Después

Las horas lentas empujaron
hasta arrinconarme.

No tuve otra salida,
no quedó más opción.

Regresé a aquel lugar
donde dice Sabina
que no hay que volver:

al lugar donde has sido feliz.

Pero allí solo quedaba
el reflejo de una sombra
en la pared.

Y el lento vaivén
de un péndulo
olvidado.

Me lo llevé todo:
ramas, ruinas
y tesoros.

La sombra la dejé
a la luz de la mañana.

El péndulo, a merced
de las mareas.

Y libre por fin, seguí
con una certeza tranquila.

Sin miedo,
tiempo
ni tesoros.

El rincón de escuchar

Hay una orquesta en mi cabeza que toca solo para mí, a tempo de adagio y toque meloso. En los buenos tiempos tocaba afinada y coordinada. Hasta había dos bailarines que cuando bailaban vals parecían flotar sobre el escenario.

Un día el director perdió la batuta y se fue a un rincón. Desde allí escuchaba tranquilo siguiendo el ritmo con el pie. No lo hacía mal, teniendo en cuenta que no miraba a los músicos ni sacaba las manos de los bolsillos.

Pero desde ese día, la orquesta toca a tientas, sin partitura. Desafinada, suena desafiante. Desafortunada.
Y, como la del Titanic, tan solo a un estribillo de hundirse.

Los bailarines ya no bailan, solo huyen el uno del otro. A menudo se lanzan un atril, el arco de un violinista o la batuta del director.

Hoy desperté extrañado. Todo estaba en silencio. Me asomé tras el telón.

Los músicos estáticos.

El director cabizbajo.

Los bailarines agotados.

Así que me puse a tararear una vieja canción.

Alguien tiene que seguir con el ritmo.

Aunque sea el silencio el único que escuche.

Geometría

Jugamos a unir los puntos
como dos niños curiosos.

Te reíste
en el punto y seguido.
Nos miramos
en el punto y aparte.
Soñaremos
en los puntos suspensivos…
Nos veremos
en el punto de fuga.

Y así,
el dibujo quedó hecho.

Verso roto

Estaba condenado
desde el principio:
A mirar atrás,
recoger fragmentos,
intentar que parecieran
algo entero.

Ya sé que no es mucho.
Es lo único que podía hacer.

Y aun así,
algo quedó:
un verso roto
que aún respira.

Volverlo eterno

Por eso lo llevé al mar, para gritarlo azul. Pero el mar se lo llevó enredándolo entre algas.

A veces creo verlo en la línea del horizonte y poco después oigo mi nombre.

Pero ya nunca respondo.

El mar nunca devuelve lo que aprendió a latir solo.

Mi refugio

A menudo me pierdo en un mundo
donde no hay suelo ni techo,
solo rejas, recuerdos
y una pared cubierta de ojos.

Cuando río
parpadean rápido,
parecen culpables.

Cuando estoy triste,
se desvían en silencio
para evitarme.

Pero basta con pensarte,
para que rompan en un llanto
que no sé detener.

Y despierto empapado,
en lágrimas que no son mías.

Antes de huir

Ni a vista de pájaro
ni con ojo de pez.

Observo desde dentro,
desde el fondo.
Desde el silencio que odias,
desde el punto de partida.

Para comprenderme,
tendrás que volver atrás.

Y si lo haces,
presta atención.

Tal vez te encuentres
con aquel que fui.

Antes de huir,
por la grieta
donde se veía luz.

Saltemos

te visito y me preguntas
te olvido y me respondes
te miro mañana
y te dibujo hoy

tras el cristal, frío
sobre el piano, mudo
bajo la lluvia, quieto

pero siempre preparado
para saltar de lo desconocido

…al miedo

La lucha interior

A veces mis demonios y mis fantasmas se enfrentan.

Los demonios sonríen perversos, enseñan los colmillos y sus ojos amarillos se encienden.
Los fantasmas enseñan sus garras afiladas y se vuelven negros como la noche más tenebrosa.
Pero entonces, el hada malvada que vive bajo mi cama se materializa, despliega sus poderosas alas y suelta una carcajada aterradora…
Todos, fantasmas y demonios, huyen despavoridos.

Y como ya no queda nadie, mi hada malvada –sin dejar de reír,
sin cerrar sus enormes alas–,
se ensaña conmigo.

Mudanzas

No sé si Sabina se mudó
al barrio de la alegría.
Yo me mudé a la calle
donde mueren los valientes.

Pero todavía no he visto a nadie,
sólo estamos mi sombra y yo.
Ella va un paso por delante de mí
y no soy capaz de alcanzarla.

Tu recuerdo

Te pienso muy fuerte
y ofrezco tu recuerdo
en sacrificio.
Luego me hundo
en las hojas de un libro
o en el agua sucia de un charco.

Después salgo a la superficie.
Más cansado.
Más viejo.
Más muerto.
Y empiezo la cuenta otra vez,
desde cero.

El espejo

El espejo no me da la razón
ni me la quita…
Pero es peligroso odiar su reflejo
y de vez en cuando,
retarte en duelo con él.

Cuando sucede,
yo espero paciente,
con el sol dándome en la cara.
Por suerte nadie acude a la cita,
pero vuelvo a mi casa, derrotado.

Mis traumas

Vale, acepto,
pero antes…
apaga la luz
y date la vuelta.

Cierra los ojos
o mejor grápatelos,
para que no veas
ni la trampa ni el cartón.

Ponte los guantes,
los de cota de malla,
acaríciame cuanto gustes
y también aráñame,
que lo tengo merecido.

Hunde los tapones
bien adentro en tus oídos,
no quiero que oigas
mis excusas y lloriqueos.

Piensa en otra cosa,
que no quiero que sientas
el calor de mi cuerpo
deforme, maldito.

Cuando termines,
por favor,
abrázame bien fuerte
y bien lejos,
que hoy estás muy guapo
y no quiero contaminarte
con mis defectos,
mis miserias
o mis miedos.

Después emborráchate
hasta perder el sentido,
para que puedas olvidar
la patética experiencia.

Pero sobre todo,
no te olvides de decirme
lo que me quisiste…
y cuánto te falta
para que me odies
como yo lo hago.

La niebla de Noviembre

Flota insinuante, deteniendo el tiempo y alimentándose de los sonidos del día. La niebla de Noviembre late muda, insomne e insoportable. Lo abarca todo, convierte los caminos en laberintos y las certezas en dudas. Te obliga a abrazar tu melancolía y caminar con la cadencia lenta que ella te marca.

Pero la niebla de noviembre no es sólo incertidumbre, también es bálsamo. Me regaló la soledad más pura que puede existir, a cambio de tan sólo todos mis latidos.

Se volvió todo.

Y ahora es ella quién silencia mi voz y dibuja los círculos por los que camino, mientras disfruto del privilegio de morir despacio, con la cadencia lenta que ella me marca.

Sacadme de aquí por favor.

En la cocina

Tengo un cuchillo muy afilado. En mi piel, grabo con su filo los días que me siento feliz. Luego sazono la herida con sal y pimienta. Y unas gotitas de zumo de limón.

Los latidos van a la nevera, los recuerdos al microondas y las ganas al cajón de las especias.

Una gota de sangre se va por el desagüe, después lloro sobre la sopa.

Bajo la pizza cruda acabó mi alma. Junto a la escoba, barrido, el niño que fui.

Busqué la –sucia– culpa en el cesto de la ropa.
Terminé dando vueltas, en la lavadora.

Mi maestro

Mi maestro siempre dijo que el silencio era mejor que las palabras y que los sueños brillan más que la verdad.

Yo, su alumno aventajado, escuchaba siempre muy atento. Me gustaba ese aura de serenidad y sabiduría que constantemente parecía desprender.

No hace mucho volví a verlo. Caminaba errático, maldecía su vida y lloraba desconsolado bajo la lluvia.

Hice como que no lo veía y seguí mi camino. Pero esa noche tuve ganas de llorar y salí a pasear descalzo bajo las nubes de tormenta.

Rostros

Cuando termina el día y cierro los ojos, aparecen en mi conciencia y me acompañan hasta que me duermo. Están hechos de líneas y de sombras, se mueven con torpeza y dibujan gritos o llantos. Reclaman mi atención y me piden que les escuche, que les ayude, que ponga voz a su angustia. Sus ojos son apenas unos borrones oscuros pero nunca dejan de mirarme.

Mientras, yo pienso en otra cosa; en paisajes, en vuelos o en el sonido limpio del mar. Pero ellos siguen, gritando, llorando, rompiéndose en trozos, sangrando sobre mi cara.

Son los rostros que habitan mi cabeza. Todo lo que pensé, lo que sentí. El guión de mi memoria, la triste canción que no canté.

Cuando termina el día, las líneas afiladas de mil rostros arrastran sus pasos largos sobre mi almohada, mientras le ponen voz a mi silencio.

Podría ser peor

El diablo llora porque le gustaría ser poderoso:

Dejaría sin ojos a la gente, ataría cuchillos en sus manos y sus pies, les obligaría a correr desesperados y luego haría que lloviese alcohol y zumo de limón.

