con ellas todas las noches.

En la tercera ola:
Me alejé para llorar. Volví sobre mis pasos. Revolví entre mi sombra para encontrar la mentira y la verdad, el deseo… la soledad. Tomó mi mano y ya no la soltó.

En la cuarta ola:
Ella me encontró. La besé. Me arropó. Me enamoré. Lo conseguí. En sus brazos el tiempo se detuvo: su piel y mi piel, las horas y su latir.

En la quinta ola:
Dormí como un niño. Desperté sin soñar. Amarré a mis fantasmas bajo el sol del mediodía. Caminé… corrí… me marché a ningún lugar. Me arrepentí.

En la sexta ola:
Los cuervos anidaron. El viento del sur se volvió frío. Me escondí tras mis gafas oscuras. Tracé una línea negra que ya no pude traspasar.

En la séptima ola:
Las estrellas se clavaron en mi piel como finísimas agujas. Salí a pasear bajo la lluvia. La luna me escuchaba, pero nunca llegó a contestar.

De espaldas al mar, hace tiempo que espero la octava ola, rompiendo, sobre mi alma y contra las rocas… la espuma se llevará los trazos confusos de mis letras. Cuando ésta desaparezca y hasta que el tiempo lo borre, mi nombre será lo único que quede escrito sobre la arena.

Olvido y recuerdo

Mientras el tiempo suspendido quedó reflejado en un lago estático, la niebla se aferra a sus jirones; esos que el viento ya no mueve.

El último de mis latidos quedó atrapado y ya sólo resuenan los pasos del adiós.

En todas partes encuentro un retazo de mi sombra dispuesta a marchar, tan sólo por alejarse de mi.

De mi oscuridad nacen, o quizá mueren, palabras dispersas que caen al vacío para romperse en mil pedazos afilados allí donde un día había luz y hoy sólo hay misterio.

Olvido y recuerdo.
Duermo con uno, amanezco con otro…

Nuestra tristeza 

Movida por el viento pasea oscura, flotando, buscando un rostro que cubrir. Cuando la nube desata su tormenta, llueve en tu mirada y también en la mía.

Pero quiero pensar que la nube negra no forma parte de nosotros.

Solamente viene.
Simplemente va.

Ajena a sus miradas enturbiadas. Adónde la mueva el viento caprichoso, ese que aún hoy sigue abofeteando nuestro rostro.

Pero cuando la nube se vaya a otro lugar para llover en una nueva mirada, las huellas que haya dejado en nosotros serán nuestras y sólo nuestras.

Y esas al menos, a pesar de quedar marcadas para siempre, ya no volverán a hacernos daño. Nunca más.

Corriendo calle arriba 

No hay luz que ilumine una mirada, si los ojos no están abiertos. Ni viento que mueva las hojas de un árbol si éste tiene sus ramas desnudas.

Sé luz, sé viento:
Claridad, movimiento…

La tristeza lo absorberá todo, hasta que los trazos del pensamiento la dejen en los caminos que recorrimos. Y ahí quedará:

La tristeza desnuda y abandonada.
Los remos en el agua, las alas abiertas, dispuestas.

Los latidos de un corazón que seguirán resonando, mientras quede un sólo sueño, una sola esperanza a la que podamos aferrarnos.

La mirada viva:
Los ojos llenos de sueños.
Siempre abiertos, corriendo calle arriba sin parar…

La noche inacabable

Noche de sueños perdida en el universo;
universo gigante.
Lágrimas que añoran sonrisas y auroras.
Enigmas, secretos,
devenir de preguntas flotando en el aire;
oscuridad turbadora.
Siempre las mismas palabras, la misma nostalgia;
compañera infatigable.
Es la eterna consecuencia de otra noche
…inacabable.

El pulso de mi memoria 

Hablé sólo una vez y después silencié sus palabras. Serían las últimas.

Había aprendido a olvidar. Y a no imaginar…

El pulso de mi memoria latió un tiempo más. Cerré los ojos para que el dolor pasase por mi lado sin arañarme demasiado.

Funcionó…

Olvidé mi cielo plomizo, las nubes negras, su vuelo blanco y majestuoso.
Supe que mis latidos era sólo golpes sordos en una puerta cerrada.

También los olvidé…

Abrí las ventanas y huyeron las mariposas, las que nunca se posarían en mi mano.
Todas escaparon…

Construí una laguna con lágrimas y sal. Me abandoné a su calma artificial.

Sólo después de llorar, acabé flotando…
Y de repente… Recordé:

Los dos corazones, las mil razones.
Por qué mis sueños se enredaban cada noche con su pelo.
Cómo sus palabras eran mi regalo.

Por qué acabe acompasando mi respiración con su aliento, haciendo de su luna llena mi cuarto menguante eterno.

Vuelvo a sentir las alas de un ángel volando muy lejos:
Abrazos al aire, estrellas fugaces.

Sus labios cerrados, trenzando de nuevo, presente y pasado.

Su boca sangrante morderá mi alma y los trozos desprendidos serán nieve candente que arrojaré al lago, en su enésima tempestad.

Ése lago que nunca volverá a quedar en calma, mientras sus pasos continúen resonando…

Una posibilidad

La noche abre sus brazos ofreciéndome su abrigo
hablándome a traves de labios imaginados.
Indeciso, callo sólo unos segundos:
miro al cielo
(sólo hay estrellas)
y un grito que se ahoga
(es la voz del olvidado).
Yo quedaré dormido
(sé que me iré con ella);
la luz de primavera quedará en mi ventana,
las hojas del otoño cubrirán las aceras…

Cuando despierte, todo empezará de nuevo:
Un día más, una noche más…
Y hacer una posibilidad de cada sueño.
Ni remota ni cercana, tan sólo una posibilidad.
Sin más. Y sin menos.

Cartas marcadas

En noches como esta…

Se detiene el tiempo, y errático busca los últimos pasos. Aquellos que en círculo no se alejaban del lugar donde planté todos mis deseos. En su centro, oscuro y pequeño yace una vida también pequeña.

En noches como esta…

Quisiera escapar de la mediocridad y olvidar lo difícil que resulta dejar de imaginar. Con el principio o el final.

En noches como esta…

Dejé mi ventana abierta y en lugar de volar entró por ella la niebla de azúcar que me envolvía y cerraba mis ojos con caricias.

En noches como esta…

El destino juega sus cartas marcadas, e incapaz de gritar, caigo en el lecho de hojas secas. Aquellas que crujen bajo el peso de mi alma, mi alma pequeña que aún sueña con volar, gritar, y escapar de las palabras que siempre, siempre la rodean.

Vestidos negros

Miro por el hueco imaginario que dejan las sombras al marcharse, buscando aquello que un día fui, que un día tuve.

Aquello que un día quise.

Mis ojos pasean lentos por las aceras, por las paredes, por ese halo oscuro que rodea la melancolía mientras sus labios entreabiertos piden silencio y miran el vacío que ronda en círculos cada vez más amplios.

Mis sueños vestidos de negro yacen desgranados en fragmentos puntiagudos, olvidados en alguna parte.

Me esperan moribundos.

Camino hacia ellos despacio, con pasos y voces silenciados. Guiándome sólo por los recuerdos grises que de vez en cuando afloran, sólo espero encontrarlos de nuevo y desgranarme como ellos.

Porque sé que la noche nunca acabará, que guarda también para mi un vestido negro con el que podré unirme a los fragmentos de mis sueños.

Si es que algún día vuelvo a encontrarlos.

Nuestros sueños libres

La libertad no es un camino, es un final. Alcanzarla es una victoria. Solo o acompañado, en el momento en que la tenemos la hacemos siempre nuestra. Ocurra lo que ocurra después.

Le di la libertad a mis sueños, ellos vuelan en círculos amplios sobre mi cabeza. Yo los miro desde abajo y los envidio. Con los ojos llenos de nostalgia, no dejo de desearles suerte. Porque en ellos hubo y habrá algo de mi y también de ti.

Unidos en el recuerdo o en la realidad, sé que tuvimos la suerte de poder compartir esa libertad que echó a volar nuestros sueños.

Si tus ojos también están llenos de nostalgia, mira hacia arriba y deséales la mejor de las suertes.

Sólo de esta manera, algún día podremos volar con ellos, libres. Mientras otras miradas llenas de nostalgia, nos mirarán desde abajo, y envidiarán nuestro vuelo amplio.