Pero después sonríe, porque ve que la gente es capaz de hacer cosas muchísimo peores.

Mi hada –malvada– y yo

Sentada en mi silla, sobre mi ropa doblada y recién planchada, el hada malvada (que vive bajo mi cama) suelta un sonoro “jaque mate” en su primera jugada. No objeto nada y vuelco mi rey blanco sobre el tablero.
Ella sonríe siniestramente al tiempo que me muestra sus sucios y largos colmillos.

Mientras el hada coloca en posición mi rey y su peón, miro por la ventana cerrada.
–Deja de mirar y juega conmigo–, me dice.
Yo no le digo nada, nunca sé qué decirle. Simplemente, esta vez decido no hacerle caso.
Oigo los pasos de mi hada malvada caminando hacia mí. Sigo dándole la espalda mientras espero, de un momento a otro, sus largos colmillos hundirse bien adentro, en mi cuello. Pero justo antes de que suceda, mi imaginación rompe el cristal de la ventana y siento el viento fresco inundar la habitación.

El libro del olvido

Es hora de ponerse triste, me dijiste, reflexiona si quieres pero no olvides.
Sentémonos junto al fuego y lloremos un rato. Y recuerda que no puedes arrojar tu pasado a las llamas, que el olvido es un libro que se escribe siempre en papel mojado

Decidí marchar.

Y cuando ya casi la había olvidado, decidí volver.

Me abrazó.

Y supe entonces que mi libro del olvido se había quedado en blanco.

La última hora del Invierno

Todas las horas del invierno pasaron de repente, delante de mis ojos. No se despidieron, tan solo marcharon tras una estela de viento frío.
Una de ellas quedó rezagada, cometió el error de mirar hacia atrás, quizá arrepentida o puede que solo quisiera despedirse de mí con la mirada.
Conseguí atraparla, no se resistió.

La llevo conmigo desde entonces. Nadie la ve y yo tampoco, pero siento siempre su fría compañía. Unas veces me toma la mano y el brazo, otras veces anuda mi cuello y mis sueños. Suele nublarme la vista y los pocos recuerdos que tengo del otoño. Me quiere, me olvida; la odio cuando habla y la extraño cuando calla porque a menudo es ella la que sonríe o llora en mi lugar.
No hace mucho la encadené a mi tobillo con eslabones de hielo. Cuesta caminar, pero creo que hice lo correcto.

La última hora del invierno. La que conseguí atrapar y encadenar a mis pasos. Mi eterna y fría compañera.
Es ella, en realidad, la que ha escrito estas líneas.

Libre

Siempre supe que tras la tormenta se escondía mi alma. Que el espejo me engañaba, que desde el principio las cartas estaban empapadas, que la tinta llevaba sal y detrás de cada esquina las expectativas tenían la textura de los sueños, el color del recuerdo y el rostro del olvido.

Pensaste que me perseguías pero yo solo huía de mis fantasmas.

Aún así el tiempo pasa. Las alas en mi espalda siguen desplegadas. A veces el viento las mece y alguna pluma arrancada dibuja en el cielo círculos grandes o escribe, lejos de mis ojos, poemas pequeños. Cuando la pluma cae después de volar la guardo en una caja para no pensar en ella. Por suerte su corto viaje llena el hueco que deja.

Por ahí viene otro fantasma y ya no quedan sitios donde pueda esconderme. Me arranco las alas, arrojo mi sombrero y dejo en el suelo el peso invisible que hay sobre mis hombros.

Estrecho la mano del fantasma, le doy las gracias y me voy cantando.

Al fin soy libre.

El abismo

A lo primero el abismo solo me miraba. Pero ahora, incluso, me habla. Hazme un poema –me dice siempre–. Le gustan tanto que ya voy por el tercer libro. Y aquí sigo, sentado en el borde, escribiendo.

¿Volveremos a vernos? No lo creo. Pero hagamos una cosa. Ya que has venido, quédate un rato conmigo. Hablaremos sin miedo y cantaremos sin voz. Después márchate. Déjame sentado, mirando al abismo, dedicándole poemas. Tengo todavía mucho que escribir: Tu piel, mis heridas, nuestro canto mudo y todas las historias que perdí. Sólo cuando el abismo deje de mirarme seré libre. Entonces buscaré un cielo oscuro al que dedicarle mis poemas.

El secreto

Tengo un secreto que quiero contarte.

Es un secreto que guardo muy bien aunque todos los días lo cambio de sitio para que no se acomode. Por la mañana lo escribo para que no se me olvide, por la tarde lo canto para que no me haga daño y por las noches lo saco a pasear para lucirlo bien, colgado de mi cuello.

Forma remolinos grandes y espirales pequeñas, está en todas partes y si no se muere acabará matándome porque nunca fui su dueño sino su rehén.
Mi brillante secreto de plata y de oro, que muerde en primavera y quema en otoño; hoy toca sacarlo de su escondite y echarlo a rodar calle abajo.
Si se cruza en tu camino será mejor que no lo toques porque te convertirá en estatua de sal.

A mí me ha convertido en caballito de mar.

Y he terminado rodando, calle abajo.

Abril en mil pedazos

Abril saltó en mil pedazos y durante varios meses fui encontrándome los trozos.

Unos pocos eran preciosos, los recogí.
Otros ya no estaban, alguien se los llevó.
Algunos echaron raíces, ahí los dejé.

Pero sé que hubo fragmentos que saltaron hacia atrás y se perdieron para siempre porque no soy capaz de recordarlos.

Creo que Agosto también saltará en pedazos porque ahora voy encontrando los trozos que caerán hacia atrás.

No sé qué hacer con ellos.

¿Los quieres tú?

Nube negra

El tiempo se me echó encima, los lobos de la pared, las ratas del espejo y los monstruos del armario. Hasta el hada malvada que vive debajo de mi cama y la serpiente que me abraza y lame mis heridas.

Cerré mi libro y abrí la puerta, pero vi la ventana rota y escapé por ella.
La caída no dolió, aterricé en una nube de tormenta.

A veces llueve, a veces lloro.

Cuando brille el sol, no antes, caeré al vacío.

Bajo las mismas luces

No es la arena de un reloj la que hace que el tiempo se marche.
Aquella noche de Otoño presagiaba tristeza pero aún así, decidí seguirte.
Bailamos pegados y con los ojos cerrados, cegados por las luces. Cuando la música paró, te fuiste caminando del brazo de mi mejor versión.

Todo lo que sube se olvida y luego, con suerte, se sueña. En la primera hora del segundo día, te cansaste de pensar.

No volví a seguirte… ¿para qué?

A veces regreso al mismo lugar y bailo solo, bajo las mismas luces.

Después caigo en espiral por la arena de mi tiempo.

Grietas

Nada es inmutable, dicen.
Las personas tampoco.

Algo pasó o cambió.

Cicatrizó? No.
Se agrietó.

Porque una cicatriz es prueba de progreso, de resolución, de superación.
Pero busco las mías y no las encuentro. En mí todo se añade, se acumula, se ensancha y se aleja, sin que un tejido nuevo lo sustituya.

Yo no tengo cicatrices, tengo grietas… y son mucho peores.

Lluvia

Un día soleado, vi que llovían diamantes, brillantes y cuarzos transparentes que dispersaban la luz en bonitos colores… Salí de casa para bañarme en sus reflejos multicolor –para qué si no–.

Volví cortado, tembloroso.
Envuelto en sombra y en frío.

Llovieron recuerdos, palabras y frases que parecían cristales que parecían diamantes. Formaron remolinos afilados, antes de volverse líquidos y desaparecer.

Cerré las heridas con sueños.

A veces imagino destellos de color, allí donde había recuerdos que parecían diamantes que fueron cristales.

Mi –imposible– quizá

Años más tarde supe que
mi “quizá” era imposible.

Sólo había un intento,
pero tuve frío y tuve miedo
del hueco que quedaba.
Lo cubrí con sueños,
cerré los ojos y
conté hasta mil.
Todo ello para no
pensar en nada más.

Mi quizá era imposible,
impensable,
el único y el último.

El antes y el después
del ‘puede que tal vez’
se hundió sin hacer ruido,
pesaba demasiado.

Ahora ya no pesa,
ya no está,
ya ocurrió
y ni siquiera
lo recuerdo.

Pero duele todavía.

Mi laberinto

Todo estaba pensado
escrito y dibujado:
El más bello
de los laberintos
jamás construido.

Con una puerta cerrada
a la que llamar en vano,
una ventana abierta
por la que poder gritar
y unos ojos muy tristes
por si quería llorar.

Todo sigue su orden,
camino en el sentido
de las agujas del reloj.
Pero persigo mi sombra
sin poder alcanzarla:
a una esquina y media
y a una melodía
de distancia.

En el más perfecto
de mis laberintos,
diseñado y erguido
sobre un buen poema
bajo un mal sueño.

Mi trofeo

Huyendo de mi sombra
hacia ninguna parte
con mi sombrero de lluvia
de ala ancha
y perfil estrecho
junto a los 4 elementos
–mojado, enterrado
abrasado, disperso–

Recogí mi trofeo
–abollado, oxidado, polvoriento–
de boca ancha
de base estrecha
y lo mostré al cielo
–al viento, al agua, al frío–
justo antes de esconderlo

Hoy decido
sacarlo del cajón
y guardarlo en el armario

¿Quieres verlo?

Desprendido

Desprendidas las hojas
de un libro ya leído

Desprendido el silencio
de las palabras escritas

Desprendidas las ramas
que murieron en Otoño

Desprendido el pelaje
que me abrigaba en Invierno

Desprendidas las horas
del día que terminaba

Desprendida la culpa
sobre mis hombros desnudos

Desprendida la vida
por mi reguero de ausencia

Desprendida la careta
aquella que sonreía

Desprendido desde entonces
desprendido incluso ahora

Desprendido… vivo, duermo, sueño
desprendido… hasta que muera

Niebla

Esperaba la niebla, contando hasta infinito con los ojos cerrados. Quería diluirme en ella y marchar juntos, muy lejos.

La niebla vino pero yo estaba dormido. Lloró sobre mi hombro y se fue sola.

Desperté con el hombro mojado, después de soñar con ella.
Seguí contando hasta infinito –con los ojos abiertos, para no dormirme–, esperando que volviera.

* * * * *

Hace tiempo que terminé de contar y la niebla nunca regresó.
Lo único que conservo de ella son las lágrimas que dejó sobre mi hombro.

Historias

Como las mentiras -y algunas verdades- hay historias que se cuentan y otras que no. Detrás del silencio que envuelve esas historias algunas veces hay dolor o vergüenza, pero en ocasiones se oculta una bonita añoranza. En ese caso las historias, como los muertos o como los sueños, hay que recordarlas de vez en cuando para que no acaben en terreno del olvido.
Mi historia, que en realidad era mi sueño, la callé, la olvidé y la enterré bajo la mentira -porque las verdades como puños siempre duelen si golpean la conciencia-. Pero entonces, cuando un viejo recuerdo llueve del cielo o cae de una estrella, es mejor cobijarse o apartarse porque si te alcanza, además de a la conciencia, el golpe va directo al corazón.

Mi enemigo el olvido

Cuando me cruzo con el olvido
vuelve la cara para no mirarme
cierro los ojos y los oídos
tuerce el gesto y aprieta los dientes

Contengo las ganas de girarme
porque sé que siempre marcha
altivo y orgulloso

Me crucé con el olvido un día más
sangraba lágrimas y yo también
los dos miramos hacia abajo
siguiendo el rastro que dejó el otro

Cuando no quedó ni rastro ni camino
ni pasos ni tropiezos
de nuevo volví a recordar

La ventana abierta

Se marchó por la ventana abierta, la que daba al mar. La vi alejarse rápido y pronto se convirtió en recuerdo. Brisa y rocío iban a ocupar su lugar pero a pocos metros se detuvieron, formaron una bella figura y quedaron congelados en el aire.
Todas las mañanas abro la ventana y contemplo la figura recortada en la claridad, sus trazos finos como brazos extendidos hacia mí pero sin llegar a alcanzarme. Respira, susurra y canta como una sirena enamorada. Yo la miro –también enamorado– y absorto la escucho, tan cerca de tocar su voz. A punto de sentir el abrazo de su aura plateada.

Un día abrí mi ventana, la que daba al mar.
No quedaba nada. Ni la brisa ni los trazos, ni la voz ni la canción. Todo era silencio. Vacío.

Un día no pude abrir la ventana.

Hoy, tan sólo puedo recordar.

Contrapunto

mi peor acierto, mi mejor error
raíces expuestas y flores enterradas
la voz callada, vibrante silencio
espejos opacos, reflejos en paredes

el viaje que nunca empezaba
todavía no ha acabado

salta hacia atrás, corre hacia abajo
cierra los ojos para mirar lejos
los oídos sordos para no gritar
una mentira más que sincera

ayer lloramos para no sentir
hoy reímos para no recordar

escribo en blanco, duermo pensando
en noches claras y luces oscuras
andar despacio, correr deprisa
volar parado, parar con prisas

una bola de billar
en un tablero de ajedrez

empieza la anti-partida

Despierta

Cortante y brillante
el aire congelado
Cuesta caminar
duele respirar
Abrir la puerta
caer despacio
Saber e ignorar
todo es empezar
La vuelta del revés
las voces que miraban
El cristal que cubre mi memoria
Todo es tan real como los sueños

Despierta

Mareas

Las mareas son los latidos del mundo, a su merced dejo mis pedazos. Lenta, mi cadencia y la canción de mi cabeza cuando dejó de sonar –o de soñar–. 

Me llama la marea, también es mi latido, mi sangre y las horas que me faltan para irme despacio, tras ella. 

No miraré atrás, que ya no queda nada.

Confundí las sombras con destellos. 

Me voy tras ellos.

Mi nuevo hogar

Coje mi maleta y tírala bien lejos, quiero ir sin equipaje a mi nuevo hogar. Los libros que leí, las frases que dijiste, todo lo que sé y todo lo que creo se quedará aquí. No llevaré nada, salvo algo de vacío con el que pueda envolverme como si fuera un regalo. También algo de tiempo para poder malgastar y mis juguetes rotos para bailar con ellos por si suena música triste.
Coge mi maleta y tírala bien lejos, que el tiempo se me acaba –no queda casi nada–.

Cuando vuelva, si es que vuelvo, no quieras consolarme y no preguntes nada, tan sólo coge mis pedazos y escribe en ellos la historia de mi vida. Cuando lo hayas hecho entierralos bien hondo y deja que la lluvia caiga sobre ellos…
Sólo entonces será cuando pueda sentirme libre.

Adolescencia muerta

Fui príncipe despintado
vestido de azul
sapo feo y gordo
en charca de ciudad

Jugamos al ahorcado
con tu melena rubia
y a las canicas con
mis ojitos de cordero

Planté flores detrás
de cada esquina
para que tú no las vieras
y perdí todas las noches
viéndolas crecer

Los miedos venían envueltos
en sábanas de fantasma
todos los días corría
con zapatillas de tacón

Fue bonito y horrible
ver la boca del lobo
con colmillos de cachorro

El tiempo libera y aprieta
sonríe y ahoga
te enseña la lección
llamándote idiota
y lo deja todo
perdido de arrugas

Desde los tejados
agarrado a las antenas
contemplo mi obra
y la lluvia caída
tras las esquinas
las flores muertas
que nadie recogió

Mi nueva afición

Necesito un hobby
para emplear mi tiempo
y distraer mi mente

Catador de venenos
aprendiz de fakir
equilibrista ebrio
domador de tiburones
pintor de casas encantadas
o ayudante de bruja medieval

Además de tus uñas en mi piel
quiero unas garras
hundiéndose en mi carne

Me cansé de mi oficio
y de mi don

Soñador de imposibles
dibujante de vuelos
pensador de laberintos
constructor de dudas

Me aburrí de otear infinitos
y vigilar estrellas fugaces

Vente conmigo
será divertido
saltemos juntos
al vacío existencial
y bailemos claqué
bajo el fuego cruzado

Los buenos recuerdos

Recuerdo los trazos inconexos. La gente bailando y el humo blanco manchando el aire.

Recuerdo el papel mojado diluyendo las historias. Las horas que dolían y los años que pasaban.

Recuerdo los sábados iguales. Los paseos largos que eran como huidas. Las manos vacías o llenas de dudas.

Recuerdo que caí hacia adelante con los labios cerrados. Y esperé, paciente a que la fría nieve me cubriese… Pero fue la lluvia quien lo hizo.

Nos unieron las nubes

Eran nubes grises, de tormenta, y en un momento cubrieron la ciudad.
Cobijado, el azar observó cómo ella me cogió de la mano. Yo fui incapaz de huir: la música triste me confundió y ya nunca dejaría de sonar.
Su abrazo tiene el color de aquella tarde. Aprieta.

Aún hoy seguimos quietos, empapados y unidos por las nubes.
Sus nubes y mi tormenta.
Y esa música triste que suena todavía.

Mi reflejo

Él me amenaza,
yo le ignoro.
Se lanza contra el cristal que nos separa.

Un matrimonio convenido,
convencido.
Convertido en mentira y en odio.

Le humillo,
me desprecia.
Le saco de sus casillas.

A menudo grita y llora.
Yo le miro de reojo, compasivo,
y preparo mi venganza.

Me iré muy lejos,
muy pronto.
Morirá, sin un reflejo del que burlarse.

El final de la espiral

Mi espiral sigue curvándose hacia su centro, como el surco de un viejo vinilo. Me pregunto qué hay al final (un espejo, tal vez, un candado, no lo creo, un sonido dulce entre destellos rosados, ojalá).
Los ruidos del mundo quedaron atrás y también las miradas de la gente, incapaces de seguir los giros en los que un día me perdí.
Ya es tarde para arrepentirme y para que oigas alejarse mis pasos –que son como latidos–, todo lo que queda está delante, una vuelta tras otra y mi figura haciéndose cada vez más diminuta para seguir caminando por esta espiral inacabable.