Tengo

Tengo palabras guardadas en los armarios. Junto a la ropa, aquella que ya no me pongo, o que no me atrevo a tirar.
Palabras nunca dichas.
Como la ropa, algunas aprietan.
Otras son viejas.
Otras pasaron de moda.

Tengo ideas que son como los gatos de los tejados.
Nocturnas y solitarias, caminan por una cornisa y maúllan a la luna incluso cuando ésta no se muestra en el cielo.

Tengo un mundo paralelo en el que te salvo la vida.
Y en donde pierdo la mía.
Un mundo imposible que construí a mi medida.
Y que a veces se desmorona.

Tengo una sombra que me sigue adónde quiera que voy.
Oscura, como la más negra de las noches, a veces me adelanta.
Y siempre se ríe de mí.

Tengo una sonrisa extraña.
Que a veces muere antes de mostrarse.

Tengo un secreto que todos conocen.
Y una mentira que hice verdad.

Tengo mil formas de amarte y mil formas de hacerme daño.

Nunca me hizo falta comerme el mundo…
Me bastó con besar sus labios.

Reflejo 

No pude evitar que mi reflejo se hiciera añicos.
Ni que el viento frío esparciera los trozos.

Aún hoy, daría un mundo por atesorar tan sólo uno de los fragmentos.

Si algún día te encuentras alguno… envuélvelo en terciopelo, para que no te haga daño. Y guárdalo como si fuera tuyo.

El espejo

Hay un espejo en alguna parte
que solo a mí me pertenece.
Y no es de cristal, es de agua.
Es de lluvia.
Si te pones delante me verás sonreír.
Si te pones detrás me verás volar.
O caer.
El espejo brilla como el sol, pero
es tu luz la que quizá se refleja.
Tu sonrisa la que muestra.
Tu vuelo el que proyecta.
Hay un espejo en algún lugar,
con una grieta que lo cruza.
Camino por ella, despacio,
como un sonámbulo por su cornisa.
Contemplo su imagen,
que en realidad es la mía
con los trazos desdibujados,
invertidos, inversos.
Hay un espejo de penumbras
que siempre será mío.
Agrietado.
Convexo.
En el que me hago pequeño.

Mi fría fantasía 

En algún lugar existe y escapa. A veces me habla, otras se calla.
A menudo llueve sobre ella:
sangre con lluvia, trenzada.

La oigo hurgar en mis sueños todas las noches. Con ellos llena sus alas y espera que no sospeche que prepara su largo viaje. Son las últimas noches antes de que me haya dejado sin sueños que mostrar en la mirada y vuele hacia el sur, en busca de un alma pura de la que enamorarse de nuevo.

Orgullosa y altiva,
marchará sin despedirse.
Mi fantasía.
Mi fría fantasía,
antes de rendirse.

Cuando se marche me quedaré mirando al sur, de espaldas al mundo, por la ventana que cuidadosamente cerró.
Y contaré las lágrimas que dejó en mi almohada, igual que un soñador cuenta las estrellas o un mentiroso cuenta sus mentiras.

Le deseo buen viaje.
Que sus heridas negras se conviertan en cicatrices blancas.
Y encuentre pronto otro soñador al que entregarle mis sueños, aquellos que guardé durante años, para que el día en que ella decidiera marcharse no lo hiciera con las alas vacías.

Los trazos blancos de mis letras

Las hojas amarillas del otoño me estaban esperando y crujen bajo mis torpes pasos. Escriben con letras blancas las páginas de un libro también blanco, como la primera nieve del invierno que pronto llegará.

El futuro, que hoy aguarda con los brazos abiertos y los puños cerrados mañana soltará su primer golpe y el viento del norte soplará muy fuerte: Con él se irán mis páginas blancas y sus hojas amarillas. Quedarán bailando trenzadas en un remolino largo que colgará del cielo de tormenta amenazante.

Pero en su lejano ulular, y si escuchas bien, podrás distinguir mi voz apagada (susurrando en mitad de esa danza inacabable) que nada muere mientras los trazos desnudos de mis letras sigan vivos.

Olor a azahar 

Quizá oyera mi voz rasgando el vacío o sintiera mi calor a través de la niebla lechosa.
Quién lo sabe…
Sólo sé que a veces el pasado es diferente y el futuro nos esquiva.