Fragmentos

Voy buscando trozos, reflejos, recuerdos… Están esparcidos y se ocultan entre los objetos. Algunos me ven y huyen. Otros se dejan coger y los observo atento. Si decido quedármelos se volverán negros, y ya no dejarán de preguntarme ¿por qué?
A veces tintinean como –tristes– cascabeles, como canciones mudas que sonarán cuando nadie escuche.
Estoy hecho de momentos unidos por una extraña magia. Y son tan pequeños que puedo deformarme para esconderme en las grietas que dejan los días…
Voy buscando lo que nunca tuve, lo que nunca vi, lo que yo mismo separé en retales afilados y cortantes. Quiero saber quién soy, o puede que sólo esté tratando de reconstruirme.

Mi ángel de la guarda

Dijo que era mi ángel de la guarda
pero tenía garras, colmillos
y mirada de loco.
Por las noches afila sus uñas,
por el día me dice al oído
“vente conmigo bonito”.
Yo trato de vencerle
con una guitarra vieja,
con mis piezas de ajedrez
y mi bote de Prozac,
pero sabe arañar y morder
siempre donde más duele.

Justo antes de dormir me sienta en su regazo, me desea tristes pesadillas y entona una nana siniestra. Acompaño su canción con mi guitarra de cuerdas oxidadas y lo miro de reojo… no sé si le tengo miedo o si le odio, pero mientras él me cante cada noche yo seguiré tocando y sentiré sus colmillos alimentarse de mi carne.

Sólo cuando ya no tenga nada que quitarme, me arrepentiré de no haberle estampado la guitarra en la cabeza, al hijo de puta.

Ella y yo

Rueda, bajo mis pasos la ciudad
sus rincones y resquicios
un jamás entre la lluvia
un perdón ante tu llave
abrí la cerradura
de una puerta dibujada.

Rueda, vaivén oscilante
ella viene y yo me voy
marea, me busca
mi valiente odisea
huyo como siempre y
vuelve como nunca.

Rueda ella, ruedo yo
los días sin sentido
las noches recordadas
la nostalgia también calla
aunque sigas preguntando
si todavía vive en mí.

Ruedan, las caras de la verdad
como perfectos engranajes
la mirada vergonzosa
y el rojo de la herida
es el rastro que seguí
para escapar de ella.

Tiempo

Los días son densos como una taza de chocolate caliente. Rezagadas las horas no puedo desecharlas y la memoria, desbordada, no lo soporta más. Entonces el tiempo cae y ya no se levanta, se queda en los rincones y debajo de la cama. Por las noches el aliento se enfría como cuando se materializan los fantasmas, y al hacerlo, sus bocas se mueven pero nunca dicen nada, por eso si me preguntan no sé qué contestar.
Mientras todos huís yo escribo espirales con demonios y dragones. Las manecillas del reloj siguen clavadas en mi carne y aunque el tiempo pase lento, al hacerlo me corta y me desangra.
Si esta noche –en lugar de los fantasmas– eres tú quien venga visitarme, seré yo el que te pregunte ¿cuánto tiempo me queda? Y tú tampoco sabrás qué contestarme.

Noches blancas

Cuando abren los museos de la memoria, los recuerdos pasean despacio y las horas desbordan debajo las sábanas.
Las noches ya no son negras, ahora son blancas y en ellas podrás ver mi sangre y mis huesos tratando de escapar hacia la mañana. Y cuando llegue, la mañana ya no será blanca, será negra y con ella cubriré mi rostro para que nadie pueda ver mi angustia.

En mis ratos libres

En mis ratos libres
con el disfraz por los tobillos
trazo una línea en el suelo
para estar detrás
con los ojos vueltos
y engullirme a mí mismo.

En mis ratos libres
si quieres búscame
pero no me encuentres
me tengo a mi merced
lejos de tu alcance
soy un péndulo en pendiente.

En mis ratos libres
sonriente soñador
varado entre cristales
no me olvides por si yo lo hago
deja que aprenda de
mis dragones y abismos.

En mis ratos libres
soy yo el que se muere
un poco cada noche
a pesar de todo
dibujando una ciudad
paseando entre su niebla.

La vereda

Aún en el páramo pueden abrirse veredas, por las que entre ráfagas de viento discurra algo de poesía.
Aunque sea la última…
Parecerá que ya no hay nada, pero quedarán las ganas de todo, lo dejado de sentir, lo faltado por hablar.
Aunque sea lo único…
Donde los sonidos son lentos y al tiempo le falta un rato para llegar, donde tú y yo quedamos abrazados y enredado, tu pelo en mis promesas.
Aunque sean las de siempre…

La katana

De labios finos y ojos rasgados…
Su beso cortaría el aire y tu alma, si la pones a su alcance.
Te araña con cuidado y con cariño, a la vez que te desangras y te enamoras.
Por ella. De ella.
Sueño con tenerla en mis manos y que desangre mi alma a cambio de un beso, de una sonrisa brillante y curvada.
Por ella, con ella, mi katana, cortar el aire y abrir el cielo.

Si…

Si esta carta fuese de amor la firmaría con lluvia para echarte de menos.
Si estas líneas fueran un dibujo serían “El beso” de Gustav Klimt o un boceto de Dalí.
Si estas letras fuesen un deseo sería el tuyo, si fueran una pena sería la mía y si fuesen un privilegio sería el de tenerte.
Si este papel no fuera mudo sonaría un rock’n’roll y alguien gritaría ¡Oh yeah!
Si estas palabras fuesen valientes y no buscaran desesperadas un sitio donde esconderse estarían escritas con mi sangre.
Y si hoy no hubiera ayer ni mañana ni tampoco distancia… entonces le gritaría al mundo que te quiero… ¡Oh yeah!

Despedida

Trazadas mis palabras –que no escritas– con sextante y mapa estelar, ahora sólo ruedan, solas, y se alejan –se adentran– sin ningún deseo, sin preguntar ni siquiera por qué.
Sal conmigo a la ventana, juntos las despediremos, antes de que se marchen del todo.

Mi burbuja

Palpita. Ausente, sufrida.
Sufriente. Dormida, me envuelve.

Aunque parezca hecho con lágrimas antiguas el cristal no se evapora como lo hicieron ellas.

En su caída, la línea era blanca pero al otro lado del prisma tú la viste de colores.

No podré salir ni tú entrar, por más que te acerques, la burbuja me mantiene lejos, a una vida y media de distancia.

Incluso cuando ésta acabe, todo lo que fui seguirá en su interior.

Palpitando, durmiente.
Mi envuelta ausencia.

Rarezas

Hay un nudo en cada minuto que estoy obligado a deshacer para seguir avanzando, despacio.

Hay un ojo que dibujo, ciego y mudo, tras cada esquina, para que me observe, me juzgue y me lleve preso –si fuese necesario–.

Hay algo que sobra, que falta, que ahoga, que quema.

Hay algo que es nada, pero lo abarca todo. Tan cercano, tan distante…

No lo busques, no lo toques, no lo quieras, no lo entiendes… porque no queda, no suena, no flota ni vuela…

Pero está en mí y desde mí.
Por mí y para mí.
Y morirá conmigo.

La lluvia

Bohemia (139)

Me concedieron un deseo, sólo uno.
Elegí lluvia, como podría haber elegido sol, cielo, nebulosa o big bang.
Mi deseo me fue concedido, y nunca supe –ni sabré– quién me lo propuso y me lo otorgó, pero pienso, empapado, que podría haber sido mucho peor.
A veces me deslizo como una corriente por la inclinación de las aceras y otras veces permanezco estático, como un charco en el que puedes reflejarte si así lo quieres.
Pero, mi consejo, si a ti también te dieran a elegir… no elijas lluvia. Elige sol, o niño, o tigre, o tierra.
Déjame a mí las gotas grises y frías porque ya las hice mías. No te diluyas ni te vuelvas transparente, y no te deslices que eso es cosa mía. Corre, elévate, empodérate y vuela… que yo me quedo a ras de suelo, ajeno y a salvo de tu fuerza, siguiendo mi pendiente camino del mar.

Sombras

Las del suelo y la de las paredes.
Algunas se mueven al son de los cuerpos a los que pertenecen. Otras estáticas, cuelgan de los objetos inanimados.
Me pregunto cuál de las dualidades es la verdadera. ¿Y si los cuerpos en realidad dependen del movimiento de las sombras? ¿Acaso son ellas las que en realidad viven y nosotros no podemos más que seguir sus pasos inevitables? ¿Somos la proyección viva de algo plano y oscuro, que se mueve y piensa un instante antes de que lo hagamos nosotros?
No hables conmigo. No pienses en mí. Hazlo con mi sombra, en mi sombra. Ella es la que vive, la que piensa, la que observa.
Yo, tan sólo estoy a su merced.

 

La mitad oscura (del cuarto creciente)

No es que la luna mengüe para hacer una cuna. Es que cada noche sale a bailar y en su danza, su falda se eleva o reposa.
Curiosa, observa paciente y luego, enfadada nos vuelve la cara.
Y se ríe, plateada, luminosa.
Y llora, derrotada, sobre las mareas.
Aburrida de mirarnos y cansada de llorar, un día se marchó. Buscó otro planeta, otra estrella con la que seguir bailando, girando, riendo, gritando, llorando…
Los más viejos todavía recuerdan el grácil vuelo de su falda, elevándose o reposando, que marcaba el inicio y el final de todas las noches.

Mi incertidumbre

Miénteme cuando me hables y mírame cuando me olvides; si entre la multitud me siento solo y al mejor postor, tendré que decidir cuando la moneda todavía da vueltas en el aire.
Sólo hay que mirar al suelo y agachar la cabeza mientras cae la tormenta.
Todo lo que venga después lo podrás recordar u olvidar… aunque alguien nos mienta.

Obsesión

1

No tuve tiempo de ordenar mis pensamientos ni de sacarte de mi cabeza.
Y ahora, en forma de obsesión, apareces y te escondes, te pierdes y me encuentras, te burlas, me consuelas, me matas, me renaces, me olvidas, me recuerdas… siempre a tu antojo.
Mientras, cada día me odias un poco más y cada noche me amas un poco menos.

2

No quiero verte, ni abrazarte, ni besarte.
No quiero pasear contigo, ni coger tu mano, ni dormir a tu lado ni que amanezcas sobre mi pecho. No quiero tenerte ni amarte, soñarte o añorarte, no aspiro ni siquiera a follarte…
Tan sólo quiero ser tu malsana obsesión.

Mitades

La mitad de la noche la pasé durmiendo. La otra, es posible que soñando.
La mitad de los años que me quedan por vivir y la mitad de los vividos están separados tan sólo por un instante (éste). Y si los sumáramos, formarían la mitad de mi vida.
La mitad de mi corazón se quedó lejos de mí. La otra mitad, la llevo encima pero ahora mismo tiene los ojos cerrados y no quiere sentir. “Para qué”, repite sin cesar, si la mitad de la gente son desconocidos y la otra mitad no quiere escuchar.
No soy una mitad, ni tú tampoco. Pero antes de saberlo, aguardábamos ignorando la mitad de las cosas que nos iban a pasar. La otra mitad, ya había pasado igual que pasan las estaciones (inevitablemente).
La mitad de todo a veces es menos que la mitad de nada. Pero la mayoría de la gente no lo sabe todavía. Y no lo digo yo. Lo dice la mitad de mi verdad. La otra mitad, es posible que sea mentira. ¿Cómo saberlo? si pasamos la mitad de la vida con los ojos medio cerrados y el corazón partido por la mitad…
Están son las reflexiones de la mitad de mi alma. La otra mitad, que viene y que va, vaga como un fantasma al que le quitaron su mitad y la busca por la mitad del mundo y la mitad del cielo.

Mis flecos enredados

Recojo los flecos enredados de mi día en una madeja brillante del color del vino y de la sangre, vertida como la tinta torpe hacia palabras y frases que me consumen a la vez que te emocionan, que te divierten… o que te consuelan.
Son éstas las que sin un significado claro serán oscuras para que se distingan de las sonrisas falsas y las envidias que tienen que venir.
Tras de mí, los cielos abiertos cerrarán sus puertas… y sólo podréis imaginar lo que queda más arriba, allá donde a veces me paseo para huir.
Desde allí se divisa y se divide el mundo en fragmentos que uniré como las frases, mientras tenga algo que callar para poder escribirlo.
Mientras, a salvo de vuestras miradas y mucho más allá de las puertas cerradas del cielo abierto que miráis absortos, trato de encajar las piezas del mundo y de mi vida, para que en algún sueño sin sentido de una noche de Otoño pueda reunirme con vosotros, pero solo hasta que los flecos enredados de otro día me reclamen, tan brillantes como siempre, para ser enmadejados.

Un poco de ciencia. El punto azul pálido (Carl Sagan)

Un punto azul pálido es una fotografía de la Tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 desde una distancia de 6000 millones de kilómetros. La imagen muestra la Tierra como una mota o punto de luz casi imperceptible debido al fulgor del Sol. La foto fue tomada el 14 de febrero de 1990, y Carl Sagan tituló una de sus obras “Un punto azul pálido” inspirándose en esta fotografía.

Estas son sus reflexiones, sus pensamientos en el sentido más profundo de la fotografía:

«Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.»

Carl Sagan.

Un poco de religión. El Dios de Spinoza

Cuando Einstein daba alguna conferencia en las numerosas universidades de USA, la pregunta que le hacían los estudiantes era:
-¿Cree Ud. en Dios?
Y él respondía:
Creo en el Dios de Spinoza.
Baruch de Spinoza fue un filósofo holandés considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés Descartes.
Este es el Dios o Naturaleza de Spinoza:

“Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.
Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.
¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa.
Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.
Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.
El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.
Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito…
¡No me encontrarás en ningún libro!
Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decirme a mí como hacer mi trabajo?
Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te crítico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.
Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice… yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias… de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad?
¿Qué clase de dios puede hacer eso?
Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti.
Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.
Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.
Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.
Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.
No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.
Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di. Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?… ¿Te divertiste? ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste?…
Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.
Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?
Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido?… ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.
Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han enseñado acerca de mí.
Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas.
¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?
No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro… ahí estoy, latiendo en ti”.
Spinoza.

El primer Sábado

Nuestra primera conversación fue tan absurda como una clase de inglés.
¿Recordáis las clases de inglés? Preguntas y respuestas corteses y perfectamente medidas en un contexto claro, con adecuada tensión y resolución plana. Dudas blancas y blandas de ascensor, hospital, hotel, restaurante y supermercado.
Nos dimos dos besos de manual. ¿O fue un apretón de manos? Tal vez fuesen las dos cosas. Pero tras esa frialdad impostada pude ver nuestra vida reflejada en tus ojos. El futuro (ese que parece que nunca llega) tomó forma en 15 segundos, un sábado cualquiera. Y quedó a nuestro alcance, para recorrerlo juntos. Un paso tras otro. Una curva tras otra. Un destino y el otro:
El tuyo y el mío.

Y aunque después vendrían unos días que serían como noches, al final el amor, además de ciego y un poco loco, también es sabio y siempre tiende al equilibrio, al igual que el universo regido por sus leyes.
Nunca creí en el destino ni en la eternidad, pero mientras ella y yo sigamos caminando, existirá un futuro que compartir juntos, múltiplo de un bonito –y lejano– sábado lleno de luz, en el que todo comenzó.

Para Bea.
Porque en la vida hay –sólo, siempre– un gran amor.

El vacío no era esto

Ni bien ni mal ni regular
ni todo lo contrario.
Ni tú ni yo
ni jamás nosotros.
Ni esto ni lo otro
ni tampoco aquello.
Ni flores ni espinas
ni aroma de rosas.
Ni aquí ni allí ni cerca
ni de coña lejos.
Ni puertas ni ventanas
ni persianas bajadas.
Ni dormido ni soñando
ni haciéndolo despierto.
Ni ahora ni nunca ni siempre
ni tiempo por llegar.
Ni familia ni amigos
ni al lado de nadie.
Ni uno ni dos ni diez
ni de cero a cien.
Ni lunes ni domingo
ni fiestas de guardar.
Ni solo ni acompañado
ni rodeado de gente.
Ni guapo ni feo
ni espejos para mirar,
para romper…
O reflejar.

El vacío no era esto…
Ni lo otro.
Unas veces no era nada…
Y al final se volvió todo.

A destiempo

Siempre soñé después de despertar para amanecer en otro lugar. Sin moverme del sitio escuché sin hablar y escribí sin pensar para no pensar en nada. Y en nada me quedé cuando quise conocer lo que todos ya sabían. Entonces supe que tenía que marchar, pero sólo corrí cuando era mejor ponerse a descansar.
Al final descansé, aunque fue después de dormir una noche más. Así que dormí cuando había que volver y volví cuando había que esperar… O eso me pareció, cuando parecía que estaba detrás pero sólo miraba hacia adelante. Y hacia adelante caí cuando ya no quedó nadie. Por eso nadie me dijo que hubo muchas cosas que nunca ocurrieron.
O sí que lo hicieron, pero a su debido destiempo

Verde no es naranja

“Verde no es naranja”.
Ni mi voz es palabra, acaso, sólo oscuro silencio.
La sombra que se aleja no es la mía.
Ni el amor de tus ojos deja surcos como el llanto.
Negro tampoco es rojo.
Hasta que sangra la pared sobre el blanco de un espejo.
Enfrente, ya no queda la verdad.
Estoy yo, perdido. Estás tú, detrás.
Estamos los dos, perdona, bajo el blanco satén de las sábanas calientes.
Los cipreses no llegan al cielo aunque lo intenten.
Ni los sauces lloran en realidad.
Tampoco lo pretenden.
“Verde no es naranja”, dijiste una mañana mientras te miraba.
Y no eran horas de mirar.

El blanco de Diciembre

La melancolía de fondo
late en una foto de color sepia,
donde todas mis dudas son
los restos del naufragio.
Las noches largas vienen
caídas del cielo junto
a las miradas hirientes
y engarzadas de la gente:
Bajo sus pies, las cuchillas
marcarán el hielo y
abrirán mi piel, para
que en el filo del invierno
también esté mi sangre.
Mi sangre caliente y blanca
sobre el blanco de Diciembre.