Miré hacia arriba y vi su mano blanca y elegante aparecer por una grieta. La única que había en aquel lugar, en lo más alto de aquella celda de barrotes de cristal que yo mismo construí con gran esfuerzo.
Con aquella mano apareciendo de la nada, abierta e invitándome a cogerla, me asaltó el recuerdo de una bonita canción… Tarareé la melodía y escuché su eco profundo.

En algún lugar lejano alguien más silbó también mi melodía.
Sonreí.
Me levanté y tomé aquella mano etérea y cálida.
Tiró hacia arriba suavemente.

En su ascenso, y a través de la grieta en el techo de mi celda pude vislumbrar un cielo limpio y claro, sin nubes de tormenta ni vuelos en picado…
Solo en el último momento, con los ojos iluminados y mi rostro sonriente, justo antes de colarnos, solté la mano y volví a caer.

Antes de irse, la mano se acercó y me acarició la mejilla.
La besé.
Olía a azahar.

Se fue, y yo me quedé sentado en el suelo, tarareando mi melodía, que alguien en algún lugar también silbaba.

La grieta ya nunca se cerró, y por ella se cuela ahora el resplandor de una mañana espléndida. En los días de primavera, el rocío cae entre destellos parpadeantes y hace brillar el lecho en el que duermo.

A veces pienso que al otro lado la mano me sigue esperando porque alguien silba conmigo la melodía que a veces tarareo.

Y yo sigo sentado, mirando una rendija del cielo sobre un lecho luminoso de rocío.
Sonriendo, sigo recordando el dulce olor a azahar: Como si aún hoy, aquella mano continuase acariciando mi mejilla.

Engarzado al mundo

El vuelo de mis palabras, en invisible espiral asciende como el humo, inconsistente y difuso, caerá como cenizas sobre aquello que escribí.
Resuena el eco de mis pasos como huellas de infinito hacia la sombra.

Qué fue lo que vi en sus ojos, que tras su brillo se escondía el universo más oscuro y hacia él sigo proyectado, pues sólo quiero contemplar el mundo desde esa perspectiva. Y cuando lo alcance me buscaré bajo la lluvia pero no me encontraré porque ya me diluí en el agua fría de mi tormenta. Enjaulado en invisible celofán, el reflejo en los charcos será lo único que quede de mis letras mientras éstas aún me mantengan engarzado al mundo.

Mi viaje

Hace mucho tiempo comencé mi viaje…
Tomé de la mano a todos mis fantasmas.
Mis miedos.
Mis miserias.
Y también mis fantasías…

Me alejé del mundo buscando el sitio más frío y oscuro.
Mucho más al norte de todas las voces y más al sur de todas las miradas. Allí donde los caminos partieron, antes de hacerse angulosos.

Después de llegar a mi destino solté mi pesado equipaje y sentado en el suelo, observé el vacío y toda la lluvia que estaba por llegar.

Miré hacia adentro y hacia afuera.
Desde entonces, hasta cuando.
Mientras quede. Mientras duela.
Observé mis castillos de arena y de naipes.
Mis alas de cartón, mis sueños de cristal y la estela lánguida de mis propios pensamientos.

Acompañado únicamente por los latidos vivos de un corazón detenido…
Me puse de pie y cargué de nuevo mi pesado equipaje. Volví por donde había venido.
Mi corazón no quiso acompañarme y decidió quedarse allí.
Yo regresé a la realidad, donde tan torpemente me desenvuelvo.

A veces aún siento los latidos de aquel corazón, el que un día fuera mío, el que quedó en ese lugar.
Yo no regresaré.
El no volverá.
Pero la distancia que nos une es la que nos separa, y en el tiempo que nos queda ambos sabremos que no tuvimos otra opción:

Hasta que yo dejé de latir.
Hasta que él dejé de soñar.

Rosa de Invierno 

Gracias al esfuerzo y buen hacer de mis amigos Elisa Gracia y Luis Lacosta con su editorial «Laguna Negra Ediciones», pude publicar este libro hace ya unos cuantos años. La editorial, a pesar de contar con buenos títulos, por desgracia tuvo que cerrar. El libro lleva ya tiempo descatalogado, y es (quizá) imposible de conseguir, pero… por lo que fue, por lo que simboliza, por la ilusión y experiencias que quedaron impresas en sus páginas, es una creación de la que siempre estaré orgulloso y agradecido.