Mi inconexa voz

Todas las noches llueven letras y palabras desmembradas.
En los rincones se acumulan, como pelusas. Inconexas, sólo el azar las pronuncia para los oídos sordos de la gente. También para los ciegos que no quieren ver.
Yo tampoco oigo, ni veo. Y cuando hablo lo hago con los restos de palabras inconexas y moribundas que encuentro por los rincones.
Así, cuando calle el cielo morirá mi voz.
Mi inconexa voz.

Orilla

Me quedé dormido en la orilla.
Todas mis flores se marcharon con las olas.
Las algas se enredaron en mi cuello.
Mis sueños se llenaron de sal…
Cuando desperté, me quedé mirando el horizonte.

Distancia & Olvido

Nos tenemos
nos marchamos
abrazados nos besamos.
Estoy a tus pies
te tengo en mis manos.
Duele estar lejos
y en mitad de la historia.
Pero te oigo respirar
porque en la apariencia
o en la verdad
la distancia es incapaz
de volverse olvido.

Dormir & Soñar

Hay gente que vive en su sueño más bello y más profundo.
Hay gente que no duerme y sólo sueña con aquello que nunca llegará.
Hay gente que duerme sin soñar.
Y hay gente que mientras duerme -prisionero de su tristeza o de sus pesadillas más negras-, acaba cayendo por alguna de las numerosas grietas de su vida… Y luego cuando despiertan, se dan cuenta de que todo cuanto conocen y han vivido se queda en otra vida que ya no es la suya.

El tiempo detenido

Hay sitios en los que el tiempo no transcurre. Nunca llueve, y cuando lo hace ya nunca termina: las gotas quedan prisioneras en los cristales sin saber cómo deslizarse hacia abajo. Y lo que ves es siempre lo mismo en todas partes; la misma luz de una luna que nunca se esconde, las mismas siluetas proyectadas en la misma pared, la misma hora en el mismo reloj que hace años se paró, cuando en algún momento aún daba tiempo de que fuera demasiado tarde.

Entropía insoportable

Los pensamientos y los recuerdos son instantes de una vida que la mente desordena. Los míos, inquietos, cambian de sitio constantemente. Entre los charcos y las nubes, como las perseidas, lloran a veces para brillar. Mientras trato de ordenarlos, y sólo guiado por su brillo fugaz, la insoportable entropía los esparce frente a mí. Una y otra vez.

Rasgado

Las palabras más sinceras dejan surcos en el papel, como las cuchillas sobre el hielo.
Ayer, el tiempo entre cristales rotos no avanzaba para no sangrar pero hoy, busco las cicatrices que el silencio dejó en la memoria.
Sangre y tinta se deslizan por las grietas largas de los ventanales, tras los cuales escondí la noche arrancada del día y seccionado, el odio del amor.

Frío susurro

Todavía no entiendo como pudo acorralarme si estábamos en mitad de la nada. Tal vez, aunque mis zancadas eran tan largas como quise imaginar, él era tan poderoso como fue capaz de pensar.
Sólo recuerdo el frío como un susurro vivo, adueñándose de mi alma y haciéndola suya como un parásito invisible de brazos largos. Aún hoy seguimos trenzados en una dualidad andante y pensante, abocados el uno al otro y a una realidad de la que jamás podremos escapar.

Lejos

Lejos…
Mientras encuentre un sitio donde pueda esconderme y quede tiempo del que tenga que huir.
Muy lejos…
Hasta que no haya un mañana que venga detrás ni una verdad que a todos nos conjugue.
Más lejos…
Sólo entonces.
Cuando ya no tenga nada, ni letras ni leyes…
Ni siquiera tú.
Ni yo.

Mientras la vida pasa

Alrededor, las escenas no dejan de bailar.
Igual que la luz y las sombras que proyectan.
También la gente con su nervioso devenir y sus palabras idiotas.
Inútilmente, trato de seguirlo todo con la mirada. Pero a veces, ni con el pensamiento puedo.
Arremolinada, la realidad juega con vosotros y os hace bailar con el resto de las cosas.
En mitad del movimiento y como el ojo del huracán, sólo yo permanezco estático.
A veces errático.
Y mientras, la vida pasa…
en sentido figurado.

Llorar & Morir

En esta vida sólo mueres una vez, aunque puedes llorar muchas veces.
Yo sólo he llorado una vez, pero he muerto varias veces. Y en todas y cada una de ellas, en lugar de llorar dejaba escapar palabras, frases y poemas, para que al leerlo fueran otros los que llorasen en mi lugar.

2 mitades

Como aquella película en blanco y negro en la que las nubes afiladas pasaban por delante de la luna y después una cuchilla rasgaba un ojo que miraba al infinito con absoluta indiferencia… el filo por el que yo paseaba me seccionó con total limpieza y precisión.
Ahora soy dos mitades unidas por no sé qué extraña magia que siguen paseando tambaleantes, por ese filo del que aún hoy, sigo enamorado.

Volar

Lo absurdo de las cosas
y lo absoluto del mundo
nos mantiene amarrados a él…
girando con él…
queramos o no.
Volar, sólo volar.
Dejar de mostrarme.
Volar más alto que
las miradas de la gente
y sus absurdas opiniones.
Volar más allá de todo
y más lejos que siempre.
Hasta que duela la lejanía,
el esfuerzo no será en vano.
Sin preguntarme por qué
o por qué no.
Mientras…
Los días seguirán comenzando
hasta que el mundo se detenga.
Y cierre mis ojos.
Y pliegue mis alas
(mis alas de fantasía).

Mil caras

Aquella que imaginé, que soñé. Aquella que todas las noches se enamoraba de mí. La que yo mismo perfilé con pensamientos y anhelos.
Quien después de darme calor se perdía entre el frío de las sabanas cuando llegaba el día. A quien puse mil caras y cada noche le dedicaba un poema. Ella era la extensión de mi soledad, alimentada con promesas y abrazos imaginarios. Tenía mil maneras de acariciar y otras tantas de marcharse.
Una noche no acudió a su cita. A pesar de amarla con toda mi alma, no fui capaz de llorar. Quizá porque nunca fue mía.
Y me olvidé de ella.
Tiempo después, la he vuelto a ver.
La noche la envolvía mientras la observaba por la ventana. Ausente, caminaba descalza por los tejados. Parecía el espectro de una dama victoriana, herida y despechada, arrastrando mis promesas de amor como si fueran viejos y pesados ropajes. Seguía teniendo las mismas mil caras, una distinta para cada noche.
No me miró. Sólo caminaba…
Cerré la ventana.
Decidí dedicarle un último poema. Para que le ayudase a llegar al final de la noche y no pierda lo único que tiene. Para que encuentre pronto otro soñador que pueda construirle un mundo imaginario, tan sólo para ella.
Antes de volver a mi cama, supe que no era yo sólo el que la había imaginado.
Tras muchas de las ventanas, había una mirada observando su lento paseo hacia la nada, sintiendo exactamente lo mismo que yo.
Desde entonces, en las noches más oscuras, sólo cuando no hay luna que la observe, sale a pasear. Y desde su mirada vacía y ausente, nos recuerda… o nos maldice. A todos y cada uno de los que le jurábamos amor eterno hasta que después amanecía… A todos los que un día nos olvidamos de ella.

Adiós a mis cuervos & El fin del Invierno

Dicen que nada es para siempre. Aunque a veces se nos olvida. Y al final, todo viene y después se va, en una vida que es como un péndulo gigante y pesado con su largo y cadencioso vaivén.
Una vez que los cuervos (los cuervos más negros de toda la noche) lograsen anidar en mi cabeza, ya estaba acostumbrado a su aleteo, su insoportable crascitar, y los picotazos constantes en mi memoria hasta dejarla arañada y marcada en pura melancolía (haciendo que la lluvia del Invierno durase casi todo el año).
Tan sólo algunas veces, quizá por cansancio, quizá por lástima, cesaban su errático aleteo y dejaban que entrase un poco de luz a través del sus alas. Y durante ese rato, su plumaje negro intenso se volvía azul oscuro o incluso púrpura…

Hoy han amanecido con ganas de marchar.
Esbozo una sonrisa. Cierro los ojos, abro mi mente y les dejo que vuelen libres.
Que se vayan a otro cielo, a otra tierra, bajo otra lluvia.
Yo no les guardo ningún rencor.
Y así me despido de ellos y también del Invierno. Para siempre.

Tan sólo un instante después, les doy la bienvenida a los dragones.
Que vengan con su batir de alas poderosas, sus ojos encendidos y sus fauces humeantes.
Y que envuelvan mi cabeza en un infierno, que abrasen y arrasen lo poco que los cuervos dejaron sin picotear.

Vals triste

Sonaba el primer vals en el último bar.
Era el vals más triste jamás compuesto.
Bailé, mientras todos lo demás se marchaban.
Cuando el vals terminó tú viniste a rescatarme,
pero yo también me había marchado
con una bandada de cuervos.
Eran los cuervos más negros de todo el cielo.

Rosas

1

Todas las noches frente a tu puerta,
dejaré rosas blancas
de escarcha o de nieve.
La rosa roja, la de sangre,
aunque sea también para ti…
la guardaré yo.
Siempre.

2

Nunca sabré si mis rosas
se desangraron
o sólo lloraron
hasta morir.

Delirios de grandeza

Me abrigo bien
(soy muy prudente).
El viento frío cerró la ventana
(la que daba al mar).
Tiró de la puerta, la dejó abierta
(fui un inocente).
El instinto escapó por ella
(sí, él fue muy listo).
Obedezco a mi conciencia
(por favor, enmudece).
Este es mi equipaje de
momentos polvorientos
(que alguien se lo lleve)…
Mi curiosidad sube al universo,
pero mis ojos se van al suelo
(así esquivo la mierda de los perros).
Mis sueños caminan conmigo,
enteros, rotos o esparcidos,
porque de ilusión también se vive
(o eso es lo que dicen)…
Cuando llega la noche, unos rezan,
otros duermen. Otros sueñan
(hay quien muere)…
Un rayo de luz que se cuela,
entre tanta oscuridad
(muy poderoso el instinto).
Mis vecinos me saludan,
hasta que cruzo la puerta
(nadie sabe lo que pienso).
Un paso va detrás de otro,
pero ninguno resuena
(ni siquiera los tropiezos)…
Invento palabras inconexas,
frases engreídas.
Un papel en blanco
que recoge mis deseos:
Retales de realidad
(delirios de grandeza).
Donde la vida se analiza,
se procesa, se resuelve
(y después se queda igual)…
Todo cae por su propio peso,
los años vividos también:
El tiempo impondrá su final
(ya lo sé, no hay más remedio)…

A punto de tenerme

1

Siempre es de noche
después de llover.
Siempre te quiero
después de besarte.
Siempre te olvido
después de volver.
Siempre me escondo
antes de marcharme…
Y aunque siempre me atrapes
después de tenerme,
siempre me tienes
a punto de perderme.

2

Seguirá siendo de noche, incluso después de que haya amanecido. Cargarás con la lluvia en tus bolsillos y en tu mochila el resto de tus días. Y no será lluvia fresca, aquella que limpia el alma y la tierra, no. Será una lluvia fría, gris y mortecina, una lluvia helada que caerá en mitad de tu ego.
Me besarás cuando yo quiera, como yo quiera y te haré pensar que me muero de ganas por sentir tus labios lamiendo los míos…
Mientras, te olvidaré mucho antes de lo que tardes en volver a recordarme.
Porque después de atraparte acabas volviendo… tan iluso que sales de tu escondite antes de que piense en buscarte… y entonces soy yo la que me voy, después de quererte, tan sólo un ratito, hasta dejarte paseando en espiral por tu altivez, mientras la tormenta fría te deja calado hasta los versos.

Toc toc…

Vine mientras dormías… para quedarme contigo. Nunca sabrás cómo soy, ni dónde estoy, si te estoy mirando o juzgando, si te quiero con locura o si te odio con toda mi alma…

Siempre te preguntarás cómo soy capaz, en un momento, de hacer que las líneas se tuerzan y se enreden, de obligarte a enderezarlas, incluso de trazarlas de nuevo. Cómo puedo hacer que el polvo invisible brille como las estrellas, cómo hacer que nunca olvides aquello que falta por hacer, por escribir, por proyectar, hasta convertirlo en pura insistencia…

Vine para quedarme, me enredaré en tus sueños y en tu realidad pero no estarás loco, tus sentidos estallarán, te haré especial y distinto, unas veces seré luz, otras oscuridad. Me quedare contigo y mientras los demás vean locura yo seré genialidad.

Toc, toc… puedo pasar?

Colaboración: Bea

La nada errante

Como una cuchilla cortando el aire, que corta también cualquier cosa si osas ponerla en su trayectoria.
Ella me espera en la estación y me acompaña, aunque el tiempo detenido marche en otra dirección.
Se mezcló con mi pasado y con mi futuro, como leche y café, como un poema trenzado con nostalgia.
La nada errante, trenzada también en mi voz y mi garganta, en mis horas y mis días… en los sonidos de mi guitarra y en mis manos frías.

Viajera, dormilona.
Relajada, lacerante.
Cotidiana…
Inacabable…
Que no entiende de nostalgias ni escucha tus palabras.
Sólo es. Siempre está. Conmigo… y volviéndose todo.

Mis manos (de Otoño)

Esas noches contagiosas que me vigilan hasta que caigo dormido (y también durante el día).
Esos días de Invierno de esa vida de Otoño, fugaz, que se escapa entre mis manos frías (también de Otoño).

Ya veremos a dónde marcharé cuando decidas quedarte, mientras, ensayaremos el sonido del agua que cae, la que emborrona los recuerdos gratos (y los más dolorosos).

Te presto el silencio que queda tras mis pasos largos, los que huyen de todo (de ti también) haciendo ese viaje que nunca acabaré porque todavía no he partido.

Nuestra tristeza

Movida por el viento pasea oscura, flotando, buscando un rostro que cubrir.
Cuando la nube desata su tormenta, llueve en tu mirada y también en la mía. Pero quiero pensar que la nube negra no forma parte de nosotros.
Solamente viene.
Simplemente va.
Ajena a sus miradas enturbiadas. Adónde la mueva el viento caprichoso, ese que aún hoy sigue abofeteando nuestro rostro.
Pero cuando la nube se vaya a otro lugar para llover en una nueva mirada, las huellas que haya dejado en nosotros serán nuestras y solo nuestras.
Y esas al menos, a pesar de quedar marcadas para siempre, ya no volverán a hacernos daño. Nunca más.

Viento de Otoño frío de Invierno

Pienso en el viento de Otoño que pasa de largo, que viene o nos lleva y nunca se queda…
En un instante sabemos cuando por siempre se cierra una puerta y todo lo demás quedará detrás…
Me quedo a éste lado de tu orilla:
Recuérdame mientras comprendas que mi puerta se mantuvo de par en par abierta.
El día que el viento del invierno sople muy fuerte me iré con él y cuando sientas el frío en tu rostro, mis labios en los tuyos dejarán su huella de escarcha.
Y así, de cada nube blanca tendrás que rescatar un bello poema y recitarlo cada noche, pues tras cada puerta oscura que quede cerrada, estaré para escucharlo.

El canto del cisne

Faltan dos canciones para que el día se termine. Y otras dos que nunca sonarán. Acaso, sólo en mi cabeza. Y en la tuya, si es que algún día volvemos a tararear la misma melodía… como ya lo hiciéramos alguna vez, cuando tu luz azul rompía mi silencio blanco, de escarcha, de Invierno.

Faltan unos pocos pasos para llegar a ninguna parte. Y otros tantos para regresar al punto de partida. Cuando empecé a caminar, a tropezar, a sangrar… antes de saber que tenía alas en lugar de pies. Que todos mis sueños eran sólo lo que precedía al despertar.

Hizo falta tan sólo un parpadeo, para enamorarme. Ella me envolvió y caí rendido, a sus pies. Entreabrió sus labios y me besó. Me tomó de la mano… después la apretó y me arañó. Supe entonces, que sus largos colmillos acabarían por hundirse, bien profundos, en mi cuello.

Faltan unas gotas para acabar de desangrarme.
Y mientras, tarareo, aquella nuestra melodía… Como un cisne, a punto de morir. El estribillo que soñé. Con el que me desperté. La canción que terminó cuando el día empezaba, cuando tropezaba una y mil veces, en tierra firme mientras caminaba en círculos… Cuando confundí sus ojos con el aleteo de una mariposa.

Una caja con tus sueños

Mientras las luces parpadean y mi recuerdo surca la distancia…
Mientras las horas pasan rápidas y los días lentos…
Mientras los pasos fríos resuenan en mis labios de silencio…
Queda la noche para esperar y el día para soñar.
Quedan tus ojos para alumbrar, los míos para observar. Tu risa para sentir.
Queda la lluvia, tras el cristal.

En un instante cabe una vida entera.
En un latido todos los besos.
En un recuerdo todos los años.
En una caja todos los sueños.

Mi corazón en una caja

¿No está la felicidad
en la ignorancia?
Mientras el corazón habla
mi cabeza lo oculta tras un telón.
Así no suena su voz
(ni sus latidos tampoco).

Lo he logrado, por un momento
(me ha costado).
Hablo, sólo hablo y no siento,
pues no quiero sentir
(a veces es mejor).
Pero, ¿hasta cuando?
El tiempo pasa demasiado rápido:
la realidad fermenta y se hincha…

Mi corazón sigue hablando.
Pero no puedo escuchar
(tampoco decidir).
Necesito tiempo
(pero, qué rápido se va).
Tiempo para pensar
(pensar y no sentir).

Tomo mi corazón; lo tengo en las manos.
Aunque no se oyen sus latidos,
sé que lo hace
(intensamente, además).
Porque, por suerte, sigue vivo
(eso sí que lo sé).
Pero mientras siga hablando,
lo guardaré en una caja…
Para que alguien lo encuentre
(y se lo quede si quiere).

Ahora que…

Ahora que todo se volvió del color del hueso, de la cera, del marfil.
Ahora que las oscuras golondrinas volvieron para quedarse.
Ahora que veo números donde antes había gotas de sal.
Ahora que las caricias arañan la piel y las hojas del calendario caen, arrancadas con los dientes.
Ahora que los días son verdugos de las noches que aún me quedan.
Ahora que es después primero que antes, que es Agosto en pleno Diciembre.
Ahora, se cerró el tiempo, se murió el momento… se cayeron de bruces los sonidos que provenían del alba.
Ahora, toca el silencio de mil voces,  mientras una guitarra calla cuando antes sólo musitaba.
Ahora, es la hora de no volver a levantarse, de saludar con un adiós, de contar con los dedos de tus pies.
Llegó el momento de mirar atrás y olvidar lo que hay delante, porque por mis venas corren sin rumbo los sueños rotos y por las calles vagan los versos tristes, bajo la lluvia fría de mil tormentas. Aquellas que todavía no han caído.

El universo es una taza de café

En un instante cabe una gota perdida de mi voz.
En un sólo trazo caben mil palabras de amistad (o de amor).
En un vuelo cabría una vida entera y en una sonrisa la luz de una mirada.
El universo es una taza de café y el invierno una urna de cristal.
Las lágrimas se irán con el viento del Otoño cuando todos los labios guarden silencio.
Duerme y olvida, pero cuando despiertes recuerda que somos del color de aquello que pensamos.
Sé blanca, sé roja.
Sé azul. Sé verde (incluso).
Pero (siempre) sé…
TÚ.

En tu mar mi barco

Vuelvo a perderme, solitario, en parajes olvidados.
Mis manos frías sostienen los delirios del futuro (y en tus ojos un barco partió entre lágrimas y sal).
Seguirán callados los pasos de mi cuerpo, lejos del último abrazo y el último «te quiero».

El sol oculto por las nubes,
muestra el rosa de tus labios.
El rastro torpe de mi huida,
hundido en tu mar mi barco.

La noche calla porque te sueña;
la luna luce mientras me esperas.
La sombra es muy fría y
mis manos tiemblan…

Tu nombre vive entre luces, guardado.
El alma muerta, sobre tu ausencia,
vuelvo a besarte llorando.
Camino buscando mis huellas:
Cerrados mis ojos, con clavos.

Morir en Otoño

Quiero que el sol se oculte cuando yo me vaya. Que te acuerdes de mí cuando crujan tus pasos sobre las aceras.
Quiero que llueva hasta que no se distinga la marea de las olas.
Que el frío congele tus lágrimas cuando caigan sobre aquello que escribí.
Quiero ser polvo de nieve, alma de cristal. Ojos de hielo, corazón de agua. Que mi memoria se vuelva azul.
Nací en primavera.
Quiero morir en Otoño.
Y que el invierno escriba mi epitafio.

De estación a estación

La vida, dicen, es como un viaje en tren.
Un billete que va arrugándose en el bolsillo, un reloj que marca las horas que nos quedan; las escenas que pasan rápido tras la ventanilla, y siempre, de estación a estación mientras dure nuestro viaje.
Mi alma sobre las vías camina sólo hacia adelante porque ya se quedó atrás, allí donde mis ojos olvidaron su equipaje y miran nostálgicos:
Delante, las luces lejanas del último vagón.
Detrás, las luces amarillas de la ciudad.
Arriba, la luz blanca y tenue de las estrellas.
Pero las horas de soledad marcharán muy rápidas, sobre su filo caminaré durante un rato hasta que el sueño me arroje de nuevo al despertar.
Cuando lo haga y sepa que sólo estaba soñando, miraré por la ventana del último vagón cómo las gotas de lluvia se aplastan en el cristal y resbalan traviesas hacia abajo.
Entonces me acordaré de ti, miraré a mi lado y mi cara dibujará una sonrisa: La única, la última; la que no se borrará mientras quede un solo momento para compartir y recordar que viajamos juntos en este dulce viaje y que nuestros sueños se abrazan cada noche para seguir nuestro trayecto, de estación a estación.

Para Bea.

La luz del Otoño

La luz dorada del otoño sobre tu piel dejaba tu nombre en perspectiva.
Era tu voz la que sonaba y yo el que soñaba, los dos nos miramos sólo a los ojos, siempre a los ojos…
No hay nada malo en que mi alma prisionera quede rezagada y sea engullida por la sombra en la que pusimos el hueco de nuestras vidas; si mis pasos dibujan un círculo cerrado que no se abrirá, nunca sabremos dónde lo empiezas tú ni por qué lo acabo yo.
Mientras, seguimos unidos por la luz del pensamiento… Y la de aquella tarde, en la que el otoño dorado se plasmó y se quedó (para siempre) en tu piel, y tú en mi cabeza (dando mil vueltas), y yo en tu pasado (para ser olvidado)…

La vida por mis venas

No sólo por las noches
encuentro oscuridad.

De un remolino de viento
salen siempre mis palabras.

Mis manos temblorosas
escriben tu nombre
en cuanto pueden.

El agua de la lluvia
que cayó en el Otoño
se congeló en el infierno.

Los cuervos de mi cabeza
aletean como mariposas.
A veces enloquecen.

El hotel en el que duermo
tiene una puerta al cielo.
y diez ventanas al Invierno.

El mundo gira,
cada vez más deprisa.
Y no sé dónde estoy
ni por qué me bajé de él.

Cubro mis ojos todos los
días, con otras miradas.
Y mi rostro con otras sonrisas.
A veces con la primera que encuentro.

Sé que duele… es la vida
corriendo por mis venas.

Tras la lluvia en primavera

Sigue volando, muy lejos, batiendo
sus fuertes alas. Tras ellas, el viento
indomable despeina su pelo.
De eso se trata.

Hay un sueño al filo de la noche y
un beso al final de tus labios:
Instantes que son eternos y
el ocaso que es un alba.

Hay un cielo que es azul, de mar abierto.
Y en él verás, unidas nuestras manos
en el rojo de su alma.

Tras la lluvia en primavera queda
la tierra mojada.
Los paseos, los abrazos…
Un sorbo, un eco, un halo, un rizo:
Queda la noche clara y la luna iluminada.

Para Bea

Invierno & Primavera

Relojes y agujas nos dieron su tiempo,
palabras y pasos, dejando una estela…
Pasado y futuro, se fueron muy lejos,
la espuma del mar bañó nuestras almas.

• • • • •

Dos corazones se abrazan hoy:
una noche de intenso frío.
Mientras afuera observan las estrellas,
que al dormirnos aún era invierno
y al despertar será primavera.

Piscis

Nací vacío, de una concha hueca.
Creció bajo mi pecho un trozo de coral, y una esponja de mar dentro de mi cabeza.
En mis ojos brillaron dos aguamarinas, y de mis manos brotaron dos estrellas de mar.
De unas huellas en la arena nacieron mis pies y mis pasos.
La espuma blanca de una ola rompiente bañó mi alma. Y con la primera brisa del día, dos gaviotas la echaron a volar.
Como las mareas, muero y nazco, al tiempo del sol y de la luna.
Como las olas, me rompo contra las rocas o acaricio la fina arena.

Hace mucho tiempo que partí, buscando la línea del horizonte. Sé que nunca la alcanzaré. En plena tormenta, navego en círculos, confundiendo el cielo con el agua y el Norte con el Sur. La sal con la arena… Las nubes con algodón.
Cuando mi tiempo y mi cadencia acaben, la ola más grande y poderosa me llevará al fondo del océano… y allí me quedaré en calma. Y también el mar. Hasta que vuelva a nacer, vacío, de otra concha hueca. Y entonces todo vuelva a empezar.

El color de una vida

El color de una vida está en los sueños.
En los momentos elegidos.
En el futuro incierto, incluso.
El color de una vida es su alternancia, gloria y desencanto.
En color de una vida está en el sabor del pasado, ya perdido.
En los proyectos, en las propuestas.
En el amor recordado y en todas sus evidencias.
En el sabor de los besos que siempre queda.
Incluso en las cenizas congeladas de mi conciencia.

El color de mi vida

El color de mi vida está en las aceras cubiertas por mis pasos y el cortejo de recuerdos que va detrás.

La noche desgarrada contempla cómo me desangro inútilmente.

Huyo de mi propia vida ya descolorida, donde las ventanas abiertas a la brisa de primavera se cerraron.

El invierno congela las cenizas de la conciencia. Remolinos de viento caracolean con ellas. Y esparcidas las dejan, en cualquier rincón. Ensangrentadas, envenenadas, las recojo con mis propias manos.

Y sigo caminando, desangrado, acompañado del sonido de mis propios pasos…

Un recuerdo, siempre

Noche cerrada.
Las voces silenciadas.
Las de la gente, las de la ciudad.
Oscuridad para perderse en ella.
El que quiera, el que pueda.
Y al que no le quede más remedio.
Tras los cristales, borrosas escenas.
Me alejo: curvas, asfalto y ruedas…
Tengo sueño, pienso.
Hace frío, siento.
La música en mis oídos, sólo.
Y siempre, un recuerdo en mi cabeza